Embalses al 66% frente al 48% de un año antes: el relato de la sequía se agrieta
La paradoja es difícil de ignorar. El año que se vendió como el de la sequía y las restricciones cierra con los embalses españoles al
66,30% de su capacidad, 37.153 hm³, cuando doce meses antes estaban al 48,24%, con 27.033 hm³. Son casi veinte puntos de diferencia. En Cataluña el salto es idéntico: del 39,69% al 56,67%. Los datos, recogidos por embalses.net y fechados el 13 de mayo de 2024, dejan una pregunta incómoda: ¿dónde está la sequía que justificó el estado de alarma hídrica?
El asunto no es menor. Cuando el discurso oficial construye una emergencia y la realidad meteorológica la desmiente, lo que se rompe no es el pantano: es la credibilidad de quien gestiona el agua.
Los números que desmontan el relato de la sequía
Los datos son tozudos. España pasó de 27.033 hm³ embalsados a 37.153 hm³ en un solo año, un incremento superior al 37% en volumen absoluto. Cataluña, la comunidad que protagonizó los titulares más dramáticos sobre restricciones domésticas, subió del 39,69% al 56,67% de su capacidad. No es un repunte marginal: es un cambio de ciclo hidrológico.
Hay quien sostiene que un año bueno no borra una tendencia estructural de aridez. El argumento tiene recorrido, sobre todo en cuencas del sureste. Pero el problema es otro: el relato de la sequía se construyó como certeza, no como probabilidad. Y cuando la certeza se cae, el que avisó del desastre queda retratado.
El detalle que más incomoda a los defensores del discurso oficial es la coincidencia temporal. Las restricciones se anunciaron, se legislaron y se comunicaron con profusión. La lluvia llegó después. Nadie ha explicado aún por qué el mismo sistema que predijo la sequía no supo predecir su final.
¿Por qué se decretaron restricciones si luego llovió más que nunca?
La respuesta corta: porque el sistema de alerta se diseñó para justificar medidas, no para describir la realidad. Una parte del análisis sostiene que las restricciones respondían a un modelo climático de largo plazo, no a la coyuntura de un año concreto. Es una defensa razonable en abstracto, pero choca con la comunicación política: se vendió urgencia, no escenario.
Otra corriente apunta a un motivo menos noble. Crear un no-problema permite legislar, abrir chiringuitos administrativos y desviar dinero público hacia entidades privadas con poco control. La sequía, como el covid, funcionaría como coartada presupuestaria. Es una sospecha, no una prueba, pero explica por qué nadie dimite cuando el problema desaparece solo.
El cálculo completo de lo que se gastó en campañas, comités y organismos de emergencia hídrica daría una cifra que sorprendería. Nadie lo ha desglosado públicamente.
La sequía asintomática y el cambio de guion
En el terreno del análisis más ácido se ha acuñado un término que resume la situación:
sequía asintomática. Es decir, un problema que existe en los titulares pero no en los pantanos. La ironía tiene fundamento: si la sequía no se manifiesta en los datos, ¿cómo se detecta? Solo por el relato.
La evolución del discurso oficial apunta en esa dirección. Cuando el agua sobra, el foco se desplaza al calor. En cuanto el termómetro pase de los 30 grados, volverán los mapas de la península coloreados como si fuera un desierto. El patrón se repite cada verano con independencia de lo que digan los embalses.
Hay quien recuerda que 1994 fue el año más seco en décadas y que entonces no existía el mismo aparato mediático. La comparación es pertinente: la sequía siempre ha existido. Lo nuevo es su explotación política.
El negocio de la emergencia climática permanente
El clima da de comer a mucha gente. Es una frase que circula y que tiene respaldo presupuestario: agencias, consultoras, fundaciones, cátedras y programas europeos viven de la emergencia. Cuando el problema se resuelve solo, el incentivo es encontrar el siguiente.
La pregunta que queda en el aire no es si llueve más o menos. Es quién decide cuándo hay sequía y con qué criterios. Porque si el criterio es la conveniencia política, los pantanos llenos no van a cambiar nada.
Con los embalses veinte puntos por encima del año anterior, la sequía se ha convertido en un problema de gestión de relato, no de gestión de agua. Queda por ver qué inventan cuando el próximo verano sea fresco.