Autocensura: apagar una cuenta de 2006 por miedo a opinar
Una cuenta abierta en 2006 anuncia su baja. Su dueño ya había dejado el alcohol, acaba de dejar el tabaco con la última subida de precio y se ha dado de baja de VOX. Ahora se retira también de la conversación política digital y dice que se va al campo a vivir de cerrajas y espárragos trigueros. El detalle incómodo no es la retirada: es que la
anuncia.
El aviso ha generado numerosas respuestas, y muy pocas discuten el fondo. Discuten el gesto. Hay quien lo lee como una rendición y quien lo lee como una profecía: si quienes llevan dos décadas en esto se apagan, ¿quién queda?
¿Qué hay detrás de una baja anunciada?
Porque quien se va, normalmente, se va sin avisar. Ese es el primer reproche. En el estanco nadie pone un cartel de «voy a dejar el tabaco» mientras se compra un cartón. La marcha, sostiene esta línea, no es un acto de libertad sino una forma de dejar constancia de que el terreno queda libre para el adversario.
Rendirse por escrito, vaya.
La defensa del que se queda no es menos dura. El argumento que más se repite: el país no está como está por casualidad, sino porque una mayoría lo ha votado o lo ha tolerado, y preocuparse por una sociedad que no quiere ser salvada es una pérdida de tiempo. Quien aguanta, dice esta corriente, solo aguanta para ver el mismo resultado por la ventana.
En medio aparece la explicación psicológica. Varios mensajes describen el gesto como
indefensión aprendida: alguien que acumula derrotas pequeñas y deja de intentarlo. Y otro le pone fecha a la rendición: cinco días de reflexión antes de decidir si toma el mismo camino.
¿Por qué se lee censura donde otros ven filtros automáticos?
Porque el filtro se nota. Escribir una expresión concreta y comprobar que el sistema la sustituye por una perífrasis —«esa época en el 2020 de la que yo le hablo»— es un hallazgo que un participante afirma haber comprobado en una cita de su propio mensaje, no una sospecha, y quien lo descubre lo publica. El efecto sobre quien escribe es inmediato: cada palabra pasa a ser un cálculo.
A esa experiencia se añade un episodio reproducido en la conversación. El PSOE reclamó públicamente una rectificación inmediata de unas declaraciones atribuidas al director de
El Debate, Bieito Rubido, y anunció que se abstenía de valorarlas hasta escuchar sus explicaciones. Nada en el material acredita expedientes, sanciones ni vigilancia individual: lo que circula son precauciones y metáforas de reclusión.
Pero la suma de sustitución automática y rectificaciones exigidas en público hace que opinar empiece a parecer caro. Y ahí está el núcleo del asunto: no hace falta una orden para que alguien escriba menos.
¿Cuánto vale una cuenta de 2006?
Más de lo que parece, y esa es la parte que duele. Una cuenta del 2006 acumula archivo, memoria y una reputación construida mensaje a mensaje. Cuando se apaga el veterano no se pierde una firma: se pierde la constancia de lo que se dijo antes, justo cuando resulta más fácil reescribir el pasado.
La composición del entorno también se discute. Un participante calcula que la audiencia se reparte en un
60% de derechas, un 30% de centro y un 10% de izquierdas, con apenas una fracción socialdemócrata. Si esa foto es aproximadamente cierta, la salida de un perfil veterano no equilibra nada: adelgaza el lado que ya era minoría.
¿Sirve una VPN para seguir opinando sin sobresaltos?
Sirve, aunque nadie promete que sea suficiente. Las respuestas más prácticas recomiendan navegadores con red privada integrada, máquinas virtuales con Linux para aislar cookies y rastros, y entornos de sesión efímera que se destruyen al cerrar. El razonamiento de fondo es económico: los datos de comportamiento se venden como cualquier otra mercancía y basta con dificultar la trazabilidad.
La ironía también aparece, y no sobra. Una respuesta resume el manual con la imagen de alguien con papel de aluminio alrededor de la cabeza. Es la manera más elegante de recordar que estas precauciones son higiene digital corriente en medio mundo y que ninguna demuestra que exista un peligro concreto. Que no tranquilice a quien ya decidió irse es otra cosa.
El desencanto que no distingue de siglas
Y luego está el cansancio. Hay quien describe una desidia general, decepción con todas las opciones por igual y una retirada silenciosa a lo privado: el trabajo y la cesta de la compra como únicos asuntos verificables. Es la versión tranquila de la misma salida, sin manifiesto ni despedida.
Otra voz lo dice al revés: la desmovilización es exactamente lo que busca quien manda, y cada baja es una victoria ajena. Ahí se rompe cualquier acuerdo. Unos ven en el abandono una derrota personal; otros, el resultado lógico de un sistema que premia al que no pregunta.
Con cuentas de 2006 apagándose una a una, ¿quién queda para contar cómo se discutían las cosas antes de que hubiera que mirar dos veces cada palabra? Nadie tiene la respuesta. Y esa ausencia, más que cualquier ley, es el mejor argumento de los que se van.