Debate sobre la robotización de Eroski y el coste para el cliente
En un foro de discusión se ha planteado que Eroski podría gastar más de 3 millones de euros en robots, según una información que circula en el debate. No en mejorar la atención al cliente, no en bajar precios, no en ampliar surtido. En robots. El objetivo que se atribuye es sustituir empleados, y el desembolso se presenta como una apuesta por la eficiencia. La cifra, por sí sola, ya dice bastante: tres millones de euros es más de lo que muchas plantillas de tienda cobran en años. La pregunta es si el cliente está dispuesto a aceptar el trato.
La discusión que ha generado el anuncio en el ámbito económico deja un ramillete de posturas que van del entusiasmo tecnológico al rechazo más visceral. Y en medio, un argumento que se repite: la automatización es imparable, pero el consumidor tiene la última palabra. Si no le convence, no compra. Y si no compra, el robot es un mueble caro.
El cliente no quiere pagar lo mismo por hacer el trabajo
El argumento más repetido es el del bolsillo. Si el precio no baja, la robotización no tiene sentido para el comprador. «Si te cuesta lo mismo y no tienes ahorro ninguno, la autocaja para su puta madre», resume una intervención. La idea de fondo es que el ahorro de costes que obtiene la empresa no se traslada al cliente, y sin ese incentivo la aceptación social del cambio se complica.
Hay quien sostiene que la empresa congelará o bajará precios precisamente para que la masa acepte la robotización. Es una hipótesis razonable: el ahorro en nóminas permite financiar un recorte de márgenes temporal que dulcifique la transición. Pero no hay ninguna garantía de que eso ocurra, y la experiencia en otras cadenas apunta a lo contrario. Las cajas de autopago se han instalado sin que los precios bajaran un céntimo.
El caso de Zara se cita como ejemplo de lo que viene. Una clienta relata que al ir a pagar le indicaron que la caja solo era para devoluciones y que debía usar las automáticas. Otra empleada, con una gran sonrisa, le fue explicando cómo quitar las alarmas y pagar. La conclusión de la clienta fue directa: eso no es un favor, es trabajo gratuito para la tienda.
La experiencia de compra: elegir el producto y no una bandeja random
Uno de los argumentos más sólidos contra la robotización total del comercio es el de la selección. En el supermercado, mucha gente quiere tocar, mirar, comparar. «A mí en el súper me gusta elegir el producto que compro, manosearlo, no voy a por una bandeja de pollo random: miro el pollo, miro la caducidad», explica un participante. Y añade un truco de comprador veterano: coger el producto del fondo, porque los de delante son los que la tienda quiere colocar antes.
Ese comportamiento no es un capricho. Es información. El consumidor está evaluando calidad, frescura y precio en tiempo real, y ningún robot le va a sustituir en esa tarea. El autostore, señalan, sirve para productos genéricos que son todos iguales. Para una bandeja de pollo o una fruta, no.
La discusión deriva hacia el diseño de las tiendas. Hay quien recuerda que en Obramat tenían cajas de autoservicio y las anularon. No es un caso aislado: la implantación de autopago ha tenido retrocesos en varios formatos. La razón suele ser la misma: el cliente no las usa o las usa mal, y al final se generan más colas que con las cajas tradicionales.
El precedente de los cajeros automáticos y los tractores
La defensa de la automatización tiene su propio repertorio. El más citado es el de los tractores: «También lloraban con los tractores y hoy no se tienen que partir el lomo arando campos quien se los puede permitir». La comparación es potente, pero tiene un problema: el tractor sustituyó un trabajo físico brutal, mientras que la caja automática sustituye una interacción humana que el cliente valora.
Otra línea de defensa es la inevitabilidad. «La automatización de todo es inevitable, independientemente de la postura político-ideológica o de la conveniencia social, es tan simple como que disponemos de esos automatismos», argumenta un participante que dice tener en su currículum dispensadores robotizados de farmacia. La pregunta que lanza es incómoda: si tuviéramos la cura del cáncer, ¿la destruiríamos para no arruinar el negocio de los paliativos?
El problema de ese razonamiento es que mezcla disponibilidad técnica con conveniencia económica. Que algo se pueda hacer no significa que deba hacerse sin evaluar las consecuencias. Y en el caso de Eroski, la consecuencia directa que se apunta es el despido de empleados. No se ha detallado cuántos, pero el objetivo que se atribuye es reducir plantilla.
El dilema del ahorro y la paradoja del éxito
Hay un argumento que recorre el debate y que tiene que ver con la macroeconomía. Si la robotización reduce costes, las empresas ganan eficiencia. Pero si reduce empleo, reduce también la capacidad de compra de los consumidores. Es la paradoja clásica: ahorras en nóminas, pero destruyes clientes. «Con tanto ahorro van a acabar muriendo de éxito», resume una intervención.
El sector de la distribución alimentaria es especialmente sensible a esta dinámica. Los márgenes son estrechos y la competencia feroz. Eroski, que según los datos que se manejan en el debate lleva años en un proceso de desinversión y reestructuración, busca recortar costes donde puede. La robotización es una vía, pero no la única. También ha vendido activos y cerrado tiendas.
La pregunta que queda en el aire es si el cliente aceptará el cambio sin contrapartidas. La historia reciente sugiere que sí, que la gente se adapta a lo que le pongan. Pero también sugiere que la paciencia tiene límites. Cuando el autopago falla, cuando la alarma no se quita, cuando el producto no se escanea, el cliente busca a alguien. Y si no hay nadie, se va.
¿Qué pasa con los empleados que se quedan?
La discusión sobre el empleo tiene una derivada que a veces se pasa por alto: los que se quedan. Si una tienda pasa de diez cajeros a dos, los ocho restantes no desaparecen sin más. Se recolocan, se reconvierten o se van. Pero los que se quedan asumen más tareas: reponer, atender incidencias, vigilar el autopago. El trabajo no desaparece, se transforma.
En el caso de Eroski, que según se recuerda en el debate es una cooperativa, la paradoja es mayor. Si los trabajadores son socios, ¿los robots también serán cooperativistas? ¿Los socios sustituidos se convertirán en meros capitalistas que obtienen rentas de su capital? La pregunta, formulada con retranca, apunta a una contradicción real en el modelo.
La robotización del comercio no es una novedad. Lleva años avanzando en logística, en almacenes, en farmacia. Lo nuevo es que llegue a la tienda, al trato directo con el cliente. Y ahí, la resistencia es mayor. Porque el cliente no solo compra un producto: compra una experiencia. Y si la experiencia es hacer cola para autopagarse, el balance no sale.
¿Está dispuesto el comprador a trabajar gratis para Eroski a cambio de nada?