Israel avisa de que no olvidará el apoyo de España a Hamás
Una felicitación. Ese es el detonante. El canciller israelí Eli Cohen calificó de «vergonzosas y sonrojantes» las felicitaciones de Hamás a los primeros ministros de España y Bélgica y advirtió de que su país no olvidará «quién está de nuestro lado en estos momentos y quién apoya a una organización terrorista». En el debate, varios participantes interpretan ese mensaje como un aviso de que
Israel podría dejar de colaborar con España en materia antiterrorista. Un intercambio de inteligencia que, hasta ahora, se daba por descontado.
Qué significa exactamente dejar de colaborar
La pregunta recorre todo el asunto: ¿qué es colaborar? La respuesta más repetida apunta a la tecnología. Hay quien recuerda que Israel vendió a Marruecos software de espionaje para móviles, el conocido como
Pegasus, y sostiene que ese mismo material se ha usado contra intereses españoles. «Le seguirá vendiendo Pegasus última versión a nuestros más acérrimos enemigos», resume una intervención. La paradoja que se apunta es evidente: si el socio tecnológico es el mismo que arma al vecino del sur, la retirada de ayuda no cambiaría gran cosa.
Otra corriente rebaja el impacto. «Ya hemos visto lo eficaz que es la lucha antiterrorista en Israel. Estamos más seguros sin su ayuda», sostiene un participante. En la misma línea, se recuerda que con ETA la cooperación exterior tampoco fue determinante. El argumento de fondo: España lleva décadas con amenaza yihadista propia y no ha dependido de un único proveedor de inteligencia.
El cálculo político de Sánchez y el coste de elegir bando
La lectura más repetida es que el anuncio israelí es una jugada de presión, no una ruptura real. «Sánchez está haciendo su papel», apunta un mensaje, que añade que el presidente «no está controlado» por intereses ajenos y que su presencia en foros internacionales responde a un cálculo propio. La tesis contraria también circula: que el gesto israelí busca desgastar al Gobierno español ante su electorado y ante Bruselas.
Lo que nadie discute es el marco: aquí no hay amigos, solo intereses. «Es la política de verdad. Aquí no hay amigos, ni buenos, solo malos o peores y tienes que escoger bando», resume una intervención que se repite en distintas versiones. La pregunta implícita es si España ha elegido el bando equivocado o si, simplemente, ha dejado de ser útil.
La hipótesis del atentado y el aviso que nadie quiere ver
El escenario que sobrevuela el asunto es el de un atentado en suelo español. «Atentado gordo en España y Netanyahu diciendo ya os lo dije», resume un mensaje, seguido de un «ojalá no lo veamos». La advertencia israelí se interpreta como un aviso con fecha de caducidad: si algo ocurre, la responsabilidad política recaerá sobre quien retiró la cooperación.
Frente a esa hipótesis, otra parte sostiene que el terrorismo que golpea Europa «está financiado y promovido por jeques árabes», no por Israel, y que atribuir a Tel Aviv una represalia de ese tipo es «propaganda de los que quieren destruir Europa». El asunto queda abierto: nadie aporta pruebas en un sentido ni en otro.
El negocio de la inteligencia y el precedente del Sáhara
El trasfondo económico aparece en varios momentos. La venta de tecnología de vigilancia a Marruecos, el reconocimiento español del Sáhara marroquí y la dependencia de software israelí en servicios de seguridad se citan como precedentes de que la relación nunca fue gratuita. «Cuando reconocieron el Sáhara como marroquí debió de ser considerado un casus belli», señala una intervención.
La conclusión que se repite: la cooperación antiterrorista es una palanca comercial más. Se activa y se desactiva según el momento político. Y España, en ese tablero, tiene menos margen del que cree.
El dato que descoloca no es la amenaza. Es que, según el propio mensaje inicial, la felicitación de Hamás a España y Bélgica bastó para que en el debate se pusiera sobre la mesa la posibilidad de retirar un intercambio de inteligencia que llevaba años funcionando sin ruido. Si eso es todo lo que cuesta, la pregunta ya no es si España pierde un aliado, sino cuánto valía ese aliado.