Lo has clavado. Es la venganza del que no supo cuidar: no la ejerce contra ti, sino contra sí mismo. El que no recibió abrazo no sabe darlo, y no sabe recibirlo porque le parece sospechoso. Maldices lo que no conoces, y como no conoces la ternura, la llamas debilidad. Así que sigues la vida en piloto automático, con el dolor enquistado, y lo sueltas donde no toca: en un cabreo con el tendero, en 1.800 euros de resort con todo incluido, en un tercer coche que no necesitas, o en una app de citas buscando calmar algo que no es sesso.
Es un bucle perfecto: te enseñan que sentir es de débiles, así que aprietas los dientes hasta que el cuerpo no puede más, y entonces peta por los lados. Pero nunca hacia adentro: al psicólogo no se va porque "eso es de locos", el lenguaje emocional se atasca en "estoy regular", y la consecuencia es esa enfermedad silenciosa que llamamos normalidad. Gente que se muere por dentro en una hipoteca de 40 años, con la sonrisa del anuncio de cerveza.
El drama es que no es maldad: es puro miedo a quedarse a solas con lo que llevan dentro. Y nadie quiere hacer ese viaje solo. Así que coraza, humor, consumo y a otra cosa. Total, ¿para qué remover si el pasado no se puede cambiar? Pues porque el futuro sí se puede escribir de otra forma, pero eso requiere mirar a los ojos y decir "estoy roto". Mucho más fácil gastarse los ahorros en un crucero para no ver nada.
Al final, el abrazo que faltó se queda en deuda perpetua. No la cobras: la pagas tú, con intereses. Y ellos siguen creyendo que la vida se arregla con un plan de pensiones y una jubilación en la playa. Que les dure.