Del Pino sitúa un golpe exterior tras el 11M
Veinte años después, el 11M sigue siendo el caso que nadie ha cerrado del todo. La versión oficial atribuye la masacre a una célula yihadista; el relato alternativo lleva dos décadas señalando las costuras de la investigación sin sentar a nadie nuevo en el banquillo. La última vuelta de tuerca de Luis del Pino no rompe esa lógica: añade actores, cambia el móvil y sigue sin aportar una prueba nueva.
Su tesis, resumida: uno o varios poderes occidentales montan un golpe de estado en Guinea para ocultar un
Omagh en Madrid que terminaría con el terrorismo de ETA sin derrotarlo. Se ejecuta el atentado, se le comunica de inmediato a José María Aznar y este, esa misma mañana, decide no seguir el guion y culpar a ETA. Las cloacas del Estado montan entonces el teatrillo para apuntar a Al Qaeda.
¿Por qué no se sostiene la tesis del falso atentado de ETA?
El primer agujero es de interés. A ninguna potencia de la OTAN o de la UE le preocupaba ETA, y tampoco España, que en aquel tablero pesaba bastante poco. La hipótesis exige además una coordinación entre Estados Unidos y Francia difícil de creer en un asunto así. Y asume que el presidente francés y el estadounidense llamaron a Aznar esa misma mañana para contarle lo que habían hecho
por su bien.
El cuarto punto es el más frágil: que Aznar decidiera en apenas tres horas ocultar todo y culpar a ETA. En aquellas primeras horas, recuerda el planteamiento, Aznar estaba tan despistado como el resto del país.
Aplicando la navaja de Ockham, las alternativas que se manejan son más simples. La primera: Marruecos, por el episodio de Perejil, buscando únicamente desestabilizar España. La segunda: una o varias potencias interesadas en debilitar al eslabón más débil de la OTAN y la UE, en plena expansión de ambas hacia el este.
¿Quién pudo estar detrás según las distintas corrientes?
Aquí el abanico se abre y cada cual elige su sospechoso. Hay quien sostiene que fueron
Marruecos y Francia, con el argumento de que lo que conviene a Rabat conviene a Washington en la zona del Estrecho. Otros colocan al aparato de inteligencia español detrás de una operación pensada como atentado frustrado y que se les fue de las manos, por chapuza o por intromisión ajena.
Una tercera corriente apunta a los servicios rusos como autores intelectuales a través de delincuentes marroquíes, y cita un precedente llamativo: el atentado del
6 de febrero de 2004 en el metro de Moscú, con 40 muertos, no reivindicado por nadie y atribuido por Vladímir Putin a mujeres suicidas que lo negaron. Mochilas sin metralla, marroquíes que no reivindican. El mismo patrón, sostienen.
El problema de todas estas construcciones es el mismo: ninguna ha pasado por un tribunal ni cuenta con respaldo probatorio conocido.
¿Qué papel se atribuye a Rusia y qué datos se citan?
El argumento ruso se apoya en un nombre propio. Entre 2001 y 2004, un agente doble del CNI,
Roberto Flórez, habría pasado información del centro al entonces número tres de la embajada rusa. Ese flujo, se argumenta, permitía a Moscú anticipar movimientos y maniobrar en la sombra, además de manejar la pista de ETA para despistar.
Conviene separar el dato del salto. Que existiera un agente doble no convierte automáticamente a un servicio extranjero en autor de una masacre. La distancia entre un suministro de información y el diseño de un atentado de esa escala es enorme, y nadie la ha cubierto con documentos. Pero el mismo patrón se repite: atentados sin reivindicar, culpables señalados en caliente, y siempre los mismos chivos expiatorios.
El nudo de las pruebas: explosivo, mochila y vagón
Otra línea de trabajo se centra en lo material. Si el explosivo era dinamita con metralla, apunta esta corriente, había que pensar en ETA; si era
C4, la ejecución sonaba militar. De ahí, dicen, las prisas por hacer desaparecer los vagones, y el foco sobre el tren que quedó fuera de las estaciones, despedazado en la vía con maquinaria.
El detalle que engrasa la sospecha es la mochila de Vallecas, una pista que se considera improvisada el mismo día y poco compatible con la realidad del explosivo utilizado. Todo el
totum revolutum posterior —contaminación de pruebas incluida— se lee como gestion policial y política, no como realidad física del atentado.
¿Por qué el 11M no se cerró como un caso de ETA?
Menos de tres meses antes, en plenas Navidades, se había intervenido una furgoneta de ETA con cientos de explosivos cuando, según esta versión, iban a volar la estación de Chamartín. Con ese antecedente, y con el historial de la banda —Hipercor incluido—, media España dio por hecho que había sido ETA. Hasta el entorno de la izquierda abertzale se vio con el agua al cuello.
Ese convencimiento general explica por qué el PP no cambió de caballo a tiempo. Y explica también el otro factor del desastre: la fiscalización política inmediata, con uso partidista incluido de la jornada de reflexión. Aznar no lo sabía; el aparato del PSOE, se sostiene, sí estaba preparado.
Con este material, y salvo que aparezca una prueba documental que hoy nadie tiene, es previsible que la hipótesis siga girando en el mismo bucle: nuevos actores, mismo vacío probatorio. El 11M aguanta dos décadas sin explicación que cierre. Probablemente aguante algunas más.