El monte español y la guerra cultural por los árboles
Hay una España que mira un bosque espeso y ve suciedad. Otra mira el mismo bosque y ve un ecosistema. Entre esas dos miradas se ha librado durante generaciones una pelea que va mucho más allá de la jardinería: es una pelea sobre qué país queremos ser. El detonante de la última escaramuza fue un mensaje que acusaba a buena parte de la población de tratar a los animales como objetos, de talar árboles por costumbre y de reaccionar con furia ante cualquier norma ambiental. A partir de ahí, el intercambio derivó hacia los toros, los incendios, los pesticidas y, cómo no, la DANA de Valencia.
La discusión no es nueva. En España, el cuidado de la naturaleza se ha vivido a menudo como una imposición externa, casi como una afrenta. La idea de que el monte «está sucio» cuando crece, de que los árboles junto a los barrancos provocan inundaciones o de que las normas ambientales son un capricho de Bruselas ha calado en amplias capas sociales. Frente a eso, otra parte de la población sostiene que esa mentalidad es directamente responsable de la degradación del territorio.
El árbol como enemigo declarado
Uno de los puntos donde más se insistió fue en el odio al árbol. Se describieron casas de campo plantadas en mitad de la solana, sin una sombra, con el jardín hormigonado para aparcar el coche. Vecinos que podan sin piedad cualquier rama que crezca más de dos metros porque «quitan la vista». Macetas rociadas con veneno en polvo porque aparecen arañas. Es el campo, decían algunos, ¿qué esperabas encontrar?
El asunto trasciende lo privado. La misma lógica que arrasa un jardín se aplica luego al bosque entero. Se habla del monte como si fuera un descampado que hay que limpiar, y se contrata a cuadrillas para talar todo lo que estorbe. La consecuencia, sostienen los críticos, es un paisaje cada vez más pobre, más erosionado y más vulnerable a incendios y riadas.
La DANA, los barrancos y el mito de la limpieza
El episodio de la DANA de Valencia de 2024 fue el ejemplo más repetido. Una parte de los intervinientes defendió que los montes que rodean la huerta siempre habían estado limpios, sin cañas ni árboles en los barrancos, y que precisamente por eso las inundaciones no eran tan graves. La vegetación de ribera, decían, hace que la tierra sea más dura y favorece los deslaves.
La afirmación es, como mínimo, discutible. Los árboles de ribera estabilizan las márgenes, frenan la velocidad del agua y reducen la erosión. Pero en la discusión se citaron casos como el deslave de Vargas en Venezuela en 1999 o las inundaciones de Japón en 2018 para sostener lo contrario. La pelea, en el fondo, no era hidrológica: era sobre si el ser humano debe domesticar el monte o convivir con él.
Caza, toros y el disfrute de matar
Otro de los frentes fue la caza. Se describió a quienes disfrutan matando animales como psicópatas, y se argumentó que quien disfruta con el sufrimiento de un animal no hace distinciones si luego se le presenta la ocasión con una persona. La tauromaquia apareció como ejemplo de fiesta que convierte el sufrimiento animal en espectáculo, y hubo quien defendió que la bravura del toro es parte de la cultura española.
La discusión derivó hacia las mascotas. Alguien sostuvo que tener un perro en lugar de un hijo es un problema, y se le respondió que los animales domésticos existen desde hace decenas de miles de años y que nunca antes habían competido con la descendencia. La conclusión, más o menos compartida, fue que la caída de la natalidad no se explica por los perros.
Pesticidas, aguas residuales y el veneno que respiramos
El mensaje inicial también cargó contra quienes se oponen a las normas que limitan los pesticidas en la agricultura, los humos industriales o el tratamiento de aguas residuales. Se argumentó que muchos ríos son auténticas alcantarillas y que aun así hay resistencia a depurarlas. La comparación con Carlos III y su obligación de usar alcantarillas en lugar de tirar los residuos por la ventana fue uno de los recursos más citados.
La respuesta más repetida fue que las normas ambientales son un lujo de países ricos y que las potencias contaminantes son otras. Es el clásico «y tú más», que en este caso sirve para justificar no hacer nada. El resultado, vienen a decir los críticos, es que todos respiramos el mismo aire y bebemos el mismo agua, independientemente de quién tenga la culpa.
La fractura de fondo
El intercambio dejó una fotografía bastante nítida de la fractura. Por un lado, quienes consideran que el medio ambiente es un bien común que hay que proteger, incluso a costa de limitar actividades tradicionales. Por otro, quienes ven en cada norma una intromisión, un ataque a su forma de vida o un capricho de gente que vive en la ciudad.
La discusión no se cerró. Quedó flotando una pregunta incómoda: si el cuidado de la naturaleza es un indicador de civilización, como sostenía el mensaje inicial, ¿qué dice de nosotros el estado de nuestros montes, nuestros ríos y nuestros barrancos?