El inglés pierde peso en las aulas y el bilingüismo se agrieta
En un colegio público cualquiera, un chaval de doce años asiste a la clase de Ciencias Naturales en inglés. No entiende la mitad de lo que dice el profesor. Tampoco entiende del todo la asignatura en español, porque nunca la ha dado en su idioma. Al final del curso, suspende las dos cosas. Ese es el diagnóstico que se repite en los artículos que abren el debate: el modelo de secciones bilingües, ese invento que prometía un país de políglotas sin mover un dedo del pupitre, empieza a ser cuestionado por padres y profesores. La promotora de una de esas denuncias es, además, profesora de inglés. Cuando quien imparte la materia la primera que la pone en duda, algo se ha roto.
Qué se está discutiendo exactamente
No se trata de eliminar el inglés del currículo. Eso conviene decirlo antes de que alguien corra a quemar el British Council. Lo que está sobre la mesa es algo más concreto: dejar de impartir asignaturas como Ciencias, Historia o Educación Física en una lengua extranjera. La diferencia es importante. Una cosa es tener una asignatura de inglés, con su gramática y su vocabulario, y otra muy distinta es usar ese inglés como vehículo para enseñar contenidos que el alumno no domina ni en su propio idioma.
El argumento que más se repite es el del doble suspenso. El alumno no aprende la materia porque el idioma le bloquea el acceso al contenido, y no aprende el idioma porque el contenido le distrae de la gramática. Resultado:
ni una cosa ni la otra. En Alemania, según los artículos citados, algunas escuelas ya se planteaban eliminar el inglés en primaria, y no precisamente por falta de medios, sino porque no veían diferencias sustanciales entre empezar a los ocho años o empezar más tarde. En China, una universidad de prestigio ha eliminado el requisito del inglés para graduarse, un movimiento que algunos interpretan como un giro nacionalista y otros como una simple constatación de que el examen no medía nada útil.
El profesorado: el eslabón que nadie quiere mirar
Hay un problema que se menciona de pasada pero que explica buena parte del fracaso: quien da la clase. En la escuela pública, el profesor de inglés es un licenciado en Filología Inglesa que ha aprobado una oposición. Sabe gramática, sabe literatura, sabe teoría. Pero a la hora de hablarlo, el nivel puede ser mediocre. No es una acusación personal, es una consecuencia del sistema: la oposición no evalúa la fluidez oral, evalúa el temario. Y luego está el caso contrario: el nativo sin formación pedagógica que acaba en un aula porque su acento es bonito. Un nativo sin método no enseña mejor que un español con método. El acento es lo de menos hasta que el nivel es alto.
La comparación con otros países europeos es inevitable. En Suiza, Bélgica o Países Bajos, la gente habla tres idiomas con una naturalidad que aquí suena a ciencia ficción. Pero ahí entra en juego un factor que no se enseña en la escuela: la exposición. En esos países, la televisión no se dobla. Los niños crecen oyendo inglés, alemán y francés en la tele, en la calle, en internet. En España, el doblaje lo tapa todo. Y no solo el doblaje al castellano: también al catalán, al gallego y al euskera. La industria del doblaje es un negocio, y como todo negocio, tiene sus puertas cerradas y sus familias bien colocadas.
La inmersión lingüística: el caso vasco
El debate deriva en un tema que en España siempre está a flor de piel: los modelos de inmersión en las lenguas cooficiales. Un participante aporta un dato que, si es cierto, es demoledor: en el modelo vasco de todo en euskera excepto la asignatura de español, solo un
15% de los alumnos terminaba con competencias correctas en ambos idiomas. Más de la mitad solo tenía competencias correctas en español, a pesar de que la mayoría de las asignaturas se impartían en euskera. Y un
15% adicional no alcanzaba competencias correctas en ninguno de los dos. Es decir, el modelo fracasaba en el 85% de los casos. El dato no está verificado de forma independiente, pero circula con fuerza en el debate y explica por qué cada vez más gente mira con recelo cualquier experimento de inmersión obligatoria.
La IA y el traductor: el argumento que lo cambia todo
Y luego está la tecnología. Alguien ya lo ha probado: grabar un discurso en español, pasarlo por una IA que clona la voz y traduce a portugués, japonés o alemán, y que un nativo de esos idiomas diga que suena como un nativo. El experimento no es ciencia ficción, es una herramienta que ya existe. Si un cacharro te traduce en tiempo real y con tu propia voz, ¿para qué estudiar idiomas? La pregunta es tramposa. Porque el cacharro depende de batería, de conexión y de que no falle. Y si falla en una negociación, en una urgencia médica o en una entrevista de trabajo, el ridículo puede ser monumental. Pero la tentación de delegar en la máquina es real, y más en un país donde el inglés se enseña mal desde hace décadas.
Lo que nadie discute: la exposición manda
En algo coinciden casi todas las posturas: el aula no basta. Se puede estudiar inglés diez años y salir sin saber pedir un café. Se puede aprender en seis meses leyendo novelas infantiles con un diccionario y una app de repetición espaciada. La gramática se aprende de forma inconsciente tras escuchar el idioma miles de veces; la gramática universitaria sirve para aprobar exámenes, no para comunicarse. Los músicos y los imitadores aprenden idiomas con más facilidad porque tienen el oído entrenado y han perdido el miedo al ridículo. El resto necesita práctica, exposición y necesidad real. Y en España, la necesidad real de hablar inglés llega tarde, mal y a golpe de currículum.
El cierre lo da un dato que descoloca: en Suiza es normal que alguien hable seis idiomas. En España, que alguien hable dos ya se considera un logro. No es genética. Es televisión sin doblar, es vergüenza cero y es empezar antes. O no empezar, según hacia dónde sople el viento político.