En un día normal de TVE, solo hay dos horas que no son adoctrinamiento puro
La parrilla de Televisión Española se lee como un organigrama. A las 6:00, espacio matinal. A las 7:50,
Silvia Intxaurrondo. A las 10:35,
Javier Ruiz. A las 15:00, Telediario. A las 16:00, Gonzalo Miró y Marta Flich. A las 17:50, telenovelas. A las 19:25,
Jesús Cintora. A las 20:30, un programa sobre el cambio climático. A las 21:00, Telediario 2. A las 21:45,
Broncano. Y a las 23:00, por fin, algo sin intención ideológica clara. El recuento lo firma un análisis que sostiene que en la televisión pública hay menos de dos horas diarias que no son adoctrinamiento puro, y que eso no ocurría ni con el PP de Aznar ni con Zapatero.
El diagnóstico no se queda en la parrilla. La tesis dominante es que TVE funciona como
agencia de colocación y como herramienta de control del voto de una parte del electorado, sobre todo desde que ese electorado percibe La Sexta y Cuatro como menos fiables. La programación sería lo de menos: lo que importa es el enchufe, el sobre y la palabra clave en cada informe. El contenido da igual porque el contenido ya está decidido antes de emitirse.
¿Quién ve realmente la televisión pública?
Aquí el análisis se parte en dos. Unos sostienen que la audiencia es residual, que estos programas los ven cuatro ancianos y que la televisión tradicional está en horas bajísimas. Otros responden con el argumento contrario: aunque nadie la vea,
la estás pagando. La campaña permanente en la televisión pública se financia con impuestos de todos, incluidos los que hace años que no encienden el aparato. Mirar para otro lado no exime de la factura.
El detalle de las cifras refuerza la sospecha. Se señala que las audiencias se comunican siempre en porcentajes y nunca en cantidades absolutas, precisamente para que no se vea cuánta gente ha dejado de ver la tele. El porcentaje aguanta; el número absoluto, no.
El problema no es TVE, es todo el sistema
La conversación se amplía rápido. Hay quien sostiene que la politización y la caída de calidad no son exclusivas de la radiotelevisión pública: están en todos los medios, y solo en países con una industria audiovisual grande se encuentra algo decente por pura estadística. El problema de fondo, según este análisis, es que
el dinero ha sustituido al producto y el resto son consecuencias.
La crítica se extiende al cine, a las series y a las telenovelas, acusadas de meter mensajes sociales de forma más o menos explícita. Incluso se menciona una ficción de época emitida en La 1 en la que los personajes del siglo XIX hablan como contemporáneos y no rezan ni se santiguan. La queja no es de rigor histórico: es de propaganda envuelta en vestuario.
El control de la televisión pública en Europa
La comparación internacional aparece varias veces. Se pregunta si existe otro país de la Unión Europea donde el Gobierno controle la televisión pública como un medio de propaganda del partido las 24 horas. La respuesta que se da es que no, y que lo que ocurre aquí se parece más a una dictadura caribeña que a una democracia europea. La televisión cubana se cita como término de comparación, con la salvedad de que allí los cortes de luz hacen la programación más llevadera.
El argumento no es solo de parrilla. Se apunta a la estructura: oficinas enormes, cubículos vacíos, tráfico de personal con pinta de muevepapeles y producción externalizada en chiringuitos. El mayor problema de RTVE no serían sus programas, sino haber dejado de ser una empresa de radiotelevisión.
La ley electoral y el reparto de escaños
La conversación deriva hacia el sistema electoral. Se recuerda que la ley D'Hondt se diseñó para formar mayorías estables y evitar coaliciones inestables con muchos partidos, y se añade con retintín que todos saben para qué sirve realmente. Con circunscripción única, se argumenta, los votantes vascos y catalanes tendrían tanta representación como una candidatura territorial pequeña, y eso no se puede consentir. Las elecciones europeas, con circunscripción única y candidaturas separadas, se citan como prueba de que el sistema funciona distinto cuando se quiere.
De la parrilla al procés y a la quita de deuda
El intercambio se enreda en historia y financiación territorial. Unos defienden que los fueros vascos se mantuvieron por apoyar a Felipe V y se eliminaron los catalanes por no hacerlo, con Cánovas del Castillo como responsable de un paripé. Otros replican que el independentismo actual se sostiene sobre un relato victimista y que, si cada uno va por su lado, habría que repartir la deuda pública por porcentaje de PIB y acabar con los mercados cautivos en banca, energía y alimentación.
La quita de deuda centra el tramo final. Se sostiene que la mutualización reparte entre todos los contribuyentes lo que debería asumir cada comunidad, y que Andalucía, Cataluña y Valencia suman el 46% de los españoles; con Madrid, el 61%. El cálculo completo, desglosado partida a partida, da una diferencia que sorprende.
El último dato no es de audiencia. Es de estructura: una televisión pública que ya no compite por espectadores, sino por relato, y que se paga igual aunque nadie la mire.