El 7,4% sin vacunar y la guerra de los porcentajes
El Ministerio de Sanidad actualizó a 13 de abril de 2025 sus cifras de cobertura: el
92,6% de la población española mayor de 12 años tiene la pauta completa contra la COVID-19. El resto, un
7,4%, aparece en los registros oficiales como no vacunado. Sobre ese decimal se ha montado una trinchera. Porque una parte de la conversación pública no discute el dato: discute quién lo fabrica, con qué criterio se define «pauta completa» y por qué el porcentaje no cuadra con lo que cada cual ve en su escalera. La estadística, esa herramienta que debería zanjar la discusión, se ha convertido en el campo de batalla.
Qué se considera pauta completa y por qué nadie se pone de acuerdo
La primera grieta es semántica. El concepto
pauta completa ha mutado tantas veces como recomendaciones han salido de los organismos sanitarios. Hubo un tiempo en que eran dos dosis; después apareció la dosis de refuerzo; más tarde, la adaptación anual para grupos de riesgo. Esa volatilidad alimenta la sospecha. Hay quien sostiene que el indicador se ha ido estirando para que el porcentaje no cayera, y quien responde que la actualización responde a criterios epidemiológicos, no a maquillaje contable. El resultado es que dos personas pueden discutir acaloradamente sobre vacunación sin estar hablando de lo mismo.
En el extremo escéptico, la cifra oficial se lee como un subproducto del gasto público: si se han destinado cientos de millones a comprar dosis, conviene que el registro refleje que se administraron. No hay prueba de esa manipulación, pero la desconfianza no necesita pruebas para instalarse. En el otro lado, los defensores del dato recuerdan que las coberturas se calculan sobre registros nominales de dosis administradas, no sobre encuestas de intención.
El 75% de purasangre: cuando la percepción contradice al registro
El segundo frente es el del entorno. Aparece una y otra vez la misma escena: alguien mira a su alrededor y calcula que los no vacunados son muchos más que ese 7,4%. En un grupo de antiguos compañeros de universidad, seis de diez no tienen ninguna dosis. En el círculo familiar de otro, solo tres personas de la cuadrilla se libraron. La suma de anécdotas construye una realidad paralela que choca con el porcentaje estatal. La explicación sociológica es sencilla: los grupos humanos tienden a agruparse por afinidad, y la afinidad en este asunto es brutal. Quien no se vacunó conoce a otros que tampoco, porque el tema sale en las conversaciones y funciona como filtro. El dato agregado, en cambio, incluye a toda la población, también a los que no hablan de esto.
Hay quien añade un factor generacional. Entre los mayores de 60 años, la cobertura se dispara; entre treintañeros y cuarentones, el porcentaje de no vacunados sube. Si el círculo habitual es de esa franja, la impresión de que el 7,4% se queda corto es casi inevitable.
El argumento de la miocarditis y los estudios previos
La conversación deriva hacia los efectos adversos. Se mencionan estudios previos a la pandemia que cifraban en torno al
20% de la población la presencia de miocarditis asintomática, un dato que se usa para relativizar los casos detectados tras la vacunación. La comparación es delicada: sin un grupo de control contemporáneo y sin seguimiento homogéneo, atribuir o descartar causalidad es un ejercicio resbaladizo. La estadística sirve para formular hipótesis, no para cerrarlas.
Lo que sí admite poca discusión es que el volumen de información circulante supera con creces la capacidad media de verificarla. Y ahí el terreno está abonado para que cualquier cifra, oficial o alternativa, se reciba con la misma desconfianza.
La paradoja del arrepentimiento: nadie se vacunó, todos se vacunaron
Hay un fenómeno que se repite en cualquier conversación sobre esto: la memoria selectiva. Cuando la vacunación era la norma social, casi todo el mundo decía haber pasado por el pinchazo. Ahora que el viento ha cambiado, proliferan los relatos de quienes aseguran no haber cedido nunca. Es el clásico efecto de reconstrucción del pasado: cada cual se coloca en el bando que hoy le resulta más cómodo. Los arrepentidos existen, y también los que nunca dudaron. Pero la proporción real de cada grupo es imposible de reconstruir a posteriori, porque las encuestas de entonces y los recuerdos de ahora no miden lo mismo.
Queda el dato. Un
7,4% que, según el registro oficial, no completó la pauta. La discusión sobre si ese número es fiable, si está inflado o si simplemente no refleja lo que cada uno ve en su entorno no se va a resolver con más estadísticas. Porque el problema no es la aritmética. Es que ya nadie se cree al que cuenta.