AMLO renombra el Mar de Cortés: del virreinato al olvido oficial
¿Tiene sentido borrar del mapa el nombre de quien diseñó el país que hoy existe? El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, anunció durante su visita a Culiacán, en Sinaloa, que el mar de Cortés pasará a llamarse oficialmente golfo de California. Lo hizo para inaugurar una sucursal del Banco del Bienestar y lo justificó con una frase que resume su cruzada: «¡Qué mar de Cortés ni que nada!». El nombre, sostiene, es un vestigio de la época colonial que debe desaparecer.
La medida no llega sola. Durante su mandato ya se ha rebautizado el Jardín de la Emperatriz, llamado así por Carlota de México, esposa de Maximiliano de Habsburgo, como Jardín Nezahualcóyotl dentro del Palacio Nacional. La toponimia se ha convertido en campo de batalla política.
Qué se llama golfo de California y desde cuándo
El golfo de California es el nombre que ya usaban buena parte de los mapas y manuales de geografía fuera de México. En España se estudia así desde hace décadas, y muchos lectores han descubierto con esta polémica que dentro del país se le llamaba de otra forma. El mar de Cortés honra a Hernán Cortés, el extremeño que dirigió la conquista del imperio mexica entre 1519 y 1521.
La paradoja es que el propio López Obrador desciende de familias de ascendencia asturiana y cántabra, según se ha señalado repetidamente. Reniega del nombre del conquistador mientras conserva el apellido de los colonos. La contradicción no es menor: si el criterio es eliminar todo vestigio colonial, el ejercicio debería alcanzar a la mayoría de ciudades, ríos y montañas del país, empezando por el propio idioma.
El precedente español: Ferrol del Caudillo y las plazas del Imperio
La comparación con España aparece de inmediato. Aquí también se rebautizaron calles y plazas durante el franquismo: Ferrol pasó a ser Ferrol del Caudillo, y las plazas mayores de media España se convirtieron en Plaza del Imperio o del Generalísimo. Fue nacionalismo aplicado a la cartografía, igual de forzado que el actual, aunque en dirección opuesta.
La diferencia es que aquello se corrigió después. La ley de
memoria histórica devolvió los nombres anteriores, y con ellos una pregunta incómoda: ¿por qué unos cambios de nombre son memoria y otros son borrado? El criterio no es histórico, es político. Y cambia según quién gobierne.
El negocio detrás del gesto
Mientras la toponimia se reescribe, la economía mexicana sigue su curso. Hay quien recuerda que las exportaciones y el PIB han crecido en los últimos años, y que uno de los problemas actuales del país es la apreciación de la moneda. El gesto simbólico no mueve un solo peso de inversión, pero ocupa portadas.
Otros apuntan al coste de oportunidad: la oligarquía local mantiene su poder, los cárteles siguen matando y el presidente dedica su energía a discutir con un muerto del siglo XVI. La prioridad no es la seguridad ni el empleo, es el relato.
Cortés creó México, y eso es lo que molesta
El argumento más repetido es que sin Hernán Cortés no existiría México tal y como lo conocemos. Habría otra cosa: quizá un territorio fragmentado, quizá un país menor, quizá una zona azteca sometida a presión internacional por sus sacrificios rituales. La conquista fue brutal, pero también fue el origen del Estado que hoy firma tratados y cobra impuestos.
La paradoja final es que los pueblos indígenas que se aliaron con Cortés contra los aztecas —tlaxcaltecas, entre otros— también quedan borrados con este cambio. Eran mexicanos antes de que México existiera. Su memoria no interesa a nadie.
Al final, el golfo seguirá siendo el mismo agua. Solo cambia el cartel. Y el cartel, como todos los carteles, lo pone quien manda.