Xi Jinping es ingeniero químico: el nivel académico que ningún presidente español alcanza
Un dato incómodo recorre los mentideros económicos: el presidente chino, Xi Jinping, es ingeniero químico. No abogado, no inspector de Hacienda, no registrador de la propiedad. Ingeniero. Y esa titulación, en apariencia menor, desnuda una anomalía española: desde Adolfo Suárez hasta Pedro Sánchez, ningún presidente del Gobierno ha tenido un perfil técnico-científico de ese calibre. Todos, sin excepción, transitaron por Derecho o por oposiciones de corte jurídico-económico. La formación académica de la clase política se convierte así en termómetro de un país que confía el timón a leguleyos mientras el mundo se dirime en laboratorios y cadenas de producción.
De Suárez a Sánchez: medio siglo de abogados en La Moncloa
El repaso es implacable.
Felipe González era abogado.
José María Aznar, inspector de Hacienda, oposiciones de las difíciles, con un temario práctico que exige matemáticas financieras, contabilidad y finanzas.
José Luis Rodríguez Zapatero también era abogado, aunque nunca ejerció.
Mariano Rajoy era registrador de la propiedad, cuerpo al que se accede por Derecho. Y
Pedro Sánchez acumula un doctorado —sobre cuya solvencia se han vertido sospechas en el debate público—. Todos, sin excepción, proceden del mismo tronco jurídico. La conclusión es tan simple como demoledora: en medio siglo de democracia, España no ha tenido un solo presidente con formación de ingeniero, físico, químico o matemático. Xi Jinping, en cambio, sí.
¿Garantiza un título universitario una buena gestión política?
Aquí el consenso se rompe. Hay quien sostiene que la formación académica, por sí sola, no asegura nada:
Cristóbal Montoro atesoraba una preparación formidable y su gestión dejó consecuencias que muchos aún discuten.
Alfredo Pérez Rubalcaba era químico —doctor y catedrático, según se recuerda— y pasó a la historia como uno de los políticos más retorcidos de la etapa democrática.
Leopoldo Calvo-Sotelo era ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, número 1 de su promoción, y su carisma fue, digamos, discreto. La ecuación título igual a competencia no se sostiene. Lo que sí sostienen algunos es que un mínimo de formación técnica filtra el pensamiento profundo, la capacidad de entender sistemas complejos y la humildad de decir «esto no lo sé hacer».
El doctorado de Sánchez y el currículum como campo de batalla
La conversación deriva hacia el currículum como arma arrojadiza. Se recuerda que
Manuel Castells tenía un historial académico impresionante y su paso por el Gobierno no dejó huella. Que el astronauta —Pedro Duque— tampoco andaba cojo de títulos. Que
Soraya Sáenz de Santamaría era abogada del Estado. Y que
Pablo Casado y Cristina Cifuentes también exhibían doctorados. El patrón se repite: España selecciona a sus élites entre quienes memorizan leyes, no entre quienes diseñan reactores. Un participante lo resume con crudeza: las oposiciones de inspector de Hacienda exigen empollar la ley del IVA, pero eso no convierte a nadie en Einstein. La memoria, sostiene, tiene cero importancia en los test de inteligencia.
La brecha entre formación y ética profesional
El hilo vira hacia un territorio más incómodo. ¿De qué sirve un currículum brillante si falta lo esencial? La ética profesional, la honradez, la voluntad de servir al ciudadano. Platón ya lo abordó en
La República: el gobierno de los mejores exige ciudadanos honestos, no solo gobernantes instruidos. La política española, se argumenta, ha convertido la ética en algo que se supone, como el valor en la mili. Y los actos pasados —y venideros— desmienten la suposición con regularidad. Un participante lanza una reflexión que resuena: muchos fueron educados en la EGB idealizando el mundo, y el mundo resultó ser terrible. Por eso, concluye, los más ruines e inútiles nos gobiernan.
Occidente legisla, Asia construye
La comparación internacional cierra el círculo. En Occidente, el 90% de los presidentes y primeros ministros provienen del mundo del Derecho, se afirma. Obama era abogado. Por eso, se ironiza, no se paran de cagar leyes. España fomenta incluso la doble licenciatura de Ciencias Políticas y Derecho, perpetuando el sesgo. Mientras tanto, China aplica el método científico a sus políticas: ejecuta una acción en un territorio acotado, mide resultados y expande lo que funciona. El modelo Hefei se cita como ejemplo. La pregunta flota: ¿puede un país gobernado por leguleyos competir con uno dirigido por ingenieros?
El dato descoloca:
Calvo-Sotelo fue número 1 de su promoción de ingenieros de Caminos y su paso por La Moncloa se recuerda por la entrada en la OTAN y poco más. El título más técnico de toda la democracia española no evitó un mandato gris. Quizá el problema no sea la carrera que se estudia, sino lo que se hace con ella.