Telefónica pasa del plan de bajas incentivadas al ERE
La paradoja tiene su miga. La operadora que, según recuerdan algunos comentaristas, se privatizó con el argumento de que lo público despilfarraba acaba de anunciar un despido colectivo. Telefónica España comunicó a los sindicatos, en la segunda reunión para negociar el III Convenio de Empresas Vinculadas, su intención de presentar un
ERE para un número indeterminado de trabajadores. Los representantes laborales aguardaban otra cosa: un plan de bajas incentivadas para hasta
5.000 empleados. Se encontraron con un expediente de regulación y el runrún de que serían unos
2.500 los afectados.
Qué ha comunicado Telefónica y a quién afecta
La empresa confirmó que el despido colectivo toca a tres sociedades: Telefónica de España, Telefónica Móviles y Telefónica Soluciones. El plan incluye el cierre de
108 centros de «baja ocupación» y el traslado de
266 empleados. La filial española suma
27.411 trabajadores en el país, según los datos de la propia compañía, de modo que el ajuste mueve una porción nada desdeñable de la plantilla.
El anuncio cayó como un jarro de agua fría porque hacía semanas se hablaba de un nuevo plan de salidas pactadas. La dirección, según su versión, se limita a continuar la negociación del convenio. La letra pequeña es que un ERE y una baja incentivada no se parecen en nada: cambian la voluntariedad, el importe y el número de damnificados. La
sorpresa que subrayan los representantes sindicales no es un detalle de forma.
¿Cuánto cobrará quien salga de Telefónica?
Aquí se parte el análisis. Un bloque sostiene que esto es un
despido diferido pactado: en una empresa del Ibex todo estaría atado con los sindicatos, y el ERE sería la fórmula fiscalmente más eficiente tras la última reforma de las pensiones, con salidas del
60-70% del salario en forma de renta y no de capital, para esquivar el golpe de Hacienda. Se iría quien quisiera, hasta enganchar con la jubilación.
Frente a eso, otra corriente lee lo contrario: un «a la calle» sin colchón, con
25 días por año trabajado y punto, como cualquier hijo de vecino. Quien esperaba retirarse a los 52 años con el 80% del sueldo se encontraría con 50, sin empleo y con un horizonte salarial a la mitad. Los dos relatos son incompatibles y solo el tiempo dirá cuál era el bueno.
Las prejubilaciones que acaban pagando todos
Hay un matiz que se repite: esas salidas doradas no las paga solo la empresa. Cotización y pensión posterior van, en la práctica, a cargo del sistema público. De ahí el cabreo de quien mira desde la barrera: retiros de ensueño financiados por el conjunto mientras el resto pelea por llegar a los 67.
A eso se suma la comparación eterna. Dentro del sector asalariado, sostiene esta línea, los grandes sueldos del Ibex —no los funcionarios que se llevan la crítica— serían los que de verdad viven bien. Nóminas generosas, jornadas tranquilas y retiro anticipado con el salario casi íntegro. Es una percepción, no una estadística, pero circula con fuerza.
El negocio sindical y la foto que lo resume
Otra línea de crítica apunta directamente a los sindicatos. Se les reprocha que no protesten y que cobren por cada trabajador que firma su salida, con lo que el ERE les saldría rentable. La imagen de archivo del secretario general de UGT y el presidente de Telefónica, mano a mano en una reunión, alimentó toda clase de comentarios.
Ahí está el otro frente: el escrutinio de los sillones. Se recuerda que un exsecretario general de las Juventudes Socialistas,
Javier de Paz, ocupa plaza en el consejo de la operadora —se le atribuye una retribución cercana al millón de euros anuales— y se reprocha al presidente de la compañía, que animaba a comprar acciones de la operadora, que no sea el primero en dar explicaciones.
Del monopolio al Ibex: treinta años de ajustes
No es la primera vez. En
2019 un Plan de Suspensión de Empleo se llevó por delante a
2.636 trabajadores. Y antes, en los años 90, según recuerdan algunos comentaristas, quienes salieron se fueron con indemnizaciones millonarias en pesetas, suficientes para comprar un piso y un apartamento en la playa. El manantial no se ha secado; solo ha cambiado de nombre.
Detrás late el argumento de fondo: más tecnología, menos mano de obra. Cada salto técnico reduce la necesidad de personas, y la plantilla mengua mientras la compañía busca recortar costes. También hay quien recuerda que buena parte de la clientela sigue atada por pura pereza: línea e internet contratados y sin ganas de cambiarse.
¿Sobrevive Telefónica con menos gente o es solo la siguiente ronda? La compañía dice que sigue negociando; los datos disponibles apuntan a una plantilla que encoge desde hace años. Si el diagnóstico era que la privatización iba a blindar el empleo, aquí no cuadra ni la primera casilla.