Un anuncio abre la pelea sobre el flamenco como imagen de España
¿Por qué un anuncio extranjero con una mujer española de protagonista acaba derivando en una pelea sobre el flamenco, los tópicos y el centralismo? Porque el fondo musical, un muro y una actitud concreta bastan para activar todas las suspicacias. La pieza publicitaria, descrita en su planteamiento como «el mejor anuncio de la historia», presenta a una española de carácter arrollador:
«locas, violentas, endiosadas» es la descripción que abre la conversación. Y a partir de ahí, el asunto deja de ser el anuncio.
Qué muestra el anuncio y por qué se lee como un retrato
El eje del anuncio es una mujer española que no se deja avasallar. La escena del
muro y la del coche embistiendo no son casualidad, según varias lecturas: hay una intención de mostrar carácter, no sumisión. Frente al tópico del cortejo insistente, aparece la respuesta seca.
«Poco realista», zanja una voz: si alguien suelta según qué cosas, lo que recibe es cara de desagrado y acusación de baboso.
La discusión se bifurca rápido. Una corriente sostiene que el anuncio acierta porque retrata a una española que no agacha la cabeza. Otra responde que lo que retrata es otra cosa: la ordinariez como seña de identidad. Y una tercera, más incómoda, señala que el personaje responde a un patrón importado: la mujer dominante frente al hombre blanco convertido en enemigo a batir. Tres lecturas del mismo minuto de metraje.
El flamenco como representación de España: el punto que incendia
Aquí está el verdadero nudo. El anuncio recurre al flamenco y al
olé, olé y olé para identificar lo español, y eso abre la caja de los truenos. El argumento dominante: usar una forma cultural de un área geográfica concreta para representar a todo un país de más de medio millón de kilómetros cuadrados acaba produciendo hastío. No es un problema de gusto musical, es de generalización.
La defensa del recurso tiene su propia lógica. El flamenco es único y reconocible fuera; el tango nació en las zonas más pobres de Cádiz y hoy es símbolo universal de Argentina, recuerdan. Y hubo un tiempo en que el propio tango fue considerado vulgar y de mal gusto en su casa. La comparación se estira: si los estadounidenses no reniegan del jazz ni los jamaicanos de su música, ¿por qué aquí se reniega del flamenco?
La contraofensiva no se queda corta. Se sostiene que el problema no es el flamenco en sí, sino cómo se ha moldeado hasta la caricatura: el
quillo, el zapateo, los niños en televisión dando graznidos mientras el público aplaude. Y ahí entra la televisión: durante décadas, las cadenas de difusión nacional han convertido el folclore andaluz en el folclore de todos, con un trato complaciente que no se dispensaría a un crío asturiano con gaita. El cálculo completo de qué se emitió y cuánto da para un análisis aparte.
El folclore que no sale en televisión
Hay un dato que descoloca: según se sostiene en el debate, el género folclórico andaluz por excelencia no es el flamenco, es la copla. Y sin embargo, el flamenco se ha comido el imaginario. Mientras, la mitad norte del país no aparece. La consecuencia se ve fuera: en Moscú, las guías de restaurantes españoles señalaban los locales con una plaza de toros. No con la Sagrada Familia, no con el Prado, no con el Quijote. Una plaza de toros.
La pregunta que sobrevuela: ¿qué imagen debería exportarse? Se apunta a que el turismo y la literatura llevan más de un siglo construyendo el relato, y desmontarlo exige otro siglo. También se apunta a que la fiesta de los toros está en decadencia y seguirá siendo referente cuando ya no se celebre. Los tiempos cambian, pero los folletos turísticos tardan más.
La pelea territorial que nunca falta
El asunto deriva, como casi siempre, en un ajuste de cuentas entre regiones. Se reprocha a Madrid haber gestionado durante décadas el relato televisivo de lo español, y se reprocha a Cataluña no haber exportado su propia cultura con la misma eficacia. La respuesta es tajante: si los extranjeros prefieren el flamenco al salchichón, ¿qué se hace, darles electrochoques?
Y en medio, la acusación de que la mitad sur se parece a Marruecos, contestada con dureza por quien considera que eso solo demuestra no haber pisado ni un lado ni otro. La discusión sobre el estereotipo acaba reproduciendo el estereotipo.
El cierre: un anuncio, dos Españas y ningún acuerdo
Al final, el anuncio funciona. Genera conversación, que es lo que buscaba, y de paso deja retratada a la audiencia mejor que a la protagonista. Unos ven carácter, otros ven ordinariez, otros ven un patrón importado. Lo único claro es que el flamenco sigue siendo el campo de batalla donde España se discute a sí misma cada vez que alguien enciende una cámara.