Sánchez no dimite y el análisis se queda sin brújula
Cinco días de reflexión, un rey esperando en Zarzuela y un país entero mirando el reloj. Cuando Pedro Sánchez compareció para anunciar que no dimitía, la reacción mayoritaria en los foros de análisis político y económico no fue sorpresa sino hastío: la mayoría ya lo había dicho. El problema no era prever el desenlace, sino comprobar cuánta energía se había gastado en construir escenarios imposibles.
Israel y el Mossad como salvadores, el caso Pegasus como detonante definitivo, una supuesta intervención francesa de por medio. Ninguna de esas piezas encajaba con la lógica más elemental: un presidente que ha pactado con Bildu y ha diseñado una
amnistía a medida para Puigdemont no suelta el poder voluntariamente.
El pronóstico que nadie quería escuchar
El mensaje que abrió el análisis lo decía sin rodeos: «Sánchez NO SE IBA NI A TIROS». No era una corazonada, era una lectura de incentivos. Quien ha construido su permanencia sobre alianzas imposibles y cesiones legislativas no abandona por una denuncia de Manos Limpias ni por el caso Koldo. Sin embargo, el espacio se llenó de pronósticos que apostaban por lo contrario. La esperanza se retroalimentó con fantasías geopolíticas: que si el Mossad, que si los servicios secretos, que si una operación internacional para desalojarlo.
Capitán A posteriori, resumió uno. El diagnóstico más repetido fue el de la
ingenuidad colectiva: gente perspicaz cayendo en trampas burdas por pura ilusión.
¿Por qué se esperaba una intervención extranjera?
La hipótesis de que Israel o Marruecos tenían material comprometedor sobre Sánchez circuló con fuerza. El razonamiento era simple: si el caso Pegasus implicaba espionaje a independentistas catalanes, alguien con poder real podría usarlo para forzar su salida. La realidad, según los propios mensajes, es que
Israel no fue a degüello porque desestabilizar España tendría consecuencias imprevisibles. Otros apuntaron a que el vínculo con el Foro de Puebla y Zapatero añadía capas de protección. La conclusión que se impuso: nadie con capacidad de mover los hilos tenía incentivos para hacerlo. El escenario más citado —una dimisión forzada desde fuera— era el menos probable de todos.
El papel de Manos Limpias y la amnistía como cortina de humo
La denuncia de Manos Limpias contra Begoña Gómez se leyó como un intento burdo que olía mal. Un participante señaló que en los artículos de prensa presentados aparecía una
Begoña López que no era la mujer de Sánchez, sino otra persona con el mismo nombre. El Tribunal Supremo, según se recordó, sostiene que no deben abrirse diligencias basándose únicamente en informaciones periodísticas. La amnistía, mientras tanto, fue calificada como un insulto al derecho y a la inteligencia, pero también como el verdadero blindaje del presidente: quien ha diseñado una ley para protegerse no dimite por una denuncia.
La desmoralización como estrategia
Una de las tesis más repetidas fue que el ciclo de noticias esperanzadoras sobre el inminente fin del régimen forma parte del propio régimen. Se argumentó que en sistemas con control creciente de medios, cada cierto tiempo se filtran expectativas de cambio que nunca se materializan. El objetivo sería doble: demostrar que no hay salida y desgastar a quienes entran al trapo.
Agentes desmoralizadores, los llamó alguien. La consecuencia práctica es que el análisis se contamina de deseos y pierde capacidad de predicción.
El PP y el rey, mientras tanto
El mensaje inicial cerraba con una advertencia: mientras la oposición y la jefatura del Estado juegan a ver quién es más tonto, el problema no es la gentuza del PSOE, sino
nosotros. La autocrítica apuntaba a la pérdida de percepción de la realidad y de sentido común. Varios mensajes posteriores insistieron en que el gobierno sigue siendo precario, que sus socios lo atan en corto y que sus planes de control judicial y mediático encontrarán resistencia. Pero el daño ya estaba hecho: la credibilidad del análisis colectivo quedó tocada.
El punto exacto donde el análisis se atasca es este: si la mayoría acertó el pronóstico, ¿por qué el ruido de los escenarios imposibles dominó la conversación durante días? La respuesta incómoda es que el deseo de que algo ocurra contamina la lectura de incentivos. Y eso, en un entorno que se pretende analítico, es un fallo de calibración que cuesta caro.