Consumo requiere a un divulgador por criticar el Nutri-Score
Un divulgador de alimentación denuncia haber recibido una carta del Ministerio de Consumo y Agenda 2030 después de publicar vídeos contra el Nutri-Score aplicado a ultraprocesados. El escrito, según su versión, busca
amedrentarle. En el material difundido no aparece respuesta alguna del Ministerio a esa acusación. Con ese punto de partida, el asunto ha derivado en una revisión a fondo de un semáforo que da una A a los cereales azucarados y una D al aceite de oliva virgen extra.
Qué es el Nutri-Score y desde cuándo se aplica
Es un etiquetado frontal que resume la calidad nutricional de un producto en cinco letras, de la A a la E, donde la A señala la opción más favorable. El sistema lo desarrolló un equipo de investigación epidemiológica de la Universidad Paris, el EREN, y se implantó en Europa en 2020, en plena pandemia, según el relato que abre la queja. En España lo apadrinan el Ministerio de Consumo y la Agenda 2030, un detalle que buena parte de la crítica no perdona: se lo presentó como herramienta sanitaria y se percibe como otra cosa.
La clave está en el algoritmo. Puntúa nutrientes favorables y desfavorables, pero el resultado choca con el sentido común del comprador. Esa paradoja es el corazón del enfado.
24,9 gramos de azúcar con una A bien grande
El ejemplo que más circula no es una opinión. Un dietista-nutricionista de reconocida trayectoria divulgativa publicó la etiqueta: los cereales Nesquik llevan
24,9 gramos de azúcar por cada 100 gramos y lucen una flamante A. Una cuarta parte del producto es azúcar. Con esa foto, el mensaje se escribe solo.
En el otro extremo, el aceite de oliva virgen extra recibe una D, casi lo peor de la escala, y la manteca de cerdo ibérico de bellota se lleva una E, según se apunta en el hilo. Un producto industrializado se coloca por delante de la grasa de toda la vida. Hay quien confiesa encontrarle utilidad al semáforo, pero justo al revés de lo previsto: evita todo lo que venga con A o B.
Quién sale ganando con el sistema de letras
El argumento más repetido apunta a la asimetría de recursos. Una multinacional puede dedicar equipos y presupuesto a reformular su catálogo hasta arañar una letra mejor, contratar asesores o directamente
pelear la calificación. Un pequeño productor artesanal no. Bajo esa lógica, el etiquetado no penaliza lo ultraprocesado: premia a quien tiene músculo financiero para adaptarse a él.
La comparación que se hace es con los criterios de sostenibilidad empresarial, esos que obligan a contratar consultoras y que acaban favoreciendo a las grandes corporaciones frente a la competencia de menor tamaño. La sospecha no es que el sistema mienta, sino que da por bueno lo que conviene al que puede pagar la reforma.
La derivada conspirativa que no sostiene ninguna prueba
Una parte del asunto se descuelga hacia teorías conspirativas sobre el origen del sistema, con atribuciones a intereses ocultos y a un colectivo concreto al que se señala por su origen. No hay ninguna prueba de esas imputaciones y no resisten el mínimo contraste documental. Mezclar la crítica legítima al algoritmo con ese material no refuerza la denuncia: la debilita y le regala al adversario el argumento fácil.
El reproche serio es otro y está sobre la mesa: por qué un instrumento público bendice productos que la evidencia nutricional sitúa en el vagón de cola.
¿Sirve de algo el semáforo aunque el algoritmo falle?
Sirve a quien lo lee al revés, según confiesan varios compradores, y estorba a quien se fía. La alternativa que se repite es volver a la lista de ingredientes y al orden en que aparecen, aunque ahí también hay trampa: nombres impronunciables y códigos E camuflan aditivos que no se declaran en lenguaje llano. Hay quien señala el E407, carragenano, presente en productos de consumo infantil.
También asoma la nostalgia industrial: los cereales de hace veinte años sabían mejor. Si el producto es malo para la salud, caro y encima ha perdido el sabor, la ecuación comercial se rompe sola.
El caso sigue sin cerrarse. La carta existe según la versión del divulgador, el Ministerio no ha matizado nada de lo difundido y el Nutri-Score sigue en las estanterías. ¿Cuánto tiene que durar un etiquetado público dando sobresalientes a los cereales con azúcar antes de que alguien lo revise?