El «manual» de distancia social que se difunde en un foro
Hay una escena que se repite en oficinas, ascensores y farmacias de toda España. Un hombre y una mujer coinciden en un espacio cerrado. Él no saluda con dos besos. Extiende la mano, aprieta fuerte, dice «hola» y mira hacia otro lado. Si ella se acerca demasiado, él retrocede. No es timidez. Es una estrategia deliberada que, según algunos participantes de un hilo de foro, cada vez más hombres aplican en sus interacciones cotidianas con mujeres, y que en los últimos tiempos se ha convertido en todo un manual de conducta:
trato de usted, distancia verbal, cero confianza y separación de espacios siempre que sea posible.
La cosa no es nueva. Lleva años gestándose en conversaciones masculinas que trascienden lo laboral. Pero el fenómeno ha cristalizado en un decálogo que circula con precisión quirúrgica: nada de dos besos, ni siquiera con compañeras de trabajo; nada de compartir ascensor si se puede evitar; nada de ceder el paso ni ayudar físicamente; nada de hacer deporte en espacios mixtos. Y, sobre todo,
no reír chistes que no tienen gracia, porque la galantería, sostienen, es una forma de opresión que ya no se lleva.
El ascensor como campo de batalla
El ascensor es el ejemplo perfecto. Un espacio cerrado, sin testigos, donde cualquier gesto puede interpretarse de mil maneras. La recomendación que circula es clara: si estás dentro y se acerca una mujer,
te sales y esperas al siguiente. Más vale perder un minuto que varios días en el calabozo, resume el argumento. La lógica no es tanto el miedo real a una denuncia como la certeza de que el margen de error se ha reducido a cero.
Lo mismo ocurre con el saludo. Los dos besos, esa costumbre importada de Francia que se extendió por España hace décadas, están siendo erradicados por decisión propia. En el trabajo, mano. Fuera del trabajo, mano también. Y si la otra persona se acerca con la intención de besar, se extiende la mano con firmeza.
Algunos incluso llevan años aplicando esta norma sin haber oído hablar del manual. «Llevo con la mía casi 20 años», cuenta un participante, «pero salvo para tener hijos no aguantaba a ninguna». La distancia no es misoginia, dicen, es gestión de riesgos.
La segregación por sexos vuelve al gimnasio y a la piscina
El manual también alcanza al ocio. Nada de hacer deporte con mujeres. Ni senderismo, ni gimnasio, ni compartir calle en la piscina. El argumento es que la presencia femenina en esos espacios genera una tensión innecesaria que solo puede acabar mal. «Que se vayan a hacer deporte con Alexia Putellas», resume una de las consignas más repetidas. La segregación, que parecía superada, regresa por la puerta de atrás y por decisión unilateral.
Hay quien va más lejos y propone tratar a las mujeres con indiferencia absoluta. «Si pasa a mi lado una diosa en la calle, ni miro para ella», explica un participante. «Lo que esperan es que las admires». La receta incluye no ceder el paso, no ayudar con bultos, no invitar a nada.
Comportamiento de simio y arrastrado, lo llama. La frialdad como escudo, la cortesía como debilidad.
El cálculo económico: 1.500 euros al mes y una mano firme
No todo es ideología. Hay un componente económico que atraviesa el fenómeno. «Di que ganas 1.500 al mes», aconseja un participante. «Todo por debajo de 2.000 y te pondrán cada cara de mierda que echa patrás». La apariencia de poco poder adquisitivo funciona, según esta lógica, como repelente. Otro lo confirma: «Digo que soy pobre y no se me acerca ni una. Mano de santo».
El cálculo no es casual. En un contexto donde el coste de la vida y la vivienda se han disparado,
la posición económica se ha convertido en un filtro explícito en las relaciones personales. Y algunos hombres han decidido jugar esa carta a la defensiva: si no puedes competir, retírate. La distancia, en este caso, no es una elección moral sino una rendición calculada.
La vía rápida: pagar por sexo sin conversación
La conversación deriva, como era previsible, hacia la alternativa más pragmática. «Follar es lo más fácil del mundo», sentencia un participante. «Actualmente es razonable un precio de 70 euros por follarte a una jovencita de menos de 30, guapa, buen cuerpo». La cifra se repite y se discute. Para unos es un chollo; para otros, una bomba de relojería legal. «También te denuncian», advierte una voz. El caso del hijo de un alto cargo judicial, investigado por una presunta violación grupal, se cita como ejemplo de que ni pagando estás a salvo.
La prostitución aparece así como el atajo definitivo:
entras, pagas, follas y adiós. Sin besos, sin chistes, sin ascensores compartidos. La transacción sustituye a la interacción. Es la conclusión lógica de un manual que empezó siendo una guía de etiqueta y ha terminado siendo un tratado de evitación.
¿Es esto una guerra o una retirada?
No hay consenso. Para algunos, la estrategia es una forma de resistencia contra un marco legal y social que perciben como hostil. «Porque cuatro focas del ministerio odien a los hombres, no voy a modificar mi forma de pensar», protesta un participante. Para otros, es una rendición: «Le bailáis el agua a los enemigos de Occidente», les reprocha otro. Y hay quien simplemente pasa: «Yo soy feo, calvo y estoy en el paro. No me hace falta todo eso».
Lo que queda claro es que la distancia ya no es un accidente. Es una política. Y como toda política, tiene costes. El más evidente:
la conversación entre sexos se ha convertido en un campo minado donde cada palabra se mide y cada gesto se calcula. El manual no dice cómo volver. Solo dice cómo mantenerse lejos.