Quién iría a filas si España entra en guerra: de 18 a 25 años
Un mensaje que circula por redes sitúa a los jóvenes españoles de
18 a 25 años como los primeros llamados a filas si España entra en guerra. El texto habla de temor en ese tramo de edad ante crecientes tensiones internacionales. No hay convocatoria oficial, ni decreto, ni anuncio de movilización: solo una publicación que da por hecha la posibilidad. Y una discusión que sigue dándole vueltas a la misma pregunta incómoda.
Porque el asunto de fondo no es la publicación. Es si un Estado puede hoy mandar a alguien al frente contra su voluntad, y a quién le tocaría primero.
Qué dice el mensaje sobre los jóvenes de 18 a 25 años
El planteamiento es simple y por eso circula: en medio de tensiones internacionales,
los jóvenes de 18 a 25 años serían los primeros llamados a filas si España se involucra en un conflicto bélico. No se cita ninguna norma, ninguna fecha y ninguna fuente oficial. Es un temor, no un hecho consumado, y conviene leerlo así: como una hipótesis que encuentra eco porque el contexto internacional da material para el miedo.
A partir de ahí el detalle sube. Se pregunta si una movilización incluiría también a las mujeres de ese tramo de edad y se especula con criterios de selección.
¿Se puede obligar a alguien a ir a la guerra?
La respuesta más repetida tiene dos mitades. La primera sostiene que
siempre ha habido quien acabó yendo obligado y que la historia no da tregua: «En caso de guerra , es simple o vas al frente o te espera el paredón», resume una intervención, que recuerda que el reclutamiento de la Guerra Civil no se sostuvo sobre ideales.
La segunda mitad es la del que dice que no. «Mi hijo ya te digo que no va», zanja otra respuesta, y a partir de ahí aparecen los planes concretos: esconderlo, desaparecer del mapa administrativo, no estar cuando llegue el papel. La fórmula que se repite es la del
si no lo localizan, no va. Otras voces van más lejos y proponen una
insumisión general, con el argumento de que una movilización no se sostiene cuando el número de los que se niegan desborda la capacidad de castigarlos.
En medio, un aviso que incomoda a los optimistas. En la Guerra Civil, en Vietnam y en Corea también había quien pensaba que se libraría. La diferencia que se señala es que entonces existía un relato capaz de arrastrar, y que hoy ese relato no aparece por ningún lado.
El precedente que sí se puede comprobar: la presión sobre las familias rusas
Un participante relata un caso concreto y no hipotético: el testimonio de
dos albañiles rusos en edad militar que trabajan fuera del país y cuentan que la presión sobre sus familias por no haber ido a la guerra es muy dura: hay amigos que ya no les hablan. La conclusión que se extrae es incómoda: huir a tiempo no rompe el vínculo ni evita el coste.
De ahí sale una de las tesis más discutidas de todo el intercambio: que la propaganda antibelicista solo puede florecer en un bando. Se argumenta que en el bloque occidental cualquiera publica en contra de la guerra, mientras que en el otro lado esa posibilidad no existe, lo que desequilibraría la percepción pública del conflicto. Es una lectura lanzada sin pruebas que convive con la contraria, igual de tajante: que el relato oficial se ha agotado y que las banderas en los perfiles ya no cuelgan como antes.
Por qué la conversación acabó en China y en el Banco Central
Si algo revela el intercambio es hasta qué punto una guerra se lee hoy como una operación financiera. Un mensaje difundido señala que
China no renueva el swap con Argentina y que el país sudamericano deberá pagar al contado 4.800 millones de dólares: 2.900 millones en junio y 1.900 millones en julio. La lectura es que el bloque de los BRICS cocina su propia arquitectura y que la partida decisiva no se juega en un frente.
El encadenamiento completo —bancos centrales con aureola de independientes, sociedades anónimas que se poseen entre sí, un dinero fiat que ya no significa nada tangible— ocupa varias tandas y no se despacha en una línea. La conclusión que se repite es que resulta imposible señalar quién está arriba y quién abajo, y que ese desdibujamiento es precisamente lo que sostiene el sistema.
El cinismo como escudo generacional
La pregunta que nadie resuelve es la de la motivación. Los abuelos fueron por patriotismo, por miedo o por hambre. La población europea actual, se argumenta, es
tremendamente escéptica ante el relato de la agresión rusa, y una cosa es quedar bien en público y otra morir por una causa que no se cree. «Nos pueden matar, eso si. Pero luchar? No», resume una de las posturas.
Un ejército no se improvisa con gente convencida, y la gente sin convencer no forma un ejército. Mientras se discute quién empuña el fusil, la cifra que manda es otra: los
4.800 millones de dólares que, según un mensaje difundido, Argentina debe pagar en efectivo a un banco central asiático. La cuenta atrás también se cobra por adelantado.