Pagar las prácticas de FP ahuyenta a las empresas que las acogen
Las prácticas no remuneradas de formación profesional se sostenían sobre un pacto tácito: la empresa ponía el aula y el alumno ponía la mano de obra barata. Si hay que pagar por enseñar, el incentivo se rompe. Eso es lo que sostienen profesores y coordinadores de prácticas que llevan años buscando empresas a contrarreloj, y lo que ha convertido un cambio normativo en un problema de oferta: menos plazas, menos alumnos y más ciclos abocados al cierre.
La discusión arranca con una tesis incómoda: si por el mismo dinero se puede contratar a alguien que ya sabe hacer el trabajo, ¿para qué fichar a un aprendiz al que hay que enseñar hasta a atarse los cordones? El argumento tiene su lógica contable y su lado oscuro. Porque el chaval que necesita prácticas no es un tesoro que va a revolucionar la empresa, pero tampoco un lastre que solo consume tiempo ajeno.
El cálculo del empresario: mismo coste, cero formación
El núcleo del problema es de incentivos. Una empresa que acoge a un alumno en prácticas asume un coste en tiempo de supervisión, en errores tolerados y en productividad perdida. Si ese coste se compensa con mano de obra gratuita, la ecuación cuadra. Si además hay que pagar una retribución, la ecuación se rompe y el empresario contrata a alguien ya formado por el mismo dinero.
Hay quien lo formula sin rodeos: si el sueldo va en función del valor que aportas, y un becario aporta poco o nada, pagarle lo mismo que a un oficial no tiene sentido. La propuesta intermedia que circula es la de una retribución simbólica —para el bus, la gasolina o el desayuno— sin llegar al salario mínimo. Ni explotación ni caridad: un escalón intermedio que hoy no existe en la norma.
El problema es que ese escalón intermedio tampoco existe en la práctica. Lo que hay es una bolsa de empresas que ya antes de la reforma se lo pensaban dos veces. Y un colectivo de coordinadores de FP que llevan años llamando a puertas que no se abren.
Qué hacen realmente los becarios: barrer, pintar y descargar camiones
La crítica no viene solo de los empresarios. También de quienes supervisan las prácticas desde dentro del sistema educativo. El diagnóstico es demoledor: los alumnos no están aprendiendo el oficio. Los ponen a pintar la nave, a descargar camiones, a barrer, a fregar, a hacer recados. Cuando mejor les va es cuando los tienen sentados en una mesa sin hacer nada.
Eso desmonta el argumento de que la empresa invierte en formación. Si el alumno no aprende el oficio, la empresa no está enseñando: está usando. Y si encima hay que pagarle, el uso deja de ser gratis y el interés desaparece. La conclusión que se extrae es incómoda para todos: ni el alumno aprende, ni la empresa enseña, ni el sistema funciona.
La paradoja es que la reforma pretendía precisamente dignificar las prácticas. Lo que ha hecho, según este diagnóstico, es acelerar su desaparición. Menos empresas dispuestas a acoger alumnos significa menos plazas, y menos plazas significa ciclos enteros que se quedan sin salida profesional.
La dignidad como excusa: «mejor no trabajar que trabajar por un cuenco de arroz»
Hay una corriente en el debate que va por otro lado. Sostiene que los jóvenes hacen bien en rechazar trabajos mal pagados, que la dignidad está por encima de cualquier salario y que un hombre sin dignidad no vale nada. Es una postura que suena bien hasta que se mira de cerca: el que la defiende suele tener la nevera llena por alguien.
La respuesta desde el otro lado es brutal: el que se escuda en la dignidad para no trabajar suele vivir de una madre que se parte el lomo, mientras él se levanta a las once, ve el fútbol y se acuesta a las tres. La dignidad, en ese uso, es una palabra bonita para una cosa fea.
El contraargumento más sólido es el del valor aportado. Si te pagan poco es porque aportas poco. Y si aportas poco, la solución no es exigir más por menos, sino formarte para aportar más. El problema es que formarse requiere un sitio donde formarse, y ese sitio —la empresa— cada vez está más caro de conseguir.
La renta básica como horizonte: pienso y camastro
En el fondo del debate aparece la renta básica universal. La tesis que circula es que el sistema camina hacia una paguita de subsistencia: un poco de pienso, un camastro en un piso compartido y algo para tabaco, porrete y cañas. Un euro digital que no se puede ahorrar y que te dicen en qué gastar. La cartilla de racionamiento 3.0.
La crítica desde el otro lado es que eso no es dignidad, es dependencia. Y que las élites no van a costear una renta básica para mantener un reservorio genético que incluya a la tía Paquí y al primo Miguelón que no aprobó ni la ESO. El cálculo no sale.
Mientras tanto, el problema inmediato sigue sin resolverse: quién enseña a los que vienen detrás. Si las empresas no quieren becarios gratis, y tampoco quieren pagarles, y el Estado no puede obligarlas, el aprendiz desaparece. Y con él, el oficio.
¿Quién va a enseñar el oficio cuando ya nadie quiera aprendices?