Zelensky, entre la coca y el vodka: el relato del líder que no duerme
Un presidente que aparece en vídeo con los ojos vidriosos, la voz pastosa y frases que se cortan a mitad. Un cómico convertido en jefe de Estado que, según la conversación que se ha extendido estos días, estaría «puesto hasta las cejas» mientras firma la movilización de sus compatriotas. La escena no es nueva: lleva semanas circulando en foros y redes, y en cada aparición pública se reaviva. Lo que antes era una sospecha se ha convertido en un lugar común:
el hombre que prometió quedarse hasta el final ya no se sostiene ni en sus propias declaraciones.
La discusión no es solo sobre drogas. Es sobre el relato. Sobre cómo se construye la figura del héroe de guerra con retales de selfis, vídeos cortos y una narrativa que ya no cuadra con los hechos sobre el terreno. Y sobre quién paga la factura cuando ese relato se cae: los que están en el frente, no los que posan.
El vídeo que lo cambió todo
El detonante fue un clip. En él, Zelensky aparece hablando con un ritmo extraño, repitiendo ideas, mirando a cámara con una fijeza que muchos interpretaron como ausencia. «Está como los espaguetis, en su salsa», resume uno. «Lleva una tajada de coca encima que flipas», añade otro. Las comparaciones con Putin —que ya lo había llamado cocainómano— se multiplican.
La acusación no está probada, pero el vídeo circula y el relato se agrieta.
La conversación deriva rápidamente hacia el consumo como metáfora de algo más grave: la incapacidad de asumir la realidad. «No creo que duerma mucho, así que tendrá que tomar algo para estar despierto, pero el cuerpo tiene un límite», apunta un participante. La imagen del líder que se automedica para aguantar el tipo encaja con la de un hombre que sabe que está perdiendo y que no puede decirlo en voz alta.
El cómico que no supo leer la guerra
Más allá del consumo, el análisis militar que se despliega en la conversación es demoledor. Se critica la concentración de tropas en el Donbás, la falta de previsión ante un ataque desde Bielorrusia, los cazas aparcados al aire libre. «Se pensaba de verdad que
Rusia, con una frontera tan extensa, iba a atacar solo desde el Donbás», señala un mensaje.
El planteamiento defensivo se califica de «risa» y se atribuye a la inexperiencia de un presidente que llegó desde la televisión.
La pregunta que sobrevuela es si un cómico puede dirigir una guerra. «Para ser presidente hace falta mucho más que huevos, sobre todo comprender la situación y lo que provocan tus decisiones», sostiene otro. La crítica no es solo a Zelensky, sino al sistema que lo encumbró: un hombre sin contactos ni conocimientos, enfrentado a una maquinaria que le viene grande, empujado por intereses que no controla.
El títere y sus titiriteros
La sombra de Estados Unidos y de la Unión Europea planea sobre toda la discusión. Se menciona el golpe de 2014, las muertes en el Donbás, el uso de Ucrania como herramienta para debilitar a Rusia. «Es solo un monigote utilizado por EE.UU.», afirma un mensaje.
La teoría del actor puesto ahí por otros para hacer un papel que no entiende recorre buena parte de la conversación.
Se apunta incluso a un padrino concreto: Ihor Kolomoyskyi, el oligarca que, según se sostiene, lo colocó en el poder. La relación entre el presidente y su supuesto mentor es uno de los hilos que se estiran, aunque sin aportar pruebas más allá de la coincidencia temporal. El relato del héroe se sustituye por el del empleado.
El desgaste físico y la huida hacia adelante
La discusión también tiene un componente humano. Se habla de agotamiento, de noches sin dormir, de la presión de saber que no hay salida. «Sabe que no va a sobrevivir a la guerra, si no gana Putin le asesinará», dice un mensaje.
La idea del suicidio o del asesinato planea como final inevitable. Otros lo ven como un mártir: «Se lleva lo bailado y va a quedar como un mártir».
La comparación con otros líderes es constante. Se le llama «Albert Rivera al que se llevan de paseo escoltado por una unidad de élite», se ironiza sobre su supuesta valentía y se recuerda que las fotos con soldados no ganan batallas. La conversación oscila entre la burla y la compasión, sin llegar a un juicio único.
El contexto: una guerra que no se puede ganar
El trasfondo es una guerra que se percibe como perdida. Se habla de tres países «que se carga» Putin, de la oposición y los periodistas silenciados en Rusia, de la subida de precios.
La sensación dominante es que Ucrania es un peón en un tablero mayor. Y que Zelensky, consciente o no, es la cara visible de una derrota anunciada.
La pregunta que queda en el aire es si el presidente ucraniano es víctima o verdugo. Si se automedica para soportar la presión o si la presión es la consecuencia de sus propias decisiones. La conversación no cierra esa grieta. Y quizá no se pueda cerrar.
Al final, el dato que descoloca no es el vídeo, ni la coca, ni el vodka. Es que
una parte del público, después de años de relato heroico, ya no compra la historia. Y eso, para un presidente en guerra, es más peligroso que cualquier acusación.