«Abascal repite el tono que movilizó a la izquierda en el 23J»
¿Sirve de algo que el líder de Vox suba el volumen cuando se acerca una cita electoral? La tesis que recorre el análisis es incómoda para propios y extraños: según un participante, las salidas de tono de Santiago Abascal en las semanas finales de la campaña del 23J coincidieron con una subida del PSOE de
cinco puntos en un mes. Ahora, con la misma actitud, hay quien sospecha que el efecto se repite. No es una teoría peregrina: la izquierda se moviliza cuando identifica un enemigo claro, y Abascal se ofrece como tal con una eficacia que no disimula.
La paradoja tiene gracia. Un partido que dice representar a la España silenciada trabaja, según este análisis, como el mejor movilizador del adversario. El resultado es un intercambio de cromos perfecto:
Abascal conserva escaños hasta la jubilación y Sánchez preside hasta la jubilación. Los dos contentos. Los dos instalados.
El cálculo que hace el PSOE con cada exabrupto
El argumento central no es que Abascal diga cosas políticamente incorrectas. Es que las dice de una forma concreta:
chulería de piscina, actitud de matón, tono de pelea en el barro. Hay quien compara el estilo con el de Marine Le Pen y sale mal parado el español. La francesa habla del pueblo, del poder popular, de los votos. Sin subir la voz. Sin ofrecer el espectáculo que la izquierda necesita para señalar al ultra violento que viene a por todo.
La consecuencia práctica es un trasvase de votos que no aparece en las encuestas. Cada intervención agresiva activa a un votante de izquierda que estaba en casa. Y ese votante, sumado a los que ya iban a votar, produce el diferencial que decide escaños en provincias ajustadas.
¿Por qué Vox no cambia de estrategia si le cuesta elecciones?
Porque su base no quiere que cambie. Es la respuesta que domina el análisis. El votante de Vox no quiere ver imitaciones tibias del PP. Quiere que se digan las verdades del barquero aunque se pierdan las formas. La disyuntiva que plantean es simple: mejor decir lo que se piensa y perder, que diluirse en las formas y no hacer nada. Solo a los votantes mayores les asusta el ruido.
El problema es que ese núcleo fiel tiene un techo. La comparación con Podemos aparece sola: mientras el partido morado decía no ser ni izquierda ni derecha, llegó al
20%. Cuando se definió sin complejos, se quedó en su
10%. El mismo techo espera a quien se encierra en su trinchera.
El PP perdió el 23J por su propia campaña, no por Vox
Aquí el análisis se vuelve incómodo para la derecha. La derrota de julio no fue culpa de Abascal. Fue de un PP que se pasó la campaña criminalizando a Vox, pidiendo pactos postelectorales al PSOE y comprando encuestas que le daban
160 escaños. Feijóo no fue al segundo debate. Le sacaron una foto con un narcotraficante. Y el mantra de que España es sociológicamente de izquierdas, repetido durante décadas, convenció a la cúpula de que había que ir al centro. Al centro, en la práctica, hacia la izquierda.
El resultado es una derecha que no vota al PP jamás. Si no es con Vox, será con Vux, Vax o la abstención. La estrategia de captar votos de un centroizquierda que solo existe en la imaginación de los consultores ha dejado al partido sin suelo firme.
El sistema necesita que voten los dos bandos
La lectura más cínica es también la más coherente. Las alharacas de Abascal movilizan a los dos electorados. Al socialista y al suyo. Y eso conviene al sistema, que necesita votos para legitimarse. Tiene pánico a que la gente no vote, porque quien se desengancha solo vuelve a un colegio electoral con una pistola apuntándole a la espalda. Vox, en esta versión, forma parte del tinglado. No se iba a permitir un partido que se saliera del guion.
La conclusión es amarga para quien esperaba algo distinto. El líder que dice lo que muchos piensan no cambia nada. Solo garantiza que los que piensan lo contrario también salgan a votar. Y mientras tanto, los dos se quedan.
Qué casualidad.