Juegos VII Liga Burbuja de ajedrez

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Recordé que no podía tomar zumo de naranja cuando ya estaba exprimiéndole media para el chupito de cortesía con el que acompaño los desayunos. Me lo dijo hará un par de semanas, la segunda vez que estuvo por aquí. En la primera se lo había dejado entero sin decir nada.

- Perdona -dije levantando la voz. Suelo respetar el trato de usted pero a veces creo que es mejor hacer alguna excepción- Perdona -repetí. Ella volvió la cabeza desde la mesa- ¿zumo de naranja no querías, verdad?
- No, gracias.

Ahora sí estaba seguro de que era ella. Entre el pañuelo en la cabeza y la mascarilla en la boca queda poco margen para reconocer a las personas.

Le acerqué el café y la porra.

- No puedo con el zumo de naranja -dijo- Y ya veremos si puedo con esto.
- Venga -respondí cariñoso- A comer.

Y en su acuosa mirada vi aún más cansancio que dolor.

- ¡Buenos días! -tronó una voz desde la puerta. Era la asistenta de la ancianita, una mujerona rebosante de salud, calzando con un taco de madera el quicio para que la jefa pasará con el tacatá.
- ¿Dos? -respondí desde la cocina.
- ¡Sí, dos desayunos!

Y poco a poco alcanzaron "su" mesa, la misma que hacía unos minutos había dejado libre la mujer que no puede tomar zumo de naranja ni acabarse la mitad de un churro.

Preparé los cafés, con leche los dos pero descafeinado el de la animosa asistenta. Dos sobres de azúcar en el de la anciana y sacarina en el otro. Cogí una porra y salí pitando hacia allá, pues la señora siempre llega con un hambre negra.

- ¿Qué tal va eso? -dije alegremente mientras dejaba el plato sobre el que se abalanzó la viejecilla.
- ¡Ay, hijo! -respondió partiéndolo en los tres trozos acostumbrados- ¡Qué hambre tengo! -Y me eché a reír con ganas.

Regresé a la barra y ya con más calma apañé la tostada de tomate de la asistenta y el vaso de zumo de naranja con el que la señora completa su desayuno.

- ¡Ay, hijo! -dijo tras agarrarlo con increíble seguridad- ¡Qué mal se pasa cuando se tiene hambre! -Y echó un traguito y la asistenta y yo volvimos a reír.


Y pensé que si un extraterrestre viera la fotografía de unos bomberos preparándose para apagar un fuego también podría creer que eran ellos quienes lo estaban provocando.

Y juzgaría, sentenciaría y actuaría en consecuencia.
 

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Uno lo entiende mejor cuando les oye hablar entre ellos. El ritmo es más acompasado, la melodía está mejor integrada. No hay lugar para las disonancias ni los silencios. Las transiciones apenas son perceptibles. Suena al oído como el hilo musical de una sala de espera.

Crecieron, estudiaron, dejaron el pueblo y se fueron a la Universidad. Allí se especializaron en alguna rama de la Medicina rodeados de chavales como ellos. Compartieron piso, hubo fiestas, conciertos y buen sexo en hora. También viajes de Erasmus. Conocieron otros países, respiraron otros aires, vieron otros decorados, trataron otras gentes. Muchas horas de estudio y exámenes. No había tiempo que perder con novelas y cuentos. Los libros que leían eran prácticos. Los libros que memorizaron eran necesarios. Los libros que abrieron les cerraron las puertas a todos los demás. Aún hoy continúan leyendo esa clase de libros. La Medicina, como la Ciencia, como los Ordenadores, se actualiza constantemente.

Hoy están casados con una pareja descubierta en aquel ambiente y son padres de uno o dos hijos. Habitan viviendas unifamiliares con jardín en las afueras de una pequeña y tranquila ciudad. Se mantienen en forma, cuidan su aspecto sin exageraciones. Conducen buenos automóviles y varias veces al año viajan a diferentes simposios, algunos en el extranjero. Buenos hoteles y restaurantes. Alguna aventura sexual. La vida desplegada. Todo es como parecía en la distancia. Los resultados saltan a la vista.

Son las ocho y media de la mañana de un viernes más y los doctores bajan de sus coches con las carteras de trabajo al hombro en dirección al hospital. Han dejado a los hijos en las guarderías. Es hora de consulta, de tratar a los pacientes. Pero hoy es día de visitador médico y la agenda está despejada hasta las nueve. Salen a tomar café en el bar.

La visitadora sigue tan atractiva como las otras veces y yo sigo sin tener leche sin lactosa. Toma asiento en una de las mesas altas, junto al ventanal. Pronto llega el doctor, al que unos minutos después se le unen dos compañeros más, un hombre y una mujer. El covid, las familias respectivas y los planes para el fin de semana son los temas de conversación. Hay risas y buen humor; no hay voces ni blasfemias, palabras malsonantes o pesados silencios; no hay móviles en ninguna mano. Todo fluye en un ambiente de amable cordialidad. La visitadora pide otro café.


Pagará ella.
 

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Salí un momento de la cocina para echarle un vistazo el salón y vi a un chico joven de gafas detrás de Gonzalo. Me acerqué y le pregunté qué iba a tomar. Hizo un gesto con la mano hacia la tragaperras, musitó algo y dijo que no quería nada. Entendí que era un familiar de Gonzalo, tal vez un hermano o un primo, puede que algún raro amigo, quien sabe, pero ante la duda lo dejé estar y regresé a la cocina para terminar de limpiar los platos de un mediodía muy ajetreado.

"No -me dije- si al final tendré un disgusto, verás"

Gonzalo había llegado al bar en plena efervescencia, a eso de las dos. Enseguida me di cuenta de que tenía uno de esos días.

- ¿Café? -le pregunté
- ¿Ves esto? -dijo dándole un ciliquitrón a la base de un refresco casi vacío que ya llevaba un buen rato sobre la barra esperando ser recogido. Y empezó a contar algo acerca del escaso líquido que aún contenía en su interior. Dejándole con la palabra en la boca fui a poner el café que no había llegado a pedir y al servírselo le quité de la mano sin violencias el Nestea al que estaba hablando.

Dos clientes estaban a su lado en animada charla futbolera. Gonzalo reconoció al más cercano, un antiguo amigo de correrías en la juventud que seguro ya lo había visto, y lo saludó.

- ¡Hombre, Gonzalo! ¿Qué tal estás?
- Harto.
- Ya...bueno -Y se dio la vuelta.

Pagó el café y se fue a la tragaperras, algo no habitual pero tampoco demasiado extraño. Yo le echaba un ojo de vez en cuando. Fueron sucediéndose las venidas a la barra por dinero a cuenta de la tarjeta. De diez en diez, siempre en monedas. No le decía nada. Ya se lo dije en un par de ocasiones. Me conformaba con mirar el datáfono, ver que la operación era aceptada y darle las diez monedas. Antes, para cabreo suyo, tenía un límite de veinte, quizá por orden paterna, pero hoy la pasó cinco veces y todas fueron aceptadas.

Ya no quedaba nadie en el bar aparte de Gonzalo y un par de parejas en la mesa del fondo que se irían poco después cuando aquel chaval entró al bar. Gonzalo llevaba un buen rato hablando por teléfono mientras la tragaperras jugaba con él. Empezó a cambiarme billetes.

- No juegues más, Gonzalo, coño.
- No, si me ha dado un premio gordo...Es que se me han quedado ahí unos cangrejos...

El chaval se fue de repente y aproveché la ocasión.

- Gonzalo -le dije- ¿conoces a ese que estaba detrás de ti?
- ¿Quien?
- ¡Joder! Un chico joven que estaba sentado detrás de ti.
- No, no lo conozco -respondió sin apartar la vista de la máquina.

El chico regresó y esta vez pidió un Nestea. Luego se fue al mismo sitio y desde allí me hizo una especie de seña que devolví de forma resignada una de las veces que Gonzalo vino a la barra para cambiar otro billete.

- No juegues más, Gonzalo...
- No, si es que tengo ahí unos cocos...

Con su característico paso lento se acercó una vez más a la barra.

- ¿Nos fumamos un pito, Kufisto?
- En cuanto acabe la cocina, Gonzalo. Ya me queda poco.

Todavía andaba Gonzalo de camino a la puerta cuando el chaval se puso a jugar. Pasé a fregar los últimos platos del día.

El chaval estaba a punto de irse cuando salí tras limpiar el último plato.

- ¿Lo conoces? -le pregunté.
- ¿A quien? -respondió.
- Al que estaba jugando. ¿Es amigo tuyo?
- ¿Amigo mío? -respondió en tono de desprecio- ¿Ese? ¡Ja! ¡Pero si no tiene ni idea! ¡Ha dejado premios pasar! Si yo tuviera dinero...

Y se fue.

Un buitre. Un buitre descarado. Un buitre al olor. Ni hermano, ni primo, ni amigo, ni nada. Un buitre. Un puto buitre granudo con gafas.

Cogí el abrigo y salí afuera para fumar con Gonzalo.

- Con lo inteligente que eres, tío -le dije- ¿qué coño haces jugando a esas mierdas? De verdad que no me lo explico.
- ¿Sabes por qué lo hago, Kufisto? - dijo tranquilo.
- ¿Por qué?
- Porque así no pienso. Veo las lucecitas, pulso los botones y así no pienso.
- ¡Pero pierdes! ¡Pierdes! ¡Pierdes el dinero de tu jubilación en algo gilipollesco, en algo que nada tiene que ver contigo! Si me dijeran de cualquier otro, de tantos idiotas como he visto dejándose sueldos enteros en un sólo día...¿Te acuerdas cuando aquella mañana nos fuimos adonde sueles andar? Pero tú, tan espiritual que es para matarte, que puedes ver la belleza del musgo sobre una puta piedra perdida en un erial, que te emocionas hasta las lágrimas cuando ves un águila sobrevolando el cielo...¡Juegas a las putas tragaperras!
- Ya...Sí...¿Pero tú sabes lo que es estar de psicólogos y psiquiatras que no te escuchan, que a todo lo que dices responden con algo que no tiene nada que ver con lo que estás contando?...Mira, he pasado tres horas jugando en la máquina y sólo he perdido quince euros. Tres horas a quince euros son cinco euros a la hora. ¿Sabes lo que cobran uno de esos? He pasado tres horas sin pensar y sólo he perdido quince euros. Yo sólo quiero no pensar.


Fumamos un poco más. No hacía el frío que prometía la helada mañana. El sol todavía lamía el segundo piso del edificio de enfrente. En el tercero y último están las putas.

- ¿Sabes lo que te digo, Gonzalo?
- ¿Qué?
- Que tienes razón.
 

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Uno que no conociera su historia y la viera por la calle diría que es una MILF y no andaría equivocado. La mayoría de los hombres, incluso aquellos que por edad podrían ser sus hijos, se la follarían sin dudarlo. Da el tipo de lo que se busca en el ordenador cuando uno está a solas, aburrido y sin saber qué otra cosa hacer. Algo sin preámbulos, sin origen ni finalidad, tan sólo un breve lapso de tiempo para la posesión y el placer, un filete con sorpresa para que la fiera enjaulada que todos llevamos dentro vuelva a adormecerse un ratito después de haberlo devorado. Hasta que sus hambrientos rugidos vuelvan a obligarnos a darle algo de comer a cualquier precio antes que seguir soportándolos. Los hombres ven visiones o se vuelven locos cuando intentan negar a la bestia en toda su potencia, incluso cuando el cenit de su fuerza hace tiempo quedó atrás y en lugar de buenos pedazos de carne bastan unos huesos para hacerla callar.

Es la mayor de cinco hermanos traídos al mundo por una humilde pareja llegada a este lugar de La Mancha cuando todos ya habían visto la luz. Pocos años pasaron hasta que la innombrable enfermedad se llevó a la madre tras una crudelísima agonía. El trabajo del padre no le permitía más que pasar los fines de semana en casa, y no todos. No había más familia a la que recurrir, no al menos de forma permanente. Y ella, apenas una adolescente, tuvo que hacerse cargo de la casa con la ayuda de uno de sus hermanos. Pero el fuego de la juventud no lo apaga ni un océano embravecido. Y en orgullosa respuesta se lanzó a él con toda la rabia propia de quien siente haber sido estafado por una comunidad de idiotas.

Se casó pronto y no tardó en ser madre. Trabajaba de lo que fuera y seguía divirtiéndose cuanto podía. Vino otra hija y decidió que dos eran suficientes. Habitaban al otro lado de la carretera, cerca del polígono industrial, en el barrio donde habían colocado a los gitanos. Salieron adelante. La hija mayor no tardó en quedarse preñada y marchó para Madrid. La pequeña creció, siguió estudiando y este curso ha empezado la Universidad..

Un mediodía, hará un par de años, llegó al bar con la hermana pequeña, una mujer muy diferente a ella aún habiendo recorrido parecidos caminos. No era raro verlas juntas aunque tampoco lo sea verlas separadas. La hermana mayor y la hermana pequeña. Caracteres fuertes. Cosas entre hermanas.

Estaba esplendorosa. Yo la había visto así de arreglada otras veces pero me chocó al ser de mañana. Iba vestida como para una fiesta. Lo dije y ella rió con las mismas ganas de siempre. Se fueron. Luego me enteré por su hermana que esa mañana habían ido al hospital a una revisión de algo que le habían encontrado en el útero, algo parecido a lo que les arrebató a su joven madre. Algunas semanas después supe que había dado negativo. Me contó que había pasado unos días muy malos.

La última vez que la vi con su marido fue a finales del año pasado, antes de la Navidad. Llegaron al bar a eso de las tres y media, poco antes de mi marcha. Ella tan estupenda como siempre que sale a tomar algo. Pidieron café y una copa. Los vi muy acaramelados, más que de costumbre. Esa tarde había ternura en las caricias que frente con frente se prodigaban entre palabras musitadas. Fue bonito de ver.

Ayer vino al bar en compañía de un tío que no conocía, algo que tampoco me sorprendió demasiado porque a veces vienen amigos de fuera para pasar unos días con ellos. Pidieron café y ella se quitó el abrigo: estaba para comérsela. Se rió al oírmelo decir con otras palabras. Y enseguida me dijo:

- ¿No te has enterado, Kufisto?
- ¿De qué?

Calló y se quedó mirándome con fijeza.

- ¿De verdad que no te has enterado?
- No, ¿de qué?

Sonrió al ver que no mentía. Kufisto y su nube. Kufisto, el que fuera del bar no se baja de su nube.

- Me he separado.

Se ha separado. La última vez que la vi con su marido estuve asistiendo a una especie de adiós entre dos personas que se habían amado durante treinta años.

Ella todavía tiene hambre de vida. Lo lleva en la sangre, en los genes, en las células que uno nunca sabe cuando empezarán a creer que dos por dos es igual a cero.


Y no seré yo quien la llame puta.
 

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Salí del bar para darle el pésame por la reciente muerte de su anciana madre. Me había parecido al pasar que era ella quien estaba sentada en la terraza con una pareja que reconocí de otras veces como amigos suyos. Dudé un poco al empezar a hablar, como uno que se ha equivocado de persona, tan distinta me pareció de cerca. No entendió bien mis palabras de condolencia, algo que por un instante me aterró ante la posibilidad de estar metiendo la pata. Pero sí, era ella. Le conté que me había enterado por su hijo mayor, un buen amigo que bastante emocionado se pasó por el bar tras la inhumación. También le dije que recordaba con mucho cariño a su madre de cuando hace muchos años iba al viejo bar en compañía de otras viudas. Resaltaba entre todas ellas por la dulzura de su perenne sonrisa, más aún entre los duros rostros de algunas de ellas. Vi la emoción en sus ojos, a punto de verter lágrimas, y me lo agradeció tan de corazón como yo se lo había dicho. Me habló de los unidos que habían estado nieto y abuela, hasta el punto de haber sido ella quien lo crió. Por primera vez en la vida noté que me miraba de una forma distinta.

Franco había muerto apenas dos años antes cuando se quedó embarazada sin estar casada. Y para más inri el padre, que encima era de otro pueblo, se desentendió por completo. En un pueblo manchego de finales de los setenta aquello debió de ser un infierno. Hasta mucho tiempo después ver a una mujer en un bar sin la compañía de su marido fue algo inimaginable. Se fue a Madrid como tantas otras habían hecho antes que ella sin haber caído en semejante castigo. Y de las que yo conozco ninguna ha regresado más que para lo absolutamente imprescindible. Pero ella lo hizo, esta vez casada con un hombre de posibles y ya madre de su segundo y último hijo. Con todo y con eso la dureza en su rostro por el trato recibido quedó fijada para siempre aunque los tiempos y costumbres fuesen cambiando poco a poco hasta alcanzar la aceleración actual con la que tan incómodos se sienten los últimos guardianes de la vieja moral a los que ya ni sus viejos sacerdotes hacen demasiado caso. Y para decepción suya ni odio reciben de vuelta, sólo indiferencia.

Pero ha sido necesario el sentido pésame por la muerte de su madre para que ella no viese en mi a mi padre, a su padre, a todos los padres y todas las madres casados a fuego por la Santa Madre Iglesia ante la muda y cabizbaja presencia de Cristo crucificado.

Y yo en ella a una mujer que es una buena explicación a tantos malos entendidos heredados.
 

Clavisto

Madmaxista
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Primero echar gasolina al coche, después una breve parada en el Lidl y por último la pequeña pero impostergable compra para el bar en el mayorista.

Otra mañana había pasado sin dejar apenas huella. La viejecilla, según su cuidadora, empieza a desvariar un poco; hoy, sin ir más lejos, se había levantado convencida de su marcha a Francia con su hija y le había encargado que nos despidiese a todos de su parte, "a esos chicos tan buenos que quiero tanto como si fuesen de mi familia"; ya en el bar, con el desayuno delante y olvidada aquella idea no había parado de hablar de la Guerra Civil. La hija viene a verla desde Francia, eso es cierto, pero eso será dentro de unos días y no para llevársela con ella, algo que se reserva para un par de meses en el verano. Quizá la viejecilla siente que el sol va recibiéndola cada día más alto y cree que el verano ha vuelto. El otro día me habló de su tierra cántabra tan diferente a la manchega y que tanto añora. Su hijo la riñó al oírla cuando vino para recogerla. Se ve que es un pensamiento recurrente de la madre.

Gonzalo hizo acto de presencia a eso de las tres con una cámara fotográfica colgada del cuello. Hoy parecía tranquilo pero volví a ponerle el café descafeinado. Estábamos solos y empezó a enseñarme en el visor las fotografías que había realizado durante su paseo matinal. Sin coche desde hace unos días por culpa de "un estúpido mecánico", se ha visto obligado a aparcar las salidas al campo que tanto bien le hacen por renqueantes paseos en el pueblo: la parte vieja, las fachadas de las iglesias, algunas estatuas, escudos heráldicos y todo lo demás. También había tenido tiempo para fotografiar el centro, la calle comercial, un kiosko de la ONCE y algunas mesas de terraza con las vacías consumiciones todavía esperando a ser recogidas, cosa que me hizo gracia al pensar en el camarero que habría podido verlo. En muchas de ellas se veía en el centro una pequeña esfera de color a la que otorgaba una significación que iba más allá de mi sugerencia de que se tratara de una simple refracción de la luz sobre el objetivo, razón que no le terminó de convencer alegando algo que no entendí. Por último me mostró una magnífica imagen del sol tomada en las afueras, un centradísimo primer plano que alabé de corazón. Y entonces caí en la cuenta de que el sol estaba presente en la práctica totalidad de la fotografías que había tomado, hasta en las de las mesas. Quizá de manera inconsciente, quien sabe, sus extraños encuadres buscaban al sol que siempre le espera en el campo. Luego me preguntó por lo que había comido. Se lo dije y le devolví la pregunta. No se acordó en un primer momento, pero después de pensarlo un rato me dijo con la sonrisa propia de un niño que ha cometido una travesura que tras la habitual menestra de verduras cocinada por su madre se había "zampado" un pequeño bocadillo de salchichón que le había sabido a gloria.

La tarde era espléndida cuando salí de fría la sombra del bar. Subí al coche y conduje hasta la gasolinera de mi amigo, donde me atendió un nuevo empleado. El sol pegaba de frente en lo alto del parabrisas pero no bajé la visera. Era agradable. No cegaba. Me entró sueño. Ayer volví a dormir mal. Son raras las noches en las que el sueño te permite recuperar el desgaste. Todavía hay días en los que necesito un pequeño bocadillo de salchichón.

También en el Lidl fue la cosa tan rápida como en la gasolinera. También allí voy por un sólo producto, uno no muy popular y en tal cantidad que siempre sorprende a las cajeras. El invierno habrá acabado cuando vea a otra chica que se sorprenda.

Tuve que esperar un poco en el mayorista localizado un poco más adelante de la carretera. Aparqué y miré el reloj del coche. Diez minutos. Todo había ido tan rápido que sobraba tiempo.

El sol se quedó esta vez en una esquina del encuadre, sobre mi mejilla, en mi pecho, como solía hacerlo la mujer de esta última noche cuya imagen me despertó del sueño mucho antes de que sonara ningún despertador.

No oigo respuesta alguna de nadie que haya amado cuando les veo mientras duermo. Todos callan. El resto es ir de un sitio a otro entre voces pronunciadas por caras extrañas y absurdos laberintos que me desesperan. Y cuando vuelvo a reencontrarme con alguien, callan. A veces sonríen, otras quedan serios. Pero nadie me dice nada. Y se desvanecen abandonándome en el laberinto.

Largos se hicieron esos diez minutos de espera. Cogí el móvil para mirar cualquier cosa cuando sólo habían pasado dos. En un foro de opinión alguien afirmaba saberlo todo sobre Metallica. Fui pasando páginas entre frecuentes miradas al retrovisor hasta que por fin abrieron la puerta.

Dejé la compra en el bar. La tarde todavía era esplendida. Tan sólo habían pasado treinta minutos y tenía tiempo para salir a ella. Quizá toda una hora, puede que más. Tengo la sensación que este año el sol se va más tarde.

Pero al llegar a casa decidí que no necesitaba más de él para hacer otro pequeño bocadillo de salchichón.


Que le hinque el diente quien no recuerde quien fui.
 

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La última hora en el bar siempre es la más larga. Solo y con todo recogido no hay más que esperar al cambio de turno. Lías un cigarrillo sin encenderlo y todavía no te echas una cerveza. Coges el móvil, lees algo y vuelves a dejarlo junto a la cafetera. Vas a mear sin ganas y en el espejo del lavabo encuentras arrugas alrededor de la nuez. Las ojeras dejaron de contar hace tiempo, como las canas encima de las orejas y la pérdida de pelo. Levantas la cabeza, estiras el cuello y las arrugas se van. La verdad es que no estás tan mal con esa barba de dos días. Mañana empezará a ponerse blanca y habrá que afeitarla. Son casi cincuenta años después de todo. Estás de puta madre pero es casi medio siglo.

Te sientes cansado y cambias la música. Pones a Led Zeppelin. Enciendes el cigarrillo mirando de reojo la puerta de entrada desde la cocina. Lo dejas en el cenicero tras darle cuatro caladas y sales a la barra. Otra vez el móvil y otra vez lo dejas. Miras la vitrina y sólo ves tu nuez. Sales a la puerta y hace frío. Empieza a sonar "Rock and roll" y entras y te sirves una cerveza que al segundo trago ya alivia los dolores musculares del mal dormir por el exceso de entrenamiento. Jamás en la vida he tenido el cuerpo que ahora tengo.

Son casi las cuatro cuando desde el ventanal veo a un tío con un perrazo bajando la avenida por la acera de enfrente. Creo que lo conozco pero está demasiado lejos para mis ojos. Voy a la cocina y fumo algo más. Oigo un vozarrón en la puerta y es él con su perrazo. "Café y gintonic, Kufisto" Me echo otra cerveza y pertrechado de abrigo, bufanda y gorro ante el cercano fin de la jornada salgo también con ella en la bandeja hacia una de las dos mesas altas que tenemos fuera.

Alabo el enorme perro, un pastor alemán de seis años que lo menos pesará cincuenta kilos. Me extraña verlo con él a esas horas y se lo digo. Responde que esta mañana ha tenido que llevar a la madre al cementerio entre un frío estremecedor. Hablamos del tiempo. Nosotros. Nosotros dos. Hablando del tiempo.

Mi hermano llega y yo me voy tras acabarme la tercera cerveza en dos rápidos tragos.

- Nos vemos, Alka.
- Cuídate, Kufisto.

Bajo la avenida pasando la rotonda y tomo el siguiente cruce hacia la izquierda. En el garito de la yugoslava y sus camareras veo a un par de puretas desastrados fumando en la puerta botellín en mano.


Y la puerta de la cochera comunitaria va deslizándose sobre su eje.


Se hizo largo.
 

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Tengo que pegar la cronica de la BUNDESLIGA de hoy domingo porque CALOPEZ no me deja pegarla en el hilo del equipo.
Me da ese error que comienza con 12, creo que te salta cuando intentas postear con un post tuyo delante.


Bueno ya termino la jornada del domingo en la BUNDESLIGA, malas noticias porque quedamos en la posicion 9 y por tanto descendemos a la division 9, no se si tendra algun significado cabalistico esto.
Estabamos 16 jugando, la mayoria activos, gracias a todos por apoyar al equipo.
El equipo esta en pre-uci, necesitamos ayuda.
Si alguien tiene alguna idea para resucitar esto que la exponga.
Bueno pego el resultado final, el jueves seguiremos ahi.


 

Clavisto

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Bajé a comprar sin los auriculares. Sergio Dalma entonaba una de sus horribles canciones. Palpando los aguacates pensé en los años que llevaba sin oírlo. En el bar soy yo quien elige la música y fuera de él rara es la vez que ando por ahí sin taparme los oídos. No conozco a nadie de todos los que copan las listas de éxitos. En ocasiones leo algún titular en los foros de opinión que frecuento pero no entro en ellos. No sé ni qué cara tiene Rosalía. Pero sí recuerdo todavía la de Sergio Dalma y su angustiosa voz. Por eso, entre otras razones, prefiero las grandes superficies y su música ambiental: si olvido los auriculares no por ello hago la compra a la carrera para escapar de allí.

La rubia cajera del culo duro acababa de echar el cerrojo a su cinta transportadora. No dije ni pregunté nada y me dirigí a la adyacente atendida por una de las serias gorditas, la de gafas. De reojo, mientras iba sacando los productos del carro, vi como la alegre y parlanchina rubia daba la vuelta por mi lado para reincorporarse a otra tarea. Seguro que le gusta Sergio Dalma.

Me he comido uno de los aguacates. Está bueno. No siempre es así. Hay que tener mucho ojo con ellos, mucho tacto. A la más mínima te la meten, saben como hacerlo. Se guardan en cámaras frigoríficas y allí recobran el punto de madurez al tacto y a la vista. Pero pasadas unas horas los abres y están casi podridos por dentro.

Ha terminado el programa de la lavadora y el silencio es casi total. Tan sólo el rumor del ordenador y los atenuados rugidos de una excavadora allá abajo, tras las ventanas bien cerradas.

Ahora colgaré las sábanas.
 
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Clavisto

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Pasé la tarde viendo otro PlayGame en el ordenador. Ni por un segundo consideré la posibilidad de salir a dar un paseo para aprovechar la última hora y media de luz. El día estaba marchándose a otra parte de la misma manera en que lo había hecho al llegar hasta aquí: nublado, frío y ventoso. Hace no tanto esto no habría supuesto ningún problema; y un poco más atrás en el tiempo tampoco la caída de la noche misma. Ahora es otra cosa.

Encendí la calefacción y me puse el pijama y la bata. En el espejo encontré algunas señales de dermatitis en la cabeza y resultó raro porque había tenido que verlas para sentirlas. Había pasado una mañana bastante buena después de casi un mes con diversas molestias, la mayor parte de ellas provocadas por el dolor de cuello que me causé el día de Año Nuevo al dormir con el gorro de ducha puesto la penúltima vez que tuve que utilizar la pomada. La siguiente ocasión que tuve necesidad de ella me la apliqué por la tarde y me duché antes de ir a dormir. También llevo unas noches sin hacerme la coleta. Y por supuesto están los ibuprofenos, claro. Llegué a pensar en acudir a una masajista pero al final no ha hecho falta.

Tenía hambre y merendé bastante bien. La idea de leer algo pasó por mi cabeza al igual que la de escribir, pero las dejé marchar sin pensarlo mucho más. Bajé las persianas, corrí las cortinas, encendí la luz, eché mano de la manta del sofá y aprovisionado de tabaco y agua me senté en el sillón para seguir viendo el juego empezado el día anterior. Muy pronto, una vez resuelto el asunto del estómago, volví a sentir la incomodidad en la cabeza. Quizá sería conveniente hacer lo mismo de la última vez. No lo pensé más y me levanté para aplicarme el ungüento. Después de todo cuando me fuese a dormir habrían pasado más o menos las mismas horas que al despertar. Y otra noche de gorro que me ahorraba.

El juego no pintaba mal. Era la aventura de un tío con problemas psicológicos que acompañado de un perro policía se adentraba en las profundidades del bosque para ayudar a la poli en la búsqueda de un niño desaparecido. Pero la oscuridad era tanta y las alucinaciones del personaje tan desconcertantes que resultaba difícil de ver. Mi cerebro iba desconectándose de lo que estaba viendo para pasarme imágenes de la mañana en el bar, sobretodo la de aquel tío que vino al mediodía.

Tenía mal aspecto. Era grande y gordo, con la cara abotargada y una melena sucia, vestido de cualquier manera. Apoyado en la barra, consultando el teléfono, pidió un tercio casi en voz baja y rechazó la tapa que le ofrecí. Se le notaba cansado, aunque no borracho. Mi hermano pequeño me dijo antes de irse que se le veía medio culo. Salí a recoger algo y vi que era verdad: media raja de su gordo culo sobresalía de los pantalones. ¿Como era posible algo así, con el frío que hacía en la calle? ¿qué clase de persona sale por ahí sin reparar en eso? El colega estaba gordo y sin duda su capa de grasa le protegía pero...¿tanto? Recordé a las viejas que a veces encuentro a primera hora de la mañana limpiando la fachada de sus casas en zapatillas y apenas con la bata medio puesta sobre la falda. ¿Qué clase de calefacción interna tienen esas mujeres? ¿No van los pobres barrenderos protegidos hasta las cejas que da lástima verlos? ¡Y ellas ahí, casi a pelo y tan campantes! ¿Acaso no tienen otra hora para hacer algo tan absurdo como barrer su parte de la acera y pasar trapos y bayetas sobre los helados hierros de las ventanas? ¿Pero hay algo más inexplicable que eso? ¿Qué clase de persona puede dedicarle tiempo a eso?

El tipo del taburete con el culo aire recibió una llamada que terminó por coger tras dudarlo un poco. Con voz tímida, casi trémula, respondía a las preguntas de alguien que estaba claro no era ningún amigo. Era sorprendente ver a un bruto como ese utilizando ese tono de voz de niño asustado. ¿Quizá era un médico el que le hablaba? ¿la poli? ¿uno del banco, o el del paro, o la de Cáritas? No, yo creo que era un médico. Colgó, se quedó mirando al teléfono, pagó, se despidió y marchó tan cansado como vino, aunque se subió los pantalones. Ese hombre, ese mostrenco, era la viva imagen de la desesperanza.

Llegó mi tío poco después para comentarme ciertos aspectos que por supuesto no entendí acerca de unos documentos necesarios para no sé qué tema de casas y herencias familiares. El día anterior había acabado otro ciclo de radio y ya puede disponer de las mañanas para tales asuntos. Dijo algo del testamento que mi padre no hizo pero que él había dejado en orden hace algunos días, de la conveniencia de hacerlo en vida, de los problemas futuros que ahorraba y todo eso. También dijo algo que una vez, ya cercano el final, escuché de boca mi padre: "Yo estoy acabado; puede que dentro de seis meses, ocho...Pero es mejor así" Tenía los ojos humedecidos. No respondí nada. Me jode tanto verlo con ese miedo que nunca sé qué decirle. Morir tan gastado, tan debilitado, debe ser una larga tortura. Uno acaba siendo lo que nunca fue ni quiso ser. Y a esa humillante rendición algunos la llaman Gracia. ¿Qué tipo de victoria, qué clase de gloria sobrevenida hay en recibir la razón cuando el otro está impotente y sentenciado?

El héroe del juego continuaba su camino junto al fiel perro. Las alucinaciones cada vez era más fuertes y empezamos a conocer cosas de su pasado: malas acciones, peores decisiones. "Sé un hombre por una vez en tu vida. Deja de pensar en ti mismo" le decía una mujer sin rostro antes de abandonarlo. Entonces el perro lo despertaba del desmayo con sus lengüetazos y el héroe lo abrazaba y acariciaba antes de levantarse para seguir adelante. Dejé de verlo justo después de su salida del laberinto al que un psicópata lo había conducido. En él, reventado por el cansancio y con el perro malherido en sus brazos, a cada revuelta iba formándose la frase que aquel iba escribiendo cada vez con mayor claridad: "Abandona al perro"


- ¡No, no lo abandonaré, hijo de puta! -gritaba él con todas sus fuerzas.


Hasta que cayó desmayado y al despertar fuera del laberinto no encontró a su amigo.
 

Clavisto

Madmaxista
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¿Como fueron las tardes como esta de hace sesenta años, cuando todo lo más había una radio en el populoso hogar y la televisión era cosa de ricos y americanos? Semanas, meses enteros de enormes cielos encapotados, la lluvia y las heladas en las oscuras calles y el frío en las casas, los braseros de picón, la mortecina luz de la lámpara del techo, una baraja quizá, todos juntos pierna con pierna bajo las sayas, el runrún del parte, la animosa voz del locutor, el tazón de leche previamente hervida y unos trozos de pan, tal vez alguna galleta, los silencios y las campanas a muerto de la iglesia, el toque de las horas en el reloj de la plaza, compartir cama con hermanos y primos, allí vivían todos juntos, todos revueltos, el calor de los cuerpos, los gases y las risas, ¡qué frío!, ¡déjame poner mis pies sobre los tuyos!, como animalillos, el padrenuestro previo al sueño, ¡a dormir!, la oscuridad, las risas ahogadas, reprimidas, el sofoco y al fin el sueño.

Aquellas grandes familias llenas de adolescentes y niños pequeños estaban tan unidas por la pobreza. Luego cada cual se buscó la vida, los más atrevidos en la capital, el país fue progresando y la vida cambió. La familia empezó a dejar de ser imprescindible, hubo quienes ya en Madrid optaron por quedarse solteros, sobretodo las mujeres, y hasta hoy, que cada día son más los que prefieren vivir solos.

Conocí algo de todo aquello. No recuerdo la casa sin televisión. Sí compartí cama con alguno de mis hermanos, también rezábamos en voz alta el padrenuestro antes de que nos mandaran apagar la luz, pero eso era más una superstición que otra cosa: nuestros padres ya no eran tan religiosos como los suyos, ni mucho menos. Si algo tengo claro de todo aquel tiempo que no vi es que la gente joven estaba mucho más harta de la iglesia que de Franco. Y después de todo se le rezaba al buen Dios, no a los curas, esos metomentodos de las narices.

En la casa del abuelo todavía se usaba el brasero de picón. Pasó tiempo hasta que accediera al cambio por uno eléctrico. Quizá algún susto, no lo sé. Su televisor era en blanco y negro, no como el de casa. Luego compró otro a color donde veíamos los partidos de fútbol. Supongo que con lo economizador que era lo compró por nosotros, para que no dejásemos de ir a ver el fútbol con él. Se ponía verde al vernos coger con despreocupación el mando a distancia, algo totémico para él. Que cortáramos el pan con las manos era algo que le sacaba de quicio. "¡Dádmelo a mi y yo os lo corto!" decía. Y sacaba su navaja y cortaba el pan. Ver restos de comida en el plato era algo imperdonable. Y dejar la grasa aparte poco menos que un pecado. "¡Pero si eso es lo mejor!" A nosotros ya nos habían enseñado de otra manera. A veces yo protestaba por el sonido de las campanas a muerto de la cercana iglesia, algo que siempre me ha deprimido. "Ten un respeto" respondía.

La gente de Madrid seguía viniendo para las fiestas pero con los años esto también se fue perdiendo. Apenas conocimos a los primos nacidos allí. Hoy no podría reconocerlos. Ni siquiera recuerdo sus nombres excepto el de una, por lo extraño.

Los abuelos murieron, también mi buen padre. Él fue quien durante su enfermedad me contaba con una sonrisa la vida antigua, a veces hasta las lágrimas de las carcajadas compartidas. Todo, hasta lo de aquel cura del colegio que en confesión le preguntó si ya se tocaba obteniendo como respuesta una huida a todo correr de la iglesia a la que ya no volvió. "¿Pero quien le pregunta eso a un niño?" decía. Y no le hizo falta ningún cura para seguir creyendo en Dios durante toda su vida. Un padre necesita a un Dios, a un buen Dios por la salud de sus hijos, no a un cura que nada sabe de la vida viva.

Y aquí estoy yo, solo y calentito, en mi piso de tres habitaciones y dos cuartos de baño, salón con amplias vistas a la calle, cocina, trastero y cochera, un televisor desconectado de la red desde hace diez años y alguna radio sin pilas por algún sitio. Pero con conexión a Internet. ¿Qué diría el abuelo de Internet? ¡Ay, Dios...!

El pueblo sigue creciendo, barrios nuevos en los que uno se siente como un intruso. Ahora es una pequeña ciudad con todo lo necesario para una vida cómoda, segura y a una hora de Madrid. Cada año hay más gente que no nació aquí. Hace mucho que las iglesias están más para los funerales que para los bautizos, y no digamos de las bodas. Cada año hay más quejas ciudadanas por los cohetes que al amanecer se disparan durante las dos semanas dedicadas a las ancestrales festividades de San Antón y San Sebastián.

Pero a esas horas yo ya estoy despierto y en el bar. Y tampoco creo que a mi gata le importe mucho, aunque ahora que lo pienso puede que sí. Bueno, uno no puede tener todo lo que quiere, como decían los Stones. También quienes tienen todo lo que se puede comprar lo pasan mal a veces. Algunos hasta se quitan de en medio. Otros se dedican a joder al personal por alguna razón que no entiendo.


Aunque si pidieran mi firma para algo sólo la estamparía en una petición para prohibir el toque de las campanas a muerto.


Al menos para las tardes como esta, encapotadas, lluviosas y heladas por el ululante viento que se mete hasta los huesos.


O no. ¿Qué más da?
 
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