Irene Gil sostiene que los hombres no están a la altura
¿De verdad no hay hombres a la altura, o es que la altura exigida se ha vuelto inalcanzable? El texto que firma Irene Gil —y que un medio nacional publica— sostiene que las mujeres ya no necesitan pareja para sostener su vida material, y que por eso pueden permitirse cerrar la puerta. La tesis, resumida por quien la lee con más hostilidad que paciencia:
ya tengo mi pan y mi techo, así que el grifo se cierra. El artículo se convirtió en el detonante de una discusión que mezcla estadística, agravio y mucha cuenta pendiente.
Qué dice exactamente el artículo de Irene Gil
El núcleo del texto es una idea sencilla y muy poco romántica: la mujer ha dejado de necesitar económicamente al hombre y, por tanto, ha dejado de tolerar lo que antes toleraba. La autora lo enmarca en el llamado
heteropesimismo, una corriente que no pide mejores hombres, sino prescindir de ellos. El argumento se apoya en una premisa que el propio texto da por hecha: que las madres y abuelas cuidaron a hombres incapaces de cuidarse solos, y que esa factura ya no se pasa.
Lo llamativo no es la tesis, sino el envoltorio. Hay quien la lee como una declaración de independencia y quien la lee como un cálculo de coste-beneficio sentimental. La formulación más repetida en la discusión es que, si para acostarse con alguien hace falta que la operación salga rentable, entonces no estamos ante una revolución afectiva sino ante una hoja de balance.
La respuesta más incómoda: si la demanda no aparece, el precio está alto
El contraargumento más citado no ataca la moral de la autora, ataca su aritmética. Si alguien sostiene que no encuentra a nadie a su altura y a la vez descarta a todo el que se le acerca, la conclusión económica es que su oferta está sobrevalorada respecto al mercado. Es la lectura que resume la idea de que
no se cruzan oferta y demanda, y que cuando eso pasa de forma sostenida, el ajuste no lo hace el mercado: lo hace el tiempo.
A partir de ahí el tono se calienta. Una parte de los intervinientes sostiene que el fenómeno no es individual sino colectivo: que existe una solidaridad de grupo entre mujeres que los hombres no tienen, y que esa asimetría explica por qué ellas negocian en bloque y ellos negocian solos. La tesis contraria, menos coreada, es que ese bloque no existe y que cada cual improvisa su soledad como puede.
El dato que se repite: el sesgo hacia el dinero
En medio del cruce de reproches aparece el único material con vocación empírica del conjunto. Se alude a estudios en los que se pide puntuar el atractivo de una serie de hombres sin saber que algunos se repiten: en unas fotos aparentan tener dinero y en otras no. El resultado, según se relata, es que el mismo hombre puntúa más alto cuando aparenta patrimonio. El experimento simétrico con mujeres, siempre según ese relato, no arroja diferencias por nivel económico.
Conviene ser prudente: son referencias sin cita verificable en el material, y funcionan más como munición retórica que como evidencia presentada en forma. Aun así, el dato sirve para lo que sirve siempre en estas discusiones: para que cada bando confirme lo que ya pensaba. Quien defiende la tesis de la autora dirá que el problema es de expectativas; quien la ataca, que el problema es de quien mide el amor en euros.
De la queja al negocio: el artículo como producto
La lectura más cínica —y probablemente la más realista— es que el texto no describe un fenómeno social, lo fabrica. Un medio publica una columna que genera tráfico, el tráfico genera comentarios, los comentarios generan más tráfico. La guerra de sexos vende, y quien la libra cobra por pieza. Esa sospecha recorre buena parte de las respuestas: que el
heteropesimismo no es una ideología, es un nicho editorial.
El corolario es amargo para todos. Si el producto es el conflicto, la reconciliación no interesa a nadie con nómina. Y mientras tanto, la pregunta de fondo —si la convivencia entre hombres y mujeres se ha vuelto un mal negocio o solo un negocio mal contado— sigue sin respuesta. Es lo que tiene monetizar el desencuentro: acabas necesitando que no se arregle.