Mil euros y un fin de semana: el viaje que deja más agotado que la oficina
Así lo cuenta quien abre el hilo: un fin de semana, dos ciudades, mil euros menos y una sensación al volver que no aparece en ningún folleto, la de haber trabajado dos días sin cobrar. El retrato del turismo exprés —aeropuerto, tren, cola, monumento, foto y vuelta— no es el desahogo de alguien de mal humor. Es, para ese relato, la aritmética de un formato que se vende como descanso y funciona como una maratón con factura.
El itinerario que describe no tiene nada de exótico. Estar
una hora antes en el aeropuerto. Dos horas hasta el hotel de Roma. Cenar y poco más. Al día siguiente, madrugón a las seis para
tres horas de tren hasta Florencia y otras tres de vuelta. El último día, Roma a la carrera de monumento en monumento y otra vez madrugar para esperar
dos horas en la terminal.
Un fin de semana y la sensación de haber hecho una mudanza.¿Bastan unos días para ver Roma y Florencia?
No. Ni de lejos, y ahí arranca el primer punto de fricción. Roma exige
una semana para ver lo mínimo y Florencia un par de días, según el cálculo de uno de los participantes. La experiencia de larga estancia va en la misma dirección: hay quien relata haber pasado un mes en Roma, otro en Estambul y hasta un año en Madrid sin llegar a conocer ninguna de las tres ciudades.
El error de base tiene nombre, según otro mensaje: importar el
modelo japonés. El turista que recorre Barcelona, Madrid, Toledo, Sevilla, Córdoba y Granada en menos de quince días no ha visto nada; ha pasado a toda velocidad por seis sitios con un guía marcando el paso. El paralelismo con el trabajo es el que más se repite: un itinerario cerrado convierte el viaje en una lista de tareas con sello en cada casilla.
El coste real de un fin de semana exprés
Mil euros. Ese es el balance que hace quien plantea el asunto: vuelo, tren, hotel, comidas a precio de zona turística y la sensación de haber pagado caro por una pizza cálida y mediocre. Y sin margen para el ahorro, como resume otro participante: los vuelos a las seis de la mañana desde un aeropuerto a cien kilómetros de casa ya no son baratos, el bocadillo de la terminal tampoco y los hoteles se han estirado.
Aquí se abre la brecha de siempre, la de la cartera. Para algunos, quien puede pagar business, hotel de lujo y transporte privado del aeropuerto al alojamiento viaja diez o quince días sin prisa y disfruta casi como si viviera allí. Quien no, se come hacinamiento, esperas y mal servicio en relación a lo que paga.
Para varios participantes, por debajo de cierto presupuesto moverse es un suplicio logístico.
Sobre el terreno pesa otro factor, según otro mensaje: todo el mundo mira los mismos sitios para dormir y comer. La alternativa que se abre paso es buscar destinos menos trillados —Estonia, algunas ciudades polacas, Rumanía— antes de que dejen de serlo.
Viajar para contarlo: el escaparate y las fotos dosificadas
El viaje también se ha convertido en material de escaparate. La acusación de un participante es concreta: hacerse
400.000 fotos, publicar unas pocas y guardar el resto para ir soltándolas durante meses, de modo que la cuenta dé la impresión de una vida entera de trayectos mientras se cumplen ocho horas como cualquier hijo de vecino. La obsesión por rellenar la lista de sitios visitados no responde a las ganas de ver mundo, sostienen algunos, sino a la necesidad de demostrarlo.
Qué tipo de viaje sí sale a cuenta
Turismo rural, rutas y ciudades pequeñas. Ahí las posturas se reconcilian casi sin esfuerzo. La fórmula que más defensores suma es la ruta en coche durmiendo cada noche en un lugar distinto, alternando naturaleza y pueblos, sin itinerario cerrado y con gente afín o a solas. Hay quien sostiene que no hace falta salir del país: el
Sobrarbe oscense basta como paraíso.
El matiz que casi nadie discute: lo peor de viajar es el trayecto. El cansancio de llegar, la siesta forzosa al entrar en la habitación, las prisas por verlo todo la primera noche. Quien lo ha entendido viaja con menos kilómetros y más calma.
¿Es el viaje el problema o la lista de tareas?
Falta el contrapunto incómodo. Hay quien defiende que lo verdaderamente sobrevalorado no es viajar, sino poder comer y vivir bajo techo. También aparece la defensa clásica: depende de cómo te lo montes, de con quién y de cuánto tiempo le des.
Con el turismo de masas apretando las ciudades, la pregunta que queda en el aire no es si viajar merece la pena. Es cuánto de lo que llamamos viajar aguanta el nombre cuando el guion lo escriben una agencia, un listado de monumentos y una cuenta de redes sociales.