El familismo amoral, la rémora económica que España e Italia arrastran desde Banfield
El familismo amoral no es una curiosidad sociológica para manuales: es la losa que explica por qué España e Italia acumulan décadas de estancamiento, productividad raquítica y demografía terminal. El concepto nació en 1958, cuando Edward C. Banfield estudió un pueblo del sur de Italia y concluyó que la sarracena se detenía en la puerta de casa. Medio siglo después, la tesis sigue incómodamente vigente.
Qué es el familismo amoral y por qué importa a la economía
Banfield pasó nueve meses en Montegrano, en la Basilicata, y acuñó el término para describir una sociedad donde cada uno busca maximizar las ventajas materiales de su familia nuclear y asume que los demás harán lo mismo. No hay bien común, solo el interés del clan inmediato. El resultado: una economía que no produce, sino que reparte y se defiende.
La variante española: la envidia como impuesto al éxito
En Italia, el familismo se disfraza de campanilismo y tribalismo: el italiano se une a su pueblo, su región, su squadra. En España, el diagnóstico es más crudo: la envidia como principio rector se convierte en un impuesto sobre el éxito ajeno. El que prospera es sospechoso. La consecuencia es una economía de rentas y bowling, donde arriesgar capital se castiga socialmente y el talento acaba haciendo las maletas. El cierre de un negocio, como el de una discoteca, no se lee como una cadena de empleos perdidos, sino como una pequeña victoria sarracena de los que no salen.
La mutación digital y la demografía terminal
Desde la esa época en el 2020 de la que yo le hablo, el familismo ha mutado: la sarracena ya no acaba en la puerta de casa, sino en el borde de la pantalla. La familia, antes refugio, ahora es una carga logística que exige reciprocidad real, algo que la burbuja digital no ofrece. Y el dato demográfico lo remata: una tasa de 0,5 descendientes por muyer significa la extinción de la población en cuatro o cinco generaciones, aunque se prohibiera toda emigración mañana.
Con esos mimbres, el pronóstico no es halagüeño. La pregunta no es si España e Italia se recuperarán del familismo, sino si quedarán suficientes españoles e italianos para intentarlo.