El plus de productividad que no sale en las nóminas
Mientras media España ajusta el presupuesto de Navidad, usuarios de un foro describen un extra que, según sostienen, no aparece en ningún convenio colectivo ni en ninguna estadística oficial. Se llama
productividad, aunque en la jerga interna recibe nombres menos solemnes: bufanda, aguinaldo, flotador. La cuantía varía según el organismo, el puesto y, según algunos participantes, según quién firma la resolución. Hay quien afirma haber ingresado **4.000 euros** en un solo pago. Hay quien lleva décadas sin olerlo.
El fenómeno no es nuevo, pero sí llamativamente opaco, según los testimonios recogidos. La productividad se reparte en función de objetivos que fija la dirección de cada organismo, y esos objetivos rara vez se publican con el detalle suficiente para que un ciudadano pueda reconstruir cuánto cobra su vecino funcionario. En algunos ministerios y agencias, según los participantes, el reparto se decide a dedo. En otros, se devuelve a Hacienda lo que no se gasta. La diferencia entre ambos escenarios no depende de la ley, sino de la cultura interna de cada casa, sostienen.
¿Qué es la productividad de fin de año y quién la cobra?
La productividad es un complemento retributivo ligado al cumplimiento de objetivos. En teoría, se paga por resultados medibles. En la práctica, según los participantes, la medición es tan elástica que admite casi cualquier interpretación. Los cuadros directivos e intermedios de organismos como la Seguridad Social o la Agencia Tributaria son los principales beneficiarios, según los testimonios, con cantidades que en algunos casos superan con holgura el salario base de un administrativo.
Los empleados de base, en cambio, rara vez ven ese dinero, según los mismos testimonios. Un funcionario de prisiones describe un sistema en el que el director de turno decide cómo se reparte una parte sustancial del aguinaldo, dejando fuera a quienes no comulgan con sus criterios. La frontera entre incentivo y favor personal se difumina hasta desaparecer, según su relato.
La bufanda, el flotador y otros nombres del mismo mecanismo
El argot interno ha bautizado estas pagas con una creatividad que no desmerece la de cualquier departamento de marketing. La bufanda es el reparto discrecional de los remanentes de productividad que algunos organismos no llegan a ejecutar durante el año, según se sostiene en el hilo. El flotador, según las referencias que circulan, sería su equivalente estival. Los nombres cambian; la lógica, no.
En la Seguridad Social, sostienen quienes conocen el sistema por dentro, no existen bufandas como tales: la productividad presupuestada que no se reparte se devuelve. En otros organismos, ese mismo remanente se distribuiría entre los allegados sin que quede rastro documental accesible, según los participantes. La probabilidad de cobrar una de estas pagas es inversamente proporcional al nivel jerárquico de quien la recibe y directamente proporcional a su proximidad al poder, afirman.
¿Se puede saber cuánto cobra exactamente un funcionario?
Con nombre y apellidos, no. Los servicios de transparencia permiten consultar el coste agregado de cada puesto, pero no el desglose individual de los complementos variables, según se explica en el hilo. Ni siquiera los compañeros de despacho saben cuánto ha percibido el de al lado en concepto de productividad, según los mismos testimonios. El interesado es el único que conoce la cifra exacta, y no tiene incentivo alguno para compartirla.
Esta asimetría no es un accidente administrativo, según los participantes. Es el resultado de un diseño que permite premiar a unos sin justificarlo ante nadie, sostienen. Cuando el criterio es objetivo, se publica. Cuando no lo es, se protege.
El precedente de Jerez: plus por ir a trabajar
La creatividad en la retribución pública no se limita a la productividad. El Ayuntamiento de Jerez aprobó en su día un plus trimestral por asistencia al trabajo, de 180 euros iniciales y escalado progresivo hasta los 370 euros, según la referencia aportada en el hilo. La medida se justificó como incentivo en un consistorio que atravesaba dificultades financieras. Pagar por cumplir el horario tiene su lógica, aunque también admite una lectura menos amable: si hay que premiar la presencia, quizá el problema no sea la motivación, sino la gestión.
Lo que el sistema revela sobre el empleo público
El debate sobre estas pagas trasciende lo económico, según los participantes. Revela una estructura en la que la retribución variable serviría para mantener lealtades internas, no para mejorar el servicio, sostienen. Los beneficiarios suelen ser los mismos que ocupan puestos de libre designación, esos que cesan cuando cesa el político que los nombró, según los testimonios. La guardia pretoriana del aparato se paga con cargo a los presupuestos, y nadie firma el recibo, afirman.
Hay quien defiende que estos complementos son necesarios para retener talento directivo en la administración. El argumento tiene un problema, según los críticos: si el talento se retiene con sobresueldos opacos, lo que se retiene no es talento, sino complicidad. Y la factura la paga el contribuyente, que no puede saber cuánto ni a quién.
¿Cuántos de estos pagos resistirían la luz de una auditoría con nombres y apellidos?