Consumo quiere estadísticas reales en los anuncios de alarmas
¿Cuántos robos hay de verdad en España? ¿Y cuántas viviendas se okupan cada año? El Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030 ha decidido meter mano a la llamada «publicidad del miedo» de las empresas de alarmas y obligarlas a colocar estadísticas reales en sus anuncios, según el planteamiento que abrió esta discusión. El diagnóstico oficial es que los spots dibujan un país con robos a todas horas y pisos permanentemente asaltados, una realidad que no se corresponde con los datos. La medida, anunciada en el marco del anteproyecto de ley de Consumo Sostenible, ha caído como un jarro de agua fría en un sector que factura precisamente por mantener alta la percepción de riesgo.
Qué plantea Consumo y por qué ahora
La propuesta no prohíbe anunciar alarmas: prohíbe hacerlo con un relato que no aguante el contraste con las cifras. Consumo sostiene que la publicidad basada en el miedo distorsiona la percepción ciudadana y presiona al alza un mercado que vive de la inseguridad subjetiva. La medida se enmarca en el anteproyecto de ley de Consumo Sostenible, aprobado en primera vuelta en Consejo de Ministros, que también aborda la reventa de entradas, la reduflación y el «ecopostureo».
El argumento de fondo es incómodo para el sector: si el riesgo real es bajo, ¿por qué el precio de la alarma se sostiene en el pánico? Hay quien lo compara con el etiquetado de cualquier producto financiero. Y hay quien ve aquí una derivada mucho más política.
El contraataque: las cifras absolutas asustan más que los porcentajes
Aquí empieza lo interesante. Varios análisis advierten de que la jugada puede salirle al Gobierno por la culata. Un porcentaje pequeño sobre un parque de millones de viviendas puede parecer inocuo, pero la cifra absoluta anual —robos en viviendas, okupaciones denunciadas— impresiona más que cualquier eslogan. En 2024 se produjeron 81.040 robos en viviendas en España, según el dato que se maneja en la discusión, con caídas medias nacionales pero subidas superiores al 20% en algunas provincias. Eso, para una empresa de alarmas, no es un problema: es un folleto de ventas por provincias.
El sector podría limitarse a publicar el dato oficial y dejar que el lector saque sus conclusiones. La publicidad del miedo dejaría de ser una opinión para convertirse en una estadística del Ministerio.
La okupación: entre el caso real y la exageración interesada
El segundo frente es la okupación. En la discusión se mezclan experiencias concretas —pisos céntricos con vecinos okupas que el propietario pone en venta, comunidades enteras con problemas— con la sospecha de que el fenómeno se sobredimensiona. Un cálculo que circula en el sector jurídico asegura que solo se denuncia una de cada quince okupaciones, porque llegar a juicio exige adelantar entre 6.000 y 9.000 euros y esperar años. Si eso fuera cierto, la estadística oficial sería la punta del iceberg. Si no lo es, la publicidad del miedo estaría construida sobre un relato sin base.
Lo que sí es verificable es el efecto perverso: cuando el Estado protege al ocupante mientras el propietario espera años, el coste recae sobre el dueño. Y ese coste, sostienen algunos análisis, equivale en la práctica a una expropiación de facto.
El doble rasero que nadie quiere discutir
La objeción más repetida no va contra las alarmas, sino contra el criterio. ¿Por qué se regula el miedo comercial y no el miedo político? La campaña permanente sobre la ultraderecha, las pensiones o los derechos sociales también es publicidad del miedo, y no lleva estadísticas al pie. La comparación con la comunicación de la vacuna del covid —un «90% de protección» que en términos absolutos quedaba muy por debajo— aparece como ejemplo de que el rigor estadístico se exige solo a unos.
El sector de alarmas, mientras, tiene un problema práctico: si el miedo es el producto, la estadística es el competidor.
Qué puede pasar ahora
El anteproyecto sigue su tramitación y el diablo estará en la letra pequeña: qué estadística, con qué desagregación y actualizada cada cuánto. Si el dato es nacional, las empresas venderán miedo provincial. Si es provincial, venderán miedo de barrio. La publicidad del miedo, al final, siempre encuentra su hueco.
Y si de verdad obligan a poner cifras reales, quizá descubramos que el negocio no era el miedo, sino la ignorancia sobre cuánto miedo era razonable tener.