Las campanadas de TVE y el discurso de empoderamiento de Jenni Hermoso
Media España cena con las campanadas de La 1 y la otra media busca activamente dónde no ponerlas. El 31 de diciembre, Televisión Española sentó a Ramón García y a la futbolista Jenni Hermoso en el plató de Nochevieja, y el resultado fue el previsible: pico de audiencia y una tormenta de reacciones que se alargó varios días. La jugadora aprovechó sus minutos en pantalla para un discurso de empoderamiento. La factura de esos minutos, según la estimación que más circuló, no la firmó ella.
¿Cuánto se pagó por la intervención de Jenni Hermoso?
No hay cifra oficial confirmada. La cantidad que más se repitió fue de
30.000 euros por menos de tres minutos de discurso, un importe que, según quienes lo difundieron, superaría el sueldo anual de la deportista en su club de entonces, el Pachuca mexicano. Conviene tomar el dato con pinzas: sale de estimaciones, no de una liquidación pública. Lo que no admite discusión es quién paga la fiesta. TVE se sostiene con dinero público, y ahí el asunto deja de ser una anécdota de Nochevieja para convertirse en una discusión sobre el destino del gasto. La frase que más se repitió fue sencilla:
no es magia, son tus impuestos.
La discusión no es nueva. Cada vez que la cadena pública coloca a un invitado con discurso propio en un horario de máxima audiencia, vuelve el mismo tira y afloja sobre a quién representa realmente esa parrilla. Esta vez tocó a las uvas.
Una Nochevieja sin La 1: el desgaste de la audiencia cautiva
Las campanadas de la pública eran, para una parte del público, una costumbre sin alternativa. Este año dejó de serlo para algunos. Hay quien cuenta que fue la primera vez en
47 años que en su casa no se encendió La 1 en Nochevieja, y lo presenta como una decisión tomada de antemano, no como un descuido. Es un testimonio personal, no una medición, pero apunta a un problema que la cadena tiene difícil de esquivar: el espectador que se va por convicción no vuelve por inercia.
Y no es solo audiencia lo que se pierde. Se pierde también el argumento cómodo de que la programación representa a todos los que la financian. La bronca de fondo no va de un vestido ni de una broma: va de la sensación de que la parrilla emite un relato concreto y espera que el contribuyente pase por caja sin rechistar.
El empoderamiento como mensaje institucional
El discurso de la invitada no fue un caso aislado dentro de la noche. En la retransmisión de la pública y en especiales de otras cadenas aparecieron mensajes sobre el papel de la mujer, la desigualdad y el reconocimiento de logros. Una parte del público lo leyó como entretenimiento con mensaje; otra, como un sermón vestido de gala. La etiqueta
woke apareció una y otra vez para describir el tono general de la programación navideña, con la sensación, compartida en muchos comentarios, de que este año el contenido venía más cargado de política que en ediciones anteriores.
Hay una corriente de análisis que sostiene que este tipo de contenido forma parte de una estrategia más amplia: normalizar determinadas causas a través del entretenimiento de máxima audiencia, aprovechando que la televisión pública no compite por publicidad como las privadas. En contra pesa un argumento tan simple como razonable: que una cadena pública refleje el debate social de su tiempo no es, en sí, un sesgo. La discusión de verdad es otra. ¿Dónde está la frontera entre informar, entretener y adoctrinar cuando la nómina la paga el Estado?
El ruido de fondo del caso Rubiales
Fue imposible leer la polémica sin el contexto del año. La presencia de la futbolista en el plató coincidió con la
controversia abierta a raíz del beso en la final del Mundial femenino, un asunto al que el debate se refiere con alusiones a la fiscalía. Ese episodio convirtió a la jugadora en figura pública más allá del deporte, y también en pararrayos. Para unos, su presencia en Nochevieja demuestra que se ha construido un relato alrededor del caso. Para otros, es la consecuencia lógica de una figura que ya era conocida antes del episodio.
Merece la pena separar dos cosas que la bronca mezcla sin piedad. Una es el plano legal, con sus tiempos y sus garantías, que no se resuelve en redes ni a golpe de minuto en pantalla. La otra es la gestión mediática, que sí se decide a base de titular y de cuota de pantalla. Lo segundo se ha discutido sin tregua; lo primero sigue su curso, sin desenlace conocido.
La pregunta que queda sin respuesta
Si algo deja claro la polémica no es el acierto o el error de una invitada concreta, sino el agotamiento de la audiencia cautiva. El espectador que durante décadas encendió la tele por costumbre ahora elige apagarla por convicción, y ninguna cifra de audiencia de una sola noche mide lo que cuesta recuperar ese hábito. Queda por ver si la cadena pública ajusta su guion de cara a las próximas citas o si asume que la bronca es, sencillamente, parte del precio.