Cuatro décadas de impulso y la música en euskera no engancha
Cuarenta años de inmersión lingüística, subvenciones y cuotas en radios y festivales no han logrado, sostiene la crítica que recorre el hilo, que un adolescente de Cáceres ponga música en euskera por voluntad propia. El detonante del enésimo episodio de la guerra de las lenguas es un artículo de
La Marea sobre los gustos musicales de los más jóvenes. La cifra que se repite es contundente:
cuarenta años de meter esos idiomas hasta en la sopa. El corolario, incómodo para todo el mundo, es que cada vez se usan menos.
La paradoja que se señala tiene su gracia. Un idioma sirve, sobre todo, para comunicarse con el mayor número de gente posible. Empeñarse en una lengua que fuera del terruño no habla nadie da para un disco, no para un mercado. Nadie se plantea aprender malayo, y a nadie le extraña.
El inglés y el español arrasan en los algoritmos
La cantidad de música publicada hoy en inglés y en español es brutal, incomparablemente mayor que hace
cincuenta años, cuando la radio gobernaba la oferta. Ese es el punto de partida que se repite: la oferta global ha crecido tanto que una canción en euskera compite contra todo el catálogo mundial en la misma pantalla del móvil.
En ese contexto, un creador bilingüe que quiera vivir de la música tiene la decisión tomada. Difundir en una lengua local limita la audiencia; hacerlo en la global la multiplica. Hay quien lo ilustra con dos casos muy concretos: un exfutbolista reconvertido en organizador de una liga de fútbol de creadores, con partidos en el Camp Nou, que no saluda en catalán; y un streamer vasco al que el euskera le interesa más bien poco. A esos dos les siguen millones de chavales cada semana.
La conclusión que se extrae es que ahí no hay batalla lingüística que ganar. El español, además, no es precisamente minoritario: es una de las grandes lenguas de consumo cultural y avanza con la misma fuerza con la que se apaga lo demás.
¿Cuánto dinero público sostiene la música en euskera?
La sospecha que recorre el asunto es que sin subvención no hay escena. Se sostiene que buena parte de lo que se publica en euskera vive de presupuesto público y de cuotas en radios y festivales, y que eso explica que sobreviva una producción que el mercado no absorbería por sí solo. La crítica más repetida es de calidad: que no afinan, que suena a charanga y que el repertorio se recicla cada temporada con los mismos tres o cuatro moldes.
El contraste que se pone encima de la mesa es antiguo. Grupos catalanes que empezaron cantando en catalán acabaron grabando en castellano porque en catalán no vendían —así lo contaron ellos mismos—.
Décadas después, el balance no ha cambiado: más presupuesto, más traductores institucionales, más chiringuitos culturales. Y el mismo resultado comercial.
La ikastola no basta: el idioma se queda en el aula
Uno de los testimonios más concretos es el del día a día escolar. Los críos salen por la puerta de la ikastola y cambian de idioma antes de llegar a la esquina. Fuera del horario lectivo, responderles en euskera se lo pasan por el arco del triunfo. La inmersión funciona dentro del aula y se deshace en la calle, que es justo donde se comprueba si una lengua está viva.
Hay más detalles que apuntan a la misma dirección. Familias comprando los mismos libros por duplicado, en euskera y en castellano. Enunciados de matemáticas o de física redactados en un idioma que los propios docentes no usan a diario, con errores que los hacen incomprensibles, y resultados en las pruebas internacionales que no acompañan. El idioma como carga administrativa, no como ventaja competitiva.
¿Son solo los votantes de izquierda los que defienden el catalán y el euskera?
El marco mental de que esto es cosa de dos bandos se cae al primer dato, según recuerdan varios foreros. Las formaciones nacionalistas de centro-derecha llevan
treinta o cuarenta años gobernando en Euskadi y en Cataluña, y asociar el asunto al votante de izquierdas es no haber mirado un mapa autonómico en cuatro décadas.
La lectura más cínica apunta al material de repuesto. Sin proyecto económico propio, se agarra la identidad: bordillos no sexistas, lenguas vernáculas y simbología oficial. Ese terreno era antes coto de las derechas provinciales. Ahora lo ocupan otros, con los mismos métodos y peores resultados.
Eskorbuto, La Polla Records y el punk que cantó en castellano
La mejor anécdota la firma la memoria musical. Buena parte del punk vasco más recordado cantó en castellano, o mezcló ambos idiomas, y se entiende igual de bien. Hay quien reconoce haberse puesto a leer las letras en castellano años después para comprobar si había algo imperdonable en lo que llevaba media vida escuchando. No lo había.
Cuando se han ido poniendo ejemplos de música en euskera, la reacción ha sido airada: que si no afinan, que si es el mismo sonsonete, que si solo se sostiene por decreto. También hay quien describe el formato más habitual —acordeón, trompeta y ritmo de ska— como un molde que se recicla temporada tras temporada.
Qué puede pasar con el consumo musical en lenguas cooficiales
La previsión más razonable es que el castellano y el inglés sigan comiéndose el terreno, con más plataformas y menos radio generalista. Pero conviene no dar el asunto por cerrado: en el hilo hay quien reivindica seguir escuchando música en lenguas locales pese a todo. El balance que se repite es que cuarenta años de política lingüística no han comprado un gusto.