Mefe y slam: el fantasma de los 80 vuelve al mundo gay
Hay un término que hasta hace poco sonaba a jerga de laboratorio y que ahora circula con alarma en conversaciones sobre
salud pública: la
mefe. La mefedrona, un estimulante de diseño que se vende como sucedáneo barato de la cocaína pero que llega cortado con sustancias indeterminadas, se ha colado en circuitos de ocio donde el consumo por vía intravenosa —lo que se conoce como
slam— deja de ser una excepción para convertirse en práctica recurrente. El diagnóstico que se repite es duro: se están recuperando escenas que se creían superadas desde los años ochenta, cuando el SIDA arrasó sin que nadie supiera todavía qué lo causaba.
La preocupación no es abstracta. Quien lo ha visto de cerca habla de personas que empezaron pinchándose en casa, sin contexto de fiesta, y acabaron en una espiral de dependencia y deterioro físico. El perfil rompe el estereotipo del consumidor marginal: hay profesionales de éxito, abogados con carreras brillantes, gente que en apariencia lo tenía todo. El problema es que la adicción no distingue de nóminas.
Qué es la mefedrona y por qué se llama mefe
La mefedrona es un estimulante sintético que actúa de forma parecida a la cocaína pero con un coste muy inferior en el mercado ilegal. De ahí su expansión: donde antes hacía falta desembolsar una cantidad considerable para un consumo recreativo, ahora basta con una fracción. Esa accesibilidad económica es, según quienes siguen el fenómeno, la clave de que se haya extendido con rapidez entre perfiles que no se consideraban de riesgo.
El problema añadido es la adulteración. Al no haber control sanitario, cada partida puede llevar mezclas distintas: estimulantes, depresores, opiáceos. El consumidor no sabe qué se está metiendo. Y cuando la vía es intravenosa, el margen de error se estrecha hasta casi desaparecer.
El slam: cuando la vía intravenosa deja de ser marginal
El
slam o
slamming es la práctica de inyectarse drogas, y en los circuitos donde se ha documentado aparece asociada a sesiones de sexo prolongadas, a veces de varios días. No es un fenómeno nuevo, pero sí lo es su normalización en determinados entornos. Lo que antes se asociaba a yonkis en estado terminal hoy se cuela en apps de contacto y en fiestas privadas donde la frontera entre ocio y patología se difumina.
Hay quien sostiene que el problema se está sobredimensionando y que el consumo de drogas atraviesa todos los estratos y orientaciones, no solo un colectivo. Es un argumento razonable. Pero los testimonios de primera mano apuntan a un patrón: personas que empiezan por curiosidad, que no se consideran adictas, y que en pocos meses han perdido el control sobre la frecuencia y la dosis.
El fantasma del SIDA y la inmunodeficiencia
La comparación con los ochenta no es retórica. La inyección compartida de drogas fue uno de los vectores principales de transmisión del VIH en aquella década, antes de que existieran tratamientos eficaces. Que vuelva a aparecer esa vía, en un contexto de consumo descontrolado y sin información, enciende todas las alarmas sanitarias. No hace falta ser epidemiólogo para ver la conexión.
La pregunta es si las autoridades están haciendo algo. La respuesta que circula es que no lo suficiente: guías financiadas con dinero público que, según algunas lecturas, acaban normalizando prácticas de riesgo en lugar de disuadirlas. El debate sobre el enfoque de reducción de daños frente al de tolerancia cero vuelve a estar sobre la mesa.
Perfiles que rompen el estereotipo del consumidor
Uno de los testimonios más repetidos es el de un abogado de primer nivel que empezó a pincharse en soledad, sin contexto de fiesta, y acabó intentando quitarse la vida. Sobrevivió tras dos días agonizando en el suelo, atendido de milagro. Su entorno profesional nunca sospechó nada hasta que fue demasiado tarde. La recuperación, cuando llega, deja secuelas: aislamiento, ruptura de vínculos, carreras truncadas.
Ese caso no es único. Lo que emerge es un patrón de consumo solitario, vergonzante, que no encaja en la imagen pública del adicto. Y que por eso mismo tarda más en detectarse y en tratarse.
El contexto social: de la euforia al miedo
La conversación deriva rápido hacia el marco más amplio. Hay quien lee el fenómeno como síntoma de una sociedad que ha dejado de lado el orden, la ley y el respeto, y que ahora recoge las consecuencias en forma de deterioro generalizado. Es una lectura catastrofista, pero conecta con un malestar difuso que va más allá de las drogas.
Otros apuntan a la responsabilidad de las autoridades sanitarias, a las que se pide que tomen el control antes de que la situación se desborde. La sensación dominante es que se está llegando tarde, como siempre, y que las medidas llegarán cuando el problema ya esté instalado.
Qué se puede esperar a corto plazo
Con los datos disponibles, el escenario más probable es que el consumo siga extendiéndose mientras no haya una respuesta coordinada. La mefedrona es barata, fácil de producir y difícil de detectar en controles rutinarios. El slam, por su parte, no requiere grandes infraestructuras: una jeringuilla y una dosis bastan.
La predicción con reservas es que el problema se visibilice más en los próximos meses, a medida que aumenten los casos graves en urgencias y se rompa el silencio en torno a una práctica que hoy sigue siendo tabú incluso dentro de los entornos donde ocurre.