¿Es el arte moderno una estafa o puro blanqueo de dinero?
¿Cómo se llega a que un garabato valga una fortuna? La pregunta, lanzada en un foro de economía, abre un debate de 108 respuestas que dura ya más de dos años y medio. La tesis dominante es que el arte moderno es una
estafa y una herramienta de blanqueo. Pero el análisis detallado desmonta esa simplificación: el mercado del arte, no el arte en sí, es lo que a veces se comporta como una estafa.
El desprecio por el arte contemporáneo es transversal. Se acusa a museos como el Reina Sofía de exhibir «estafas» ante «borregos» que fingen entender. Se dice que el arte moderno es «pura estafa de gentuza» y que solo hay «rarísimas excepciones geniales». Dalí, Picasso, Miró y Tàpies son los nombres que más se repiten, casi siempre para salvarlos o condenarlos según el caso. La mayoría coincide en una cosa: el mercado, no la obra, es el problema.
El mercado del arte como mecanismo de blanqueo
La acusación más repetida es la del blanqueo de capitales. «El arte moderno está bastante anticuado. Dicho esto, no, no lo es, solo es una forma clásica de lavar dinero», resume una intervención. Otros van más allá: «es una de las principales herramientas de blanqueo y especulación de cualquier político o empresario con mucho dinero en efectivo».
Sin embargo, un análisis más técnico desmonta la mecánica. «Precisamente es imposible blanquear con arte porque quedan registradas las cantidades de transacciones tan escasas», se argumenta. El blanqueo real, se sostiene, ocurre en tiendas al menudeo y restaurantes, donde el dinero entra sin dejar rastro. Comprar un Picasso, en cambio, deja un registro notarial y fiscal difícil de esconder. El debate no se cierra, pero la versión simplista del lavado de dinero queda en entredicho.
El precio del arte: ¿inversión o burbuja?
La valoración del arte es compleja. «No existe una relación directa demostrable entre el mérito artístico y la cotización de una obra, y además ambos criterios son subjetivos y cambiantes», se argumenta. La compraventa de obras que se han revalorizado con el tiempo no sería una estafa, sino una buena inversión. El problema es cuando el comprador no busca la obra, sino el activo.
El cálculo más optimista asume que el mercado corrige con el tiempo. El escenario pesimista parte de que el precio lo fija el marchante, no el mérito. «El mejor crítico suele ser el tiempo, pero a veces hay que ayudarle a rescatar cosas olvidadas», se apunta. La revalorización de un Miró o un Picasso es un hecho, pero también lo es que su cotización depende de factores ajenos a la obra.
La subjetividad del gusto y el papel de los críticos
El debate deriva hacia la naturaleza misma del arte. «La experiencia del arte es subjetiva. Alguien educado en la mecánica newtoniana se reirá de la física cuántica, y es hasta cierto punto lícito», se compara. La idea de que existen «árbitros del gusto» legítimos se tacha de «chorrada burguesa». Cada cual aprecia lo que su experiencia le permite.
La paradoja del arte es que solo se entiende leyendo sobre él. «Con respecto a entender a los artistas eso solo es posible leyendo cosas sobre ellos y no mirando solamente un cuadro», se sostiene. La mayoría de los visitantes de museos, sin embargo, va por postureo. «La gente que va a ver pintura es 99% postureo, da igual si es pintura clásica o moderna», se sentencia.
La sombra de la fotografía y la huida hacia lo abstracto
Una de las teorías más citadas es la de la fotografía como causa del arte moderno. «Con la aparición de la fotografía los pintores de cuadros se dieron cuenta que no podían competir con la perfección de la fotografía. Para sobrevivir se dedicaron a pintar garabatos», se argumenta. La huida hacia lo absurdo sería una estrategia de supervivencia, no una evolución artística.
Otros ven un origen más oscuro. «Viene del mismo origen degenerado que el nacionalsocialismo; del idealismo alemán», se llega a afirmar. La conexión es discutible, pero refleja el rechazo profundo que genera el arte contemporáneo en una parte del público. Lo que no se discute es que el arte tradicional sigue existiendo y sigue siendo caro: una edición facsímil de calidad puede costar entre 5.000 y 10.000 euros.
Iconos del siglo XX: Dalí, Picasso y Miró
Dalí es el nombre que más se salva. «Dalí juega en otra liga», se afirma. «Dalí era un genio. Miró, Tàpies, Rothko, Pollock... son basura», se añade. La mayoría de la obra de Picasso también se cuestiona: «todas sus obras cubistas. Sabía pintar desde muy joven pero le fue muy bien sin esforzarse y haciendo garabatos».
La defensa de estos autores también tiene argumentos. «El logo de Repsol lo copió de las obras de Miró. Y una empresa de ese tamaño no le encarga el logo a un becario precisamente, sino a una empresa de marketing, y exigiendo resultados económicos», se recuerda. La paradoja es que el mismo público que desprecia a Miró reconoce su influencia en la cultura visual contemporánea.
El Guernica y la percepción del público
El Guernica es el ejemplo más citado. «Me planté delante del Guernica de Picasso, y le dije a mi hijo, niño, mira bien este cuadro, es famoso pero no es arte porque lo podrías haber hecho tú mismo», relata una intervención. La anécdota resume el choque entre el valor artístico reconocido y la percepción del visitante medio.
El problema no es solo del arte moderno. «En el Prado el cuadro con más gente es Las Meninas pero por postureo turístico como el Guernica o la Mona Lisa», se compara. La conclusión es amarga: «la gente que va a ver pintura es 99% postureo, da igual si es pintura clásica o moderna, a nadie le importa una mierda, es pasar el rato».
El futuro del arte y la modernidad como estafa
El debate se cierra con una distinción clave. «El arte moderno no es una estafa, lo que es una estafa es la propia modernidad», se afirma. La modernidad como proyecto habría traicionado sus promesas, y el arte contemporáneo sería su síntoma más visible. Otros lo ven como un problema de expectativas: «el arte es un signo de inteligencia, que se distingue por no ser ordinario. Si todo es arte para que queremos dicho concepto si con la palabra cosa ya tenemos más que suficiente».
La conclusión más repetida es que el arte moderno no engaña a nadie que no quiera ser engañado. El mercado, los marchantes y los críticos construyen el relato. El comprador paga por el activo, no por la obra. Y el visitante de museo, en el fondo, lo sabe. La estafa, si existe, es colectiva.