Juegos VII Liga Burbuja de ajedrez

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Acabo de poner una lavadora. No he bebido en todo el día. Tal vez sea por el chico de esta mañana.

Entró al bar con la mascarilla puesta y sin quitársela pidió un White Label con naranja. Todavía no era la una del mediodía, no lo conocía y estuve a punto de decirle que no, que no servía copas hasta la tarde, pero vi su mirada y se la puse.

Había poca gente, apenas un par de clientes en la barra y otro en el salón; el chico estaba ahí varado, junto a la puerta. Bebía rápido y mirando de reojo, como uno que está descolocado. Pasó al water después de echar un vistazo al bar. Pronto pidió el segundo, como en un susurro. Estaba claro que no era el primer bar del día para él. El vaso vacío y la fanta a medias.

Iba limpio, era alto, rubio, la barba cuidada y de mirada clara aunque ya acuosa. Pidió un tercero con el zumo todavía entero. "Sólo el whisky" Preguntó cuanto debía, se lo dije, sacó la cartilla del banco y de ella extrajo uno de los billetes. Se fue poco después. No habían pasado ni quince minutos desde su llegada.

Poco antes de irme, a eso de las tres y media, oí a dos clientes hablar de una amiga mía. Hace unos días, puede que diez, por circunstancias que no vienen al caso, sufrió una crisis de ansiedad en un bar y se lió parda. Tuvo que ir hasta la policía. Es una mujer admirable en muchos aspectos, pero está medicada y el alcohol en exceso no le sienta bien. Entendí porqué sólo la he visto una mañana desde entonces. Ella me contó algo de lo que le pasaba en el breve rato que estuvo conmigo. La vi regular, con miedo. Anoche me envió una canción de amor por wasap. No respondí.


También yo las he liado pardas, incluso en días como hoy o el de hace una semana. Muchas veces. Habré sido comidilla popular como para alimentar a una bandera legionaria durante un año. Pero yo no las oía, aunque luego sí veía las miradas y algún que otro difuso fotograma en mi cabeza que no intentaba retener.

Esta tarde he llegado a casa pensando sólo ligeramente en escribir algo, pero enseguida me he puesto a hacer ejercicio; luego una ducha, un afeitado y ya casi eran las seis. Todavía faltaban dos horas para regresar al bar, limpiar, recolocar, cerrar e ir a cenar con la familia.

Puse una lavadora y recogí la ropa tendida. Un cuarto de hora menos. ¿Escribo algo?

Miré en el armarito y vi lo que esperaba: no había whisky. Lo terminé el 26.


Son las siete y media y acabo de oír el final del programa de la lavadora. Voy a tenderla y ya casi será la hora.


Me abriré una cerveza en cuanto llegue al bar. Los últimos clientes que queden estarán borrachos y sentimentales. Tres cervezas como mucho, no más. Ni una copa.


Y a cenar con la familia.
 

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Aún hoy recuerdo el nombre del juego. El año no lo tengo tan vivo en la memoria pero no sería más allá de 1985. La yaya había ido de excursión a Andorra con su comunidad religiosa (creo que "Comunión y Liberación") y nos trajo un Spectrum. Por entonces las viudas todavía jóvenes se metían a esas cosas. Y es que a ella nunca le gustó que la llamásemos abuela; era la yaya. La otra, la paterna, la que nos aguantaba con gusto todas las tardes no tenía ningún problema con la palabra. También es verdad que era algo mayor y conservaba al marido, iba a misa todos los días y rezaba el rosario pero no estaba metida en ningún grupo de beatas con sed de Dios. Esta era una mujer de muy buen humor y aquella era arisca. Para la yaya nosotros éramos un fastidio y de hecho sólo íbamos por su casa muy de vez en cuando. Creo que no echó mucho de menos al abuelo, tan diferente a ella. Pienso que hoy en día habría cambiado la repentina pasión religiosa por otras cosas. Apenas contaba cincuenta años y a decir de los hombres todavía tenía un meneo, aunque claro está que esto lo supe después. Pero a comienzos de los ochenta en un pueblo de La Mancha no había más para estas mujeres que la Iglesia.

Aquello fue un acontecimiento para nosotros. Supongo que para ella sería una especie de lavatorio de conciencia. De todas formas no nos duró mucho. Tuve que cargármelo yo porque de haber sido mi hermano le hubiese abierto la cabeza y no recuerdo tal cosa. El ordenador tenía una ranura donde se cargaban los juegos y había que andarse con ojo, pues tal era la advertencia de manipulación. Muchas veces se quedaba colgado y entonces había que reiniciarlo o algo así y volver a colocar el cartucho. Hasta que una tarde, supongo, desesperado por la lentitud de todo corrí el riesgo, me salté las reglas y perdí y me lo cargué. Mis gritos, maldiciones y lamentaciones tuvieron que ser de banda noruega de death metal.

Anoche acabé de ver la serie de vídeos con el gameplay de "Call of Cthulhu" El tío que la jugaba y comentaba tenía mi edad. Me recordó a un amigo de juventud. Todo me recuerda a algo.

Había sido un mal día de Año Nuevo. No me quité el malestar del cuerpo en todo el día, y eso que caminé cuatro horas por ahí bajo un sol magnífico. Por ello no presté demasiada atención a la última parte del juego, tan magnífico de ver. Un detective (como aquel que siendo niño maté para siempre) iba de acá para allá haciendo preguntas y buscando objetos misteriosos; también había algo de acción, alguna chica sexy y otra inquietante, como en "La novena puerta" de Polanski. Los gráficos que a mi parecer eran maravillosos no pasaban del aprobado justito para el experto comentador. Había monstruos horripilantes que te mataban una y otra vez hasta que tú encontrabas la vía correcta para matarlos una y cambiar de escenario. Era divertido de ver como se desesperaba el jugador. Uno hubo (ahora que lo pienso sólo había uno que salía un par de veces) que lo trajo por el camino de la amargura durante tres cuartos de hora. El pobre hombre ya no sabía qué hacer. Consultaba por el chat a quienes le siguieron en directo hace tres años, cuatro gatos mal contaos. Y gracias a uno de ellos pudo acabar con ese "cabrón" Había dos finales y escogió el "malo" no sin expresarnos su desinterés por el otro: "había venido a jugar y ya" dijo rememorando la frase del Un, Dos, Tres. Era un cachondo. Al acabar hizo un breve comentario alabando el juego que tantas veces le había vencido. Cerré la página, abrí una porno, me masturbé, apagué todo, me lavé los dientes y tras aplicar un poco de pomada en la cabeza contra la dermititis me puse el gorro de ducha y entré en la cama donde no tardé en dormir acompañado del audiolibro "El que susurra en la oscuridad"

Dormí del tirón y sólo tras salir de la ducha noté que algo no iba bien en el cuello. Una mala posición. El puto gorro. El descanso no había servido de nada y tuve que tomar un ibuprofeno que apenas sentí. A eso de las doce, cuatro horas más tarde, saltándome las recomendaciones, tomé otro que al rato me alivió un tanto. Esperaré a las ocho para el tercero.


Hubo un instante curioso hoy en el bar. Eran las tres de la tarde y la clientela de lo más variopinta: un par de sudamericanos en la barra, aparte de los dos amigos a quienes estaba oyendo contarse sus viejas películas y en el salón un par de maestras en compañía de un gay; un padre pijo tomando café con su hijo pijo; un niñato demasiado grande ya para seguir siéndolo, esta vez sin la compañía de su estúpida novia y el pobre de iglesia que desde hace meses viene a nuestro bar.

Mis amigos se fueron sin haberme dejado hablar; en cuanto trataba de decir algo, aunque fuese una apostilla de cortesía, seguían a su ritmo, como si no oyeran. Pronto dejé de intentarlo. Entonces oí el rumor de la conversación de los panchitos, mucho "usted" hablando de charlas mantenidas con otros, "porque usted, le dije..." Unas voces melodiosas, muy alejadas de la sequedad usada por aquí que más parecen rocas que palabras lo que sale de nuestras bocas. El pobre de iglesia se acercó a la barra por otro chupito de JB. Poco antes había saldado la pequeña deuda que suele tener con nosotros, nunca más de diez o quince euros. "Cobro tal día -dice- y vengo y te pago" Y así lo hace. Cumple su palabra y le damos carrete. No molesta a nadie, va a su aire. Llega, coge el bote desinfectante que hay junto a la puerta y con cierta notoriedad se embadurna manos y antebrazos con él.

- ¿Chupito?" le pregunto
- Ja -responde y le sirvo el primero que se bebe de un trago- Y una caña

Le añado una pulga de chorizo o de atún, coge el As y va a sentarse en la mesa rinconera para leerlo. Luego una pasada por el water (que siempre deja impoluto), otro chupito de trago, recoge su mesa, deja el periódico en el revistero y adiós. Agarra la bicicletilla y se va.

Hemos hablado un par de veces; más bien le he escuchado, pues este también va a su ritmo. No puedo decir su edad; lo mismo tendrá cuarenta años que sesenta; el rostro oscuro, todo lleno de arrugas y apenas tres o cuatro dientes en una boca grande, el pelo ensortijado, negro, fuerte; hay quien le encontraría aspecto de bosquimano pero él me contó que es "eslavo", con esa uve tan característica de aquellas gentes. Por el acento yo pensaba que era brasileño o portugués, quien lo sabe. Estuvo en Herrera de La Mancha, bebe demasiado, tiene una hija y cree en Dios con todo su corazón. Duerme en una cochera de alguien de la Cruz Roja. Pide en las iglesias y ayuda al sacerdote en las tareas que le encomiendan. Se le ve bravo, conserva una cierta dignidad personal. Sabe donde está pero "nadie es más que nadie, ¡sólo Deus!" No es un pordiosero, mantiene un buen aseo personal, algo que es un buen síntoma.


Hay un bar. Tú estás dentro y la gente entra y sale. Algunos interaccionan contigo y otros sólo hacen bulto. Te cuentan cosas y después se van. Unos vuelven y otros no. Tu objetivo es...


¿Escribirlo para llegar a comprenderlo?
 

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Llega un día en la vida que empiezas a pasarla como si condujeras con el sol de frente; un sol cada vez más pausado, más terco, más irritante. El placer de conducir se transforma poco a poco en la tortura de conducir. Lo que antes eran autopistas al mediodía pasar a ser carreteras con doble sentido y calles de colegios y asilos de ancianos. Hasta que, ya casi ciego y con los nervios deshechos, metes el coche en la cochera, lo aparcas de oído, subes al piso y tiras la llave por el retrete.

Llega el frío y trae a los Reyes Magos. La gente parecía hasta molesta por el buen tiempo de estas últimas semanas. Debería haber hecho más frío y no lo hizo. Ahora llegará y se quejarán. Claro que la gente con la que trato ya lleva años con el sol de frente, como yo, pero al menos todavía nos quedan las gafas y el quitasol; otros hay, sin embargo, que ya viejos, muy enfermos y sin protección alguna lo único que le piden a los Reyes Magos es que les permitan ver el sol hasta el año que viene para seguir sintiendo a hijas y nietos. Y es que si el sol es tan molesto cuando nos mira como un gilipollas, el frío y la última noche dan miedo hasta a los que no están solos.

Llega el viento de invierno aullando entre los quicios de puertas y ventanas; un viento ya sin hojas muertas que arrastrar; un viento que necesita algo más; un viento helado que esta vez no viene como un barrendero cualquiera a las órdenes de nadie.

Llegan Melchor, Gaspar y Baltasar llenos de regalos para todos los niños que se han portado bien. Pero antes, mañana al atardecer, pasearán en carroza al son de sus fanfarrias por las calles, saludándolos mientras sus pajes les lanzan caramelos. Y los niños les mirarán con la boca abierta, extasiados de felicidad al comprobar que son de verdad.


Vi un águila en el mediodía del Año Nuevo. Planeaba en amplios círculos bajo el templado cielo azul. Fue justo cuando caminaba junto a los blancos muros del cementerio. Me paré para observarla con la música que iba escuchando en ese momento bajo el sol que no me hirió. La miré hasta que se perdió de vista. Los Magos. Los Reyes Magos.


No creo que tenga quince minutos mejores en lo que queda de año.


Suficiente.



 
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- ¡Aivá! -dijo el cliente- ¿Habéis quitado la foto de vuestro padre?
- Joder -respondí-, pero hace tiempo
- No me había fijado -continúo- Claro que como no vengo por aquí desde antes de Navidad...
- ¡Pero qué dices! Más, mucho más -repliqué sorprendido- Hará años ya. Lo menos...¿tres?
- Hostia, pues no me había dado cuenta, tío

Él estaba sentado en "su" sitio. Es curioso, o quizá no tanto, pero todos los habituales del bar, todos, tienen "su" sitio. Puede que alguna vez lo encuentren ocupado por algún extraño y entonces no les queda más remedio que cambiar de lugar. Y os juro que se ven como fuera de lugar. Lo noto. Me doy cuenta.

Este de quien escribo, por ejemplo, siempre se pone en una mesa alta junto a la columna maestra, uno de los pilares el edificio; y además lo hace sentado en la misma posición, dándole la espalda al salón pero sin quedar frente a la barra. Su campo directo de visión, pues, es el muro de ladrillos que separa los aseos. Allí estuvo la foto de nuestro padre, una composición ampliada que realizó uno de mis hermanos. Era de joven en el viejo bar. Una vez que murió, algún tiempo después, en uno de las ocasiones que pintamos el bar, creo que la última, mi hermano (el que la hizo) se lo llevó para restaurarlo y al final así ha quedado la cosa.

Me extrañó tanto el comentario del cliente que aún siendo tan torpe como lo soy para casi todo caí en la cuenta del porqué.

Era evidente que no estaba de guasa, no es de esos; es un chico lo menos diez años más joven que yo y siempre me trata con mucho respeto, quizá demasiado. Ha vivido lo suyo, trabajó de manera familiar en esto, ahora anda en las vías, y, lo diré, lleva desde chaval con una chica que sin lugar a dudas tiene uno de los mejores pares de tetas que haya visto en mi vida o, por mejor decir, vislumbrado. Y además muy simpática ella. La verdad es que uno le ve a él y comprende que guste a las mujeres. Tiene ese punto macarrilla, espabilao, que tanto las encandila, como de joven delincuente de buen corazón en película americana. Y ya cerca de los cuarenta sigue conservando un rostro juvenil. Hay gente así. Uno de mis hermanos, el pequeño, es así. Parece como si no envejecieran. De hecho tal vez sea por esto lo del exagerado respeto hacia mi: yo soy el mayor de mis hermanos y él tiene amistad con los tres pequeños que, de seguro, le habrán hablado de mi.

- Ya sé lo que ha pasado -le dije, para mi sorpresa, casi al instante- Has visto el adorno de Navidad y eso te ha recordado la fotografía de mi padre. Estabas acostumbrado a ver el muro limpio y al verlo hoy distinto te ha venido a la cabeza.
- ¡Joder, es verdad! ¡Tiene que haber sido eso!
- El cerebro es la leche
- Madre mía


- Sí...Siempre está procesando, relacionando, combinando aunque no nos demos cuenta. Muchas veces pasa que algo te viene a la cabeza sin que tú mismo sepas la razón. Un pensamiento como salido de la nada que de golpe se apodera de ti. "¿Y por qué estoy pensando en esto?" te dices. Pero si tiras un poco hacia atrás, hacia antes de su llegada, a veces puedes seguir la mecha hasta cuando fue prendida. Claro que tienes que concentrarte, recordar que habías estado haciendo, en qué estabas pensando. Pero si lo logras entonces ves al del mechero. Y el pensamiento se diluye ante la maravilla de las conexiones que lo llevaron a formarse. ¡Y pasas a estar preso de otra cosa! Pero al menos eres consciente de ello. Puede que tú, cuando quitamos la foto de nuestro padre, no vinieras por aquí, cosa que dudo pues nos conocemos desde hace muchos años y no recuerdo haberte perdido de vista durante largo tiempo. Lo más probable es que te dieses cuenta y lo comentaras como tantos otros. Quizá no a mi, al menos no lo recuerdo, pero casi seguro a alguno de mis hermanos. Con los años te has acostumbrado a no ver nada donde había algo que siempre veías. Y de alguna manera llegaste a olvidar si alguna vez hubo algo allí. Sólo cuando otra cosa ocupó ese lugar caíste en la cuenta de que allí, antes, había otra cosa. Y el tiempo se comprimió de tal forma que te pareció cosa de semanas, desde que no vienes por aquí. Como en los sueños y sus cambios de escenarios, tan lógicos cuando estás dentro de ellos. Cuando uno sueña no se pregunta por qué está ahora aquí si hace un instante estaba allí. Está dentro y hay que hacer algo, Dios sabrá qué, pero algo. No hay tiempo para tirar del ovillo hacia atrás cuando uno sueña. Todo se desarrolla a otra velocidad. Es como si la memoria no existiera y el cerebro campara a sus anchas. Puedes ser cualquier cosa y estar en cualquier situación que reaccionarás, ¡ya lo creo que reaccionarás! Sin duda eres tú quien estás ahí; con tus filias y fobias, tus deseos y miedos, tus proyecciones y tus reprensiones pero puestas a la entera disposición del cerebro, que juega a placer contigo, indefenso. La vida es una cárcel, pero tampoco soñando somos libres. Pero...¿es bueno ser libre? Hoy está más claro que nunca que la gente no quiere ser libre y que odia a quien quiere serlo. "Tu libertad acaba donde empieza la de los otros" ¿Pero y si las cadenas que ellos llaman su libertad te provocan eccemas en las muñecas, el corazón y el espíritu? ¿Acaso no hay hoy en día todo un infinito listado de obligado cumplimiento ante las reacciones alérgicas? Mira; hoy, sin ir más atrás, ha venido al bar un viejo amigo. Hacía tiempo que no le veía. ¿Cuanto? No lo sé. Tampoco fuimos amigos nunca y sin embargo ahora lo trato como tal. Bastará con decir que nos conocemos desde pequeños. El tiempo y su decadencia hacen el resto. Hay que tener mucho cuidado con el tiempo y su decadencia, amigo...Hay que conservar la memoria. Bueno, pues vino hoy al bar con su mujer y otra pareja. Pidió una cerveza sin gluten y se la puse. Yo recordaba esto, que es celíaco y de los severos, aunque esto tuvo que sobrevenirle ya pasada la juventud pues lo recuerdo tan borracho como todos en aquellos años. Era algo que tenía latente y al final explotó. La mecha; a ver quien recuerda lo que la encendió. Ahora es una cosa indecible hasta el extremo. Bien, que me voy por las ramas...Perdona, estoy escribiendo y acabo de abrir la última cerveza, la cuarta. Tengo un poco de whisky ahí, en el armarito...Hoy hice un guiso. Un guiso contundente, un guiso de patatas con chorizo. Ya va haciendo frío...Bueno, ya sabes que desde hace tiempo, desde que empezó todo esto, sólo hacemos pulgas para aperitivo. Nos quitamos de todo lo demás. Muchos protestaron y protestan pero después de todo no fueron tantos los que dejaron de venir. La verdad es que tenemos una buena clientela; pequeña, pero buena. Dejaron de venir los previsibles. Si lo hubiera pensado casi que habría acertado al cien por cien. Pero en fin...Pues eso, el guiso. "¿Pero qué lleva, Kufisto" me preguntó, "esto, y esto, y esto..." No parecía muy convencido. Al final añadí otro y esto que sabía iba a echarle atrás: una pastilla de caldo que no llevaba. Pero no quería jugármela. Tal vez el chorizo llevara gluten de ese, o la patata, o la cebolla, o el perejil o...yo qué sé. Siempre fue muy cagón, la verdad. Tengo cerveza sin gluten, ¿no? Pues ya está. Esto es un bar, joder, no un quirófano...Joder, me cago en la puta, ¿entiendes lo que te digo? ¡Yo no iría a una iglesia o a un plató de televisión! ¡A qué voy a ir yo a una iglesia o un plató de televisión! Y si por circunstancias, por obligaciones, por cojones, por mi madre o la mujer que no tengo tuviera que hacerlo me bastaría con el pensamiento de que pronto pasaría. ¡Y sin cerveza sin gluten! ¡Si hasta las tablas donde se parten los alimentos deben estar poco menos que limpiadas con ácido sulfúrico! ¿Pero tú has visto lo que hace Mercadona y todas las grandes superficies? Miras un pastel, un puto pastel, y en la vitrina que lo cubre tienes una pegatina bien visible de que puede contener trazas de crustáceos y otros mierdas. ¡En un pastel! ¡Cangrejos! ¡En Mercadona, en Carrefour, en empresas inmensas que se cubren las espaldas ante cualquier historia! ¡Una jodida nécora en un puto donuts! ¿Qué esperas, dime, qué esperas en un bar familiar si lo tuyo es tan grave como parece? No me entiendas mal, de verdad, no creas que soy un insensible, un Harry Callagham de la vida, un superhombre, no, no lo soy, pero...¡Joder, no me queda más!


Me voy al chino.
 

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- ¿Qué es abrupto, Kufisto? -preguntó Gonzalo.

Se lo expliqué añadiendo un ejemplo.

- ¡Ostras! -exclamó- ¡Ahora entiendo lo que me dijo la psiquiatra!

Eran las ocho de la mañana y acababa de llegar al bar. Todavía estaban apagadas casi todas las luces y si no había cerrado la puerta para colocar con tranquilidad lo necesario para los desayunos era porque esperaba la venida del churrero, el panadero y el de la prensa. De hecho estaba en la cocina repartiendo el contenido de mi bolsa de trabajo, fumando unas caladas con el extractor puesto, algo que en un primer momento me impidió oír con claridad el saludo matinal de quien había entrado. Salí y casi con el "está cerrado" en los labios vi que era Gonzalo y le puse un café descafeinado que como siempre pasó por café normal.

No lo es verlo tan temprano, aunque sea un gran madrugador, pero tampoco resulta inaudito. Hace algún tiempo, quizá un mes, vino muy alterado porque el churrero le había llamado loco. "¡Soy un enfermo mental! -me dijo- ¡No un loco! ¡No voy a volver más allí!" Hablé un poco con él pero estaba muy dolido y no escuchaba, sólo hablaba, hablaba y hablaba hasta que diez minutos después se fue poco menos que igual que como llegó. No sé si habrá encontrado otra churrería o ha dejado de desayunar, cada día está más demacrado, pero aquí no lo hace a diario.

Una de las últimas veces que vino a esas horas, ya con el bar abierto de par en par, me vio pelando uno de los dos huevos duros que tomo todas las mañanas. Aquel día estaba tranquilo y sonrió ante lo que estaba viendo. Tiene una sonrisa muy franca, infantil.

- Qué rico, un huevo...-dijo
- ¿Quieres uno?
- Pues sí...Hace mucho que no como uno.

Se lo di y me pidió sal.

- ¿Lo comes sin sal? -preguntó
- Sí -dije yo. Y se río al vérmelo comer de un sólo bocado.

Entonces me explicó como se los comía, echando un poquito de sal a cada bocado. Me habló de su abuelo, que lo enseñó.

- Creo que lo comeré después, Kufisto -dijo guardándolo en su bolsito junto al sobre de sal- Cuando esté en el campo.

Le encanta el campo. Una vez me fui con él. Estuvimos en un paraje lleno de piedras, arbustos, viejas construcciones abandonadas y montículos de rocas a las que le encontraba un significado oculto, iniciático, pues esta es otra de sus grandes pasiones. Resultaba sorprendente verlo desplazarse con indecible agilidad por aquel terreno inhóspito. Él, tan parsimonioso, tan reconcentrado, tan absorto como es entre la gente que por eso mismo lo evita como a un loco, se transfiguraba en el espacio abierto, bajo el frío cielo azul, entre piedras, rocas superpuestas y animalillos muertos que por un instante lo apenaban profundamente. Recogía objetos que yo no había visto y a los que no les veía ningún uso; en una bolsa echaba la basura que iba encontrando; algunas piedrecillas se las guardaba en los bolsillos; un cierto musgo naciente le provocó una enorme alegría por su significado, que no llegué a entender; una liebre que escapó como una exhalación ante la proximidad de nuestros pasos le hizo reír a carcajadas, "¿has visto sus orejas? ¿el corte que tenía en la izquierda? Eso es buen augurio" Sí, ese era su reino. No su casa, la de sus cansados padres; no las churrerías donde a uno lo llaman loco; no la consulta de la doctora que todo lo soluciona con pastillas y amenazas de ingresos; ni siquiera el bar de su amigo Kufisto, no...


- ¿Qué es abrupto, Kufisto?
- Abrupto es un cambio brusco de algo. Como por ejemplo el frío de cojones que hace hoy. Ha sido un cambio abrupto de la temperatura.

Y después de charlar un rato y dejar caer otra vez sus ideas suicidas se largó. Supongo que hacia el reino que todavía le incita a seguir en el juego. Pero no tardó en llamarme. Una llamada que no cogí pues ya andaba liado. Y me envió mensajes de voz que fui oyendo mientras preparaba las pulgas. Le respondí con un par de wasaps mientras iba colocando el chorizo sobre el tomate. Al menos así sabría que no estaba solo.


Abrupto, Gonzalo, es abrir el bar contigo e irme de él ocho horas más tarde con el ruido en mi cabeza de tres idiotas adaptados voceando sus estupìdeces.


Eso sí que es abrupto.
 

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El hombre que daba la charla tenía aspecto de maestro. Lo hacía desde un despacho, no sé si del trabajo o de casa, aunque yo apostaría por la última. Era ingeniero y supongo que de vías y caminos por el contenido del vídeo, la canalización del agua en el mundo antiguo, algo vital en la creación de las ciudades, tal y como se preocupó de repetir en varias ocasiones denotando un cierto orgullo por aquello que había animado su vida. Diferentes fotografías iban sucediéndose en la pantalla partida mientras explicaba lo que veíamos con la ayuda de un puntero. Todo eran ruinas y algunas que otras recreaciones virtuales en las más significativas, mucho más bonitas. Con un tono alejado de toda teatralidad, como de quien no necesita dar cuentas a nadie, recitaba no sin cierto poso de entusiasmo algo tan conocido para él. De hecho las fotografías eran suyas, tomadas durante los viajes efectuados a tales lugares ya fuera por placer o por trabajo. Me gustó y miré por más en una serie de Televisión Española. Pero eso ya era otra cosa.

De entrada el tipo que la presentaba parecía haber sido picado por la tarántula. Le habían quitado las gafas y vestido de manera informal pero con pulcritud. A sus pies, sobre una omnipresente infografía de Europa que por epatante acababa por resultar molesta, aparecían y desaparecían mojones virtuales señalando diferentes puntos de interés de las vías del Imperio Romano. Con una voz que a todas luces había sido doblada con el consiguiente efecto irritante iba y venía de acá para allá cual estúpido presentador del tiempo esperando a Filomena. Era el mismo de antes pero era otro. Antes estaba en casa y ahora en un plato de Radiotelevisión Española, con las cámaras delante y los técnicos tras ellas. Y como por arte mágico había dejado de ser maestro para transformarse en actor. Y parecía encantado de la vida.

Entre saltitos y sonrisitas, como quien quiere gustar a un niño pequeño, viajábamos hacia los lugares físicos que un instante antes él había pisado de forma virtual como en éxtasis. Ya en ellos de verdad, y entre ruina y ruina, veíamos recreaciones animadas de la vida en aquellos tiempos. Unos actores horrorosos (aunque gracias a Dios mudos) hacían breves representaciones de lo que se estaba contando. El efecto era terrorífico y entre la voz impostada, emperadores semejantes a trabajadores de Telepizza e ingenieros romanos que parecían recién salidos del bar tras ver el partido aquello iba tomando un cariz difícil de aguantar. Tanto que estuve a punto de quitarlo pero no lo hice de puro cansancio. Los domingos son agotadores con toda la semana detrás y ya llevamos unos cuantos demasiado seguidos. Si el Día del Señor será un perpetuo domingo que no cuenten conmigo.

Aquel desconocido (pues casi no podía creer que se tratara de la misma persona) había sido poseído por el espíritu de Indiana Jones: no bastaban las explicaciones, teníamos que verle a él, a él, saltando de un lado a otro, arrastrándose en un túnel, encaramado en todo lo alto de un acueducto mientras un helicóptero se encargaba de filmarlo, de pie junto a un pozo de grotescas dimensiones ("cabe un camión" dijo de igual manera que quienes miden en longitudes de campos de fútbol)...Y mediado el segundo capítulo hice un esfuerzo y lo quité.

¿Es necesario todo eso para interesar al público? ¿No es mejor lo otro, hablar con tu voz desde la calma del hogar, alejado de las bambalinas y las salas de maquillaje, con la honestidad propia de quien lo hace a su manera? ¿Ceder hasta el extremo de que aceptes un cambio de cara y de voz? ¿Hace falta tanta gente alrededor para recrear algo que con sólo tu conocimiento, algunas fotos y ciertas nociones básicas de Paint puedes conseguir sin necesidad de nadie más? ¿Tanto pueden las ansias de notoriedad hasta en un viejo profesor?


El misterio y la maravilla se desvanecen cuando otros se juntan para representarlos al detalle. Es entonces llega la sospecha y el regreso a la cueva.
 

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La muchacha pidió algo que llevara chocolate y yo no tengo nada de eso.

- Hay porras -dije mirándola-...tostadas...pulgas...

¡Qué color en los pómulos! Daban ganas de acariciarlos. ¿Y las mejillas ocultas por la mascarilla, como serían? Tenía unas gafas redondas, los ojos claros; el pelo largo, rizado y tirando a pelirrojo. Frente a ella, sentada al otro lado de la mesa, una mujer cuyos rasgos trajeron automáticamente desde mi memoria los de mi abuela paterna algunos antes del primer recuerdo que guardo de ella.

La chica dudó un poco.

- Una tostada...¿de jamón?

No, tampoco tenía jamón. El jamón llegaría un poco más tarde.

- No, no me queda jamón...-Olvidé decirle que sí tenía lacón ahumado- De mantequilla...mermelada...tomate...-Que no me pida atún que tampoco me queda.
- ¿Atún?
- No...

Y tontamente le expliqué que ayer estaba cerrado por inventario el súper donde compro todos los lunes. Era verdad. Una verdad tonta, innecesaria. Me acordé de mi madre y la justificación que nos dio ayer en la comida familiar del día de descanso por no haber preparado un cocido: no había apaño en la carnicería a la que va con su hermana en una de sus poquísimas salidas de casa. No sale de ella. Desde que murió mi padre sólo lo hace a cuentagotas. Y no por el virus sino porque se acostumbró a salir con él desde que apenas era una muchacha y él casi un quinto y ahora ni sabe ni quiere hacerlo sin su compañía. Me enfadé. Sospeché algo cuando aún cargado con la mesa desplegable que cogí bajo la escalera poco menos que se abalanzó para besarme. Me conoce. Yo llegué helado, pensando en el tazón de caldo que iba a beber para entrar en calor. "¿Y el chico?" dije por su nieto, casi lo único que la mantiene fuera de la previsible depresión. "Todavía no ha venido" Y entonces supe que no había cocido sino esos jodidos filetes en salsa y me cabreé. No tanto como otras veces pero no por ello dejé de decírselo. No entraba en calor y me hice una infusión mientras empezaba a preparar las cosas en la cocina. Ella se quedó en el salón. Esta mañana en el bar, al mirar la fecha para escribir los gastos cotidianos, caí en la cuenta de que es su cumpleaños. Ahora la llamaré. Cuando acabe esto.

- Bueno, pues...con tomate. Y aceite. Y un café con leche -dijo la muchacha con un tono de color aún más subido. Casi sentí la mirada de su madre, una mujer con voz de fumadora que pidió café y una copa de anís.

Mi abuela gustaba de comer aquellos rosquillos anisados. Yo no puedo soportar el anís desde los catorce años, cuando me emborraché por primera vez. La abuela bebía vino con todas las comidas, eso sí. Recuerdo aquellas tostadas de vino y azúcar que nos daba para merendar. "Poco vino" decía el abuelo, un hombre enfermo desde la Guerra. El anís es una bebida de gente alcoholizada. Al menos esa es mi experiencia durante todos estos años. Se les nota en el semblante. "Verás como pide anís" Y casi nunca fallo. Es así. O al menos así es como yo lo he visto y comprobado.

El primero que entró hoy al bar pidió anís. Sabía que iba a pedir anís porque hace una semana o dos lo pidió. No sé sí llegué a calarlo entonces, da igual. Es un trabajador que esperaba la llegada de la furgoneta. Entró como si fuese mediodía a pesar de que todavía no eran las ocho. No entiendo como alguien puede arrancar el día de esa manera. Alto, fuerte y animoso, de acento andaluz, mentón pronunciado y pelo negrísimo y rizado a pesar de tener más o menos mi edad. Se bebió la copa de un trago después de hablar a borbotones acerca del tiempo en el proceso que llevó coger la copa, la botella y un vaso de agua. Me agotó en dos minutos que estuvo.

Poco a poco fueron entrando los habituales: la simpatiquísima chica de la clínica de abajo, la abuelilla y su cuidadora, alguno de paso...poco más. Así funciona esto. Sobrevivimos. Recuerdo que una compañera de la chica de la clínica, creo que la mujer del jefe, una tía sota que muy pronto dejó de venir, una vez que estábamos solos mientras ella esperaba la llegada de las demás y viéndome sacar de la cocina las pulgas que iba preparando me preguntó que cuando venía la gente. La verdad es que me quedé un poco a cuadros pero le contesté que un poco más tarde. No sé, quizá esperaba una especie de cafetería de hospital y no. Esta funciona así. Las pulgas son para todo el día y muchas veces sobran. Y de la bandeja de churros muchos acaban en la basura al mediodía. Esto es así. No siempre fue así pero nunca muy diferente. Supervivencia. Tengo casi cincuenta años y menos de mil euros en el banco.

La madre de la muchacha pidió una segunda copa de anís que le acerqué. La chica se había quitado la mascarilla. Vi sus mejillas y los labios. Recogí el plato y los cubiertos, los servicios de café y regresé para limpiar la mesa. La madre, callada, miraba.

Luego se fueron.


Y ahora, la llamada.
 

Clavisto

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La primera mañana que entró al bar lo hizo como quien lleva una tarjeta de identificación colgada al cuello. Se quedó ahí parado, a un paso de la barra, mudo tras la bufanda, mirándome con fijeza. Estuve a punto de saltar pero atendiendo a su respetable edad me conformé con un "¿Sí?" que de todas formas no tuvo que sonar demasiado simpático. Normalmente, cuando uno entra a cualquier sitio y más si es desconocido, da los buenos días y a continuación entra en materia se tenga la edad que se tenga. Pero en fin, sólo era un viejo y quizá estuviera sordo, o tronao o qué sé yo. También he conocido a unos cuantos que operados de traqueotomía pasaban las de Caín para hacerse entender; algunas veces tenía que darles bolígrafo y papel para que escribieran. Un buen amigo mío que era cliente habitual llevaba siempre consigo un lápiz con el que escribía sobre una servilleta cuando me era imposible entenderle. ¡Como se cabreaba! Qué buen tío era.

- Soy el padre de...-el de los periódicos.
- ¡Ah, sí! -respondí un tanto aliviado por no haber metido la pata- Me lo dijo la semana pasada que iba a venir usted a cobrar durante estos meses...

Le pagué la semana y se marchó como había venido. Y así fue durante todo aquel verano.

Hoy, a última hora de la tarde, se ha pasado el hijo. Hacía tiempo desde la última vez, más de un mes. Le he pagado y tras ponerle una cerveza me ha contado que sus padres han estado por el pueblo. Y como yo ya no estoy a la hora que el viejo venía no me había enterado. Cosas de la nueva normalidad y de hacer rompecabezas con los horarios. El bar estaba casi vacío y nos hemos puesto a charlar. Auténtica y genuina charla de bar. Pasar un rato. "Comunicación" como decía la página más leída del Heavy-Rock, la de las cartas de los desesperados lectores. Él tiene un badulaque y por la mañana, bien tempranito, antes de abrir, se dedica a ir en moto dejando la prensa bar tras bar, churrería tras churrería. Mujeriego empedernido, hace años que no mantiene una relación formal, desde que salió escaldado y casi con una mano delante y otra detrás porque la tía con la que estaba y que metió en la tienda para ayudarle no es sólo que le robara sino que estaba pegándosela con uno de sus amigos. Menos mal que no estaban casados. Pudo mandarla a la mierda pero no recuperó ni un duro y sí todas las deudas. El tipo tiene tal cara de cansancio que parece salido de una taberna del viejo Oeste americano. Sólo las mujeres le alivian del peso de la vida. Bueno, y el fútbol; pero de eso no hablamos de igual manera que tampoco lo hacemos de ajedrez.

- Es bueno que hagan algo -decía hablando de su padre-, que se entretengan.No estar todo el día en casa viendo la tele, preguntándose qué coño pintan ya aquí. Así acaban muchos, que de puro aburrimiento se mueren. Toda la vida trabajando, funcionando, tirando de la familia y poco a poco van llegando los recortes: que si el colesterol, que si la bebida, que si el tabaco, que si la polla...¿Y luego para qué? ¿Para quedarte ahí como una maceta en tu puta casa? No es que se suiciden sino que se dejan morir. Y así, haciendo algo útil, no pajaritas de papel, echando una mano a los hijos soportan la vida que les queda. Y ahora en Madrid con mis hermanas pues siempre tendrá algo, los nietos o qué sé yo. ¿Pero y los que estamos solos, Kufisto? ¿Qué será de nosotros? Esos son los que peor lo llevan, los que están solos en la vejez.

Otorgué sin más y poco después se marchó para seguir con el turno de tarde.

Al rato lo hice yo. Llegué a casa, puse una lavadora, recogí la ropa tendida y limpié el arenero de la gata. Estaba quitando mierda de la cocina cuando recordé que no había cumplido la promesa hecha por la mañana a mi madre de ir a felicitarla. Dejé los platos sucios para después y mirando el reloj del coche pensé que quizá tuviera todavía tiempo de aparcar en zona azul sin pasar por caja. Vi que el moro de la esquina había adelantado su hora de apertura y aproveché para comprar tomates y naranjas para el bar. El chaval no tenía puesto trap, o reggetón o cualquier cosa de esas con la que suele jodernos los oídos sino que estaba mirando en el móvil una especie de broma telefónica entre una tía buena y un capullo. En casa de madre la besé y ella se alegró mucho, diciéndome medio en broma si todavía estaba enfadado por el cocido que no puso ayer. Me dio un conejo guisado que tenía congelado y ya me iba con la bolsa de basura cuando me dio el regalo de Reyes. "Eres el último" Y es que ayer me marché un poco a la buena de Dios. La besé otra vez y fui a llevar la compra del moro al bar pensando que había sido ella la que me había regalado algo a mi en el día de su cumpleaños. Al menos había tirado la bolsa de basura.

Una vez en casa me puse a escribir. Ahora tenderé la colada, comeré cualquier cosa, me pondré el pijama, veré algún vídeo en Internet, leeré algo y me iré a dormir oyendo un audiolibro.

A mi me gusta así, qué quieres que te diga. Lo otro no me ha llevado a nada bueno y ya casi ni recuerdo si alguna vez fue de otra manera.


"Sé tú mismo e intenta ser feliz. Pero ante todo sé tú mismo" (leído hace muchos años en un garito, cuando era adolescente y quería ser como todos)


Y joder si me me ha costado.
 

Clavisto

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Decir que era rumana más es una suposición que una certeza. Claro está que nadie pregunta a nadie su nacionalidad cuando uno pasa al bar para comprar tabaco; y menos a las ocho de la mañana. Pero el acento con el que saludó los buenos días estando yo en la cocina resultó característico. La gente del Este habla muy bien el español. Una rumana (esta sí) a la que conocí me contó que era el resultado de ver los culebrones subtitulados. La chica de esta mañana también tenía el pelo rubio y la tez pálida tras la mascarilla. Por un momento me recordó tanto a la idiota del otro día que dudé un instante en atenderla, pero su habla y maneras no dejaban traslucir ningún rencor ni cuenta pendiente. Le cambié un billete de diez tras cobrarle un churro que se le antojó y dando las gracias se fue tras asegurarme que era el único bar abierto a esa hora, algo que aumentó mi sospecha anterior. Es indecible lo que una simple mascarilla puede esconder.

Uno oye Rumanía y lo primero y casi único que le viene a la cabeza es Transylvania y Drácula. Habrá quien recuerde al Steaua de Bucarest, Gica Hagi y la atroz muerte de Ceaucescu, ya lejana en el tiempo; en mi caso hay cierta memoria para algunos ajedrecistas y un caudillo cristiano llamado Codreanu que fue ajusticiado por colaboracionista en la II Guerra Mundial. Pero con todo el recuerdo imaginario más persistente es el de su inmortal vampiro y el de los profundos bosques de aquellas tierras.

En La Mancha no hay vampiros ni bosques. Aquí, algo como las Lagunas de Ruidera es poco menos que el Amazonas. No hay nadie que vaya y regrese sin decir que aquello no parece La Mancha. Y así es. Agua y árboles en cantidad suficiente como para maravillar a cualquiera que viva en la llanura. Uno sube a los molinos, mira alrededor y sólo ve un inmenso espacio perdido a la vista por la lejanía. No hay lugar para el misterio, todo está a la vista. Y sin embargo si uno se queda mirando el horizonte acaba por sentir un cierto dolor de cabeza con la ayuda del viento que siempre sopla allí. Quizá sea el viento y su empuje más que la visión estática de lo infinito. O la mezcla de ambos.

Un bosque para un manchego es sólo una palabra. Se contarán por millones de nosotros quienes vivieron y murieron sin ver uno en la vida. Tampoco es que nuestra tierra sea un desierto, hay parques, jardines y algunas pequeñas y discretas arboledas en los contornos, pero no bosques. Ni vampiros. Hay hombres del saco que se llevan a los niños y muertos corpóreos que regresan de sus tumbas para cobrarse una venganza, pero no fantasmas.

Pienso en un bosque y veo algo verde, cosa que siempre me ha gustado. Luego vienen las altísimas copas de los monstruosos árboles y sus enormes troncos a los que nunca les llega la luz del sol. Tal vez vislumbre un cervatillo pastando en un pequeño claro y también osos terribles y gruñones que sólo puedes ver cuando ya no hay remedio. Pájaros perdidos entre las oscuras ramas cuyos cantos más parecen avisos que melodías armoniosas y, en fin, todo lo que se supone hay en un bosque donde no puedes ver más allá de tus narices. Allí sería posible creer en seres mágicos, benévolos o terribles, pero extraños. Aquí no; aquí, en la llanura, o se cree en Dios o no se cree en nadie más. No hay lugar para la fantasía en La Mancha. Por eso el Quijote nació aquí y por eso tuvo que meterse en la cueva de Montesinos de Ruidera tras el espantoso fracaso de su primera salida: sólo pasando un tiempo en la más absoluta oscuridad pudo convencerse a sí mismo de que podría hacerle frente al eterno abismo de sol en el que había pasado toda la vida hasta hacerle desear con toda su alma estar loco.

Ahora todo ha cambiado y La Mancha también. Poco a poco vienen gente de tierras extrañas con escasas ganas de hablar de sus lugares de origen; y cuando lo hacen no muestran ninguna añoranza, ningún anhelo de volver. Ahora están en La Mancha, en España, la tierra de los toros y los culebrones, la paella y el flamenco, el sol y quizá, sólo quizá, don Quijote.


Y el cielo abierto, azul, inmenso, eterno e inmisericorde abismo de luz al que es mejor dejar a su aire si uno no busca perder la cabeza entre las sombras.


Ya lo irán aprendiendo.
 

Clavisto

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¿Cuantos años le llevaré? No más de siete en cualquier caso. Cuando nos conocimos él era poco menos que un crío con el que a veces cargaba su hermanastro, unos tres años mayor. De padres diferentes (una completa excentricidad por aquel entonces) se llevaban a matar aún de adolescentes, cuando los odios y envidias infantiles entre hermanos ya debían haber quedado atrás para dar paso a la camaradería propia de tan complicada edad. Pero no era así entre ellos. Casi treinta años después el odio no ha desaparecido sino que ha llegado a tal extremo que no pueden verse. Se ha dado el caso de estar uno de ellos en el bar, entrar el otro y dar media vuelta al verlo. Y una vez que fue el grande quien vio al pequeño ya dentro se dirigió hacia él y no le pegó porque estaban mi bar. Le cantó la gallina sin alzar mucho la voz pero en tal estado de alteración que hubiese bastado una réplica cualquiera para que se liara el trompo. Sin embargo el pequeño calló, pagó y se marchó. Pasó mucho tiempo antes que volviera a verlo por el bar.

Lo vi llegar en su coche a través del ventanal. Pasé a la barra y me puse la mascarilla. Entró, nos saludamos y pidió un poleo que le serví con la típica pregunta de qué tal iba todo. Contestó que acababa de pasar el covid y que con la excepción de los dos primeros días (por otra parte nada del otro mundo) había sido cosa de poco. Las dos hijas también habían resultado positivo pero la mujer no, aunque se hace el test a diario antes de ir a trabajar y ya se ha puesto la tercera vacuna. Él va por la segunda. "Eso habrá sido lo que ha hecho que sea leve" No contesté nada y a su pregunta sobre qué tal habían ido las Navidades en el bar respondí con generalidades tendentes a darle razones para su precaución, lo cual también era la pura verdad. Uno aprende a adaptarse al medio cuando está detrás de una barra.

- Dame un chupito de whisky, Kufisto. Uno bueno. Uno de doce años.

Miré en la vitrina y le ofrecí un Glenfidich que aceptó con el añadido de una piedra de hielo. Pidió otra para el poleo que tan largo se le haría y mientras escanciaba el malta recordé una anécdota que le conté sin darme cuenta de que podría haber resultado incómoda.

Precisamente ese fue el primer whisky de alto nivel que conocí. Y también precisamente fue durante unas navidades de los primeros noventa del siglo pasado en las que trabajé como extra en las barras de un cine reconvertido en sala de fiestas para la ocasión. El concejal de cultura y festejos, un tipo bajito y con cara de pocas bromas, follador impenitente, la tenía reservada para él. Era su botella y nadie podía beber de ella. Lo tomaba sólo, con hielo, otra excentricidad en aquellos tiempos. Fue entonces cuando probé la cocaína por primera vez. Y recuerdo que su hermano mayor también estuvo trabajando allí, aunque me resulta difícil situarle como camarero. Vivíamos cerca y mi hermano y yo quedábamos con él para ir andando a trabajar mientras nos fumábamos unos canutos. Sin lugar a dudas tenía que acordarse de aquello, aunque él tuviera que quedarse en casa con mamá y papá. Pero no, lo vi en su mirada. Se ha metido demasiada cocaína desde que creció. Y todavía se mete. Y por no pagársela a su hermano mayor y algunas jugarretas a un gran amigo de este es que quieren verse muertos.

Recordamos los viejos tiempos tan distintos a estos. Habló de los años que lleva sin salir por la noche. Pero yo le conozco y aunque es muy posible que tal cosa sea cierta también lo es que sigue pillando tema, tanto para él como para su mujer, aunque ahora sea a uno de los camellos oficiales del pueblo, un gran amigo mío que el otro día me envió un wasap de información acerca de la tercera vacuna que este fin de semana despacharán sin cita previa a todos los mayores de 40 años, algo que me dejó estupefacto aún sabiendo que él, siempre tan antisocial y tan anti-todo, ya lleva dentro las dos primeras.

Alabó el whisky del que no dejó ni gota y dejando a medias la infusión se fue a trabajar al negocio de su
padre que ya, en la práctica, es el suyo.

Era un buen chico cuando lo fue, siempre sonriente, tan distinto a su hermanastro, aunque siempre ha sido a este a quien he considerado mi amigo. Era el típico chaval inofensivo y un tanto despistado que no sobra pero tampoco resulta indispensable. Y se ve que se cansó de serlo.


Todos nos cansamos de ser para siempre el sueño de otro. Todos no, pero sí unos cuantos. Desde allí llegan las drogas: el alcohol, el tabaco y todo lo demás. Es un sentimiento muy fuerte y complicado de esquivar sin perder la propia personalidad naciente. Puedes conseguirlo, ¡claro que puedes conseguirlo!, aunque a veces el precio a pagar es como una retención de líquidos, pero en el joven espíritu que se ahoga. Y vives una vida que es la eterna proyección de un Batman contra un Joker medio gilipollas. ¡Y puedes quedarte ahí sentado en la cómoda butaca, claro que puedes! El tren necesita de las vías que otros colocaron con el sudor de sus frentes y el dolor de sus vientres. Pero todo tren de largo recorrido necesita hacer algunas paradas. Y a estas alturas de mi vida creo que tampoco ha sido tan malo bajarse entre las estaciones para estirar un rato las piernas, tomar algo en la fonda y pasar el rato con el paisanaje del que tanto te advirtieron. A veces parece tan estimulante que no oyes el aviso de partida, ¡pero qué importa! La vía no lleva sobre ella a un único tren.


Y si empezaste el viaje en segunda clase tampoco es tan malo acabarlo en tercera. La cuestión es no caer tirado en medio del desierto.


La sed sólo es insoportable cuando ya no queda ninguna fuente para tus piernas.
 
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