Alvise rompe con Franco y con Vox a la vez
Alvise Pérez ha puesto una piedra más en el camino que le separa de la derecha clásica. El eurodiputado de Se Acabó la Fiesta ha declarado que Francisco Franco, si estuviera vivo, sería su enemigo, y ha añadido que el franquismo no era democrático. La frase, leída en clave electoral, tiene más de posicionamiento que de ajuste de cuentas con el pasado. Y ha bastado un tuit para que la conversación derive hacia un asunto incómodo: ¿qué queda del discurso antisistema cuando el antisistema se pone a repartir carnés de demócrata?
El gesto no es aislado. En el mismo movimiento, Alvise ha señalado a Vox por homófoba y ha matizado su postura sobre el movimiento LGTBI, ha llamado ultraderechista a Puigdemont y ha renegado del socialismo atribuido al régimen anterior. Cuatro giros en pocas semanas. El patrón, para buena parte del análisis, es el de un partido que nació pescando en todas las aguas del descontento y que ahora necesita un electorado más ancho y menos incómodo.
El giro que nadie esperaba tan rápido
La secuencia tiene fecha y tiene lógica. Se Acabó la Fiesta se presentó como una formación transversal, sin eje izquierda-derecha, capaz de recoger el voto de castigo de cualquier procedencia. Ese relato exige mantener cierta ambigüedad. La ambigüedad, sin embargo, no resiste el contacto con el Parlamento Europeo, donde cada voto queda registrado y cada declaración se convierte en titular.
Hay quien sostiene que el viraje era inevitable y que solo faltaba el calendario. La tesis dominante en la conversación es que Alvise ha empezado a moderarse antes de lo previsto, y que ese proceso no se detendrá: primero el antifranquismo, después la bandera LGTBI, más tarde la defensa de lo mismo que defienden el PP y el PSOE. La acusación de fondo es la de haber engañado a un electorado que le votó precisamente por lo contrario.
En contra pesa un argumento distinto: que un partido sin estructura ideológica cerrada no puede traicionar unos principios que nunca fijó. Quien no tiene doctrina no puede ser incoherente. Y ahí está, quizá, el problema real.
¿Es Alvise un Ciudadanos recauchutado?
La comparación con Ciudadanos aparece varias veces y no es gratuita. El paralelismo se apoya en una trayectoria conocida: partido nuevo, discurso de regeneración, crecimiento rápido, entrada en instituciones, moderación progresiva y disolución final en el espacio del centro-derecha. UPyD y Ciudadanos son los dos precedentes que se citan.
La diferencia, según otra corriente de análisis, es que Vox no juega en esa liga. Se describe a Vox como un partido ultraconservador clásico —liberal en lo económico, conservador en lo social—, integrado en el sistema y sin vocación antisistema. Se Acabó la Fiesta, en cambio, pesca en el descontento difuso, conecta con una juventud despolitizada y hastiada y no necesita coherencia doctrinal porque su materia prima es el cabreo.
Ese diagnóstico explica por qué los dos partidos se parecen tan poco por dentro y tanto por fuera. Y por qué los medios, según esta lectura, insisten en meterlos en el mismo paquete.
El antifranquismo como prueba del algodón
La declaración sobre Franco ha funcionado como un test ideológico improvisado. Para una parte del electorado, renegar del franquismo es una condición mínima de respetabilidad democrática. Para otra, es la confirmación de que Alvise es un tibio que se pliega al relato dominante.
El argumento más repetido en este segundo grupo es que el franquismo no puede evaluarse en bloque. Se enumeran la creación de la Seguridad Social, las pensiones, la sanidad pública, la vivienda protegida, las vacaciones retribuidas y las pagas extraordinarias como logros del periodo. La conclusión que se extrae es que Franco era más socialista que el PSOE actual, y que renegar de él es renegar de eso.
El razonamiento tiene un problema elemental: confunde la obra administrativa de un régimen autoritario con su naturaleza política. Un sistema sin elecciones libres, sin libertad de prensa y sin derecho de asociación no se vuelve democrático por haber construido hospitales. La discusión, sin embargo, no va de historia. Va de a quién le habla cada frase.
La investigación que planea sobre el partido
Mientras el debate ideológico se calienta, hay un frente judicial abierto. El juez de la Audiencia Nacional José Luis Calama ha acordado investigar una denuncia contra el eurodiputado por un posible delito de financiación ilegal de partidos, por haber recibido presuntamente 100.000 euros para su campaña electoral.
El magistrado admite que Alvise está aforado ante el Tribunal Supremo por su condición de europarlamentario, pero aclara en el auto que la admisión a trámite de una denuncia no constituye un acto de imputación formal. Le ofrece además declarar de forma voluntaria. La causa está en fase inicial y no hay resolución sobre el fondo.
El detalle importa porque condiciona el resto. Un partido que se presenta como azote de la casta y que acaba investigado por financiación opaca pierde parte del relato. Y lo pierde justo cuando empieza a necesitar otro.
Lo que se juega en las próximas generales
El cálculo electoral es el que ordena todo lo demás. La hipótesis más extendida es que Alvise va a morder voto socialista desencantado, ese que no soporta a Sánchez pero tampoco se ve votando al PP. Ese electorado no exige coherencia doctrinal; exige que el voto duela a quien tiene que doler.
El problema es que ese mismo electorado es el que se siente estafado cuando el discurso se suaviza. La moderación amplía el techo y erosiona la base al mismo tiempo. Es la trampa clásica del partido nuevo en España, y ya ha dejado dos cadáveres políticos en la cuneta.
Con estos mimbres, lo razonable sería esperar una consolidación del espacio de centro-derecha y una absorción progresiva de Se Acabó la Fiesta. No apostaría demasiado. La política española lleva una década desmintiendo los pronósticos razonables, y este caso tiene todos los ingredientes para seguir haciéndolo.