La criminóloga que dijo «no son asesinos» tras un crimen a batazos
Un hombre de 38 años murió apaleado en Gata de Gorgos, un municipio alicantino de unos 6.000 habitantes. Tres hombres, de nacionalidad marroquí según las informaciones que circularon, fueron detenidos por el ataque. Y una criminóloga invitada a un programa de televisión soltó la frase que lo cambió todo: «No tenían demasiados recursos porque utilizaron un simple bate de béisbol. No son sicarios. No son asesinos».
Un crimen, una tertuliana matizando y una audiencia que no daba crédito. La discusión pública que siguió tiene una virtud: obliga a mirar de frente cómo se cuenta un homicidio cuando el homicidio no encaja en el guion.
La pregunta no es si un bate de béisbol puede matar. La pregunta es quién decide cómo se llama a quien lo usa.
Qué ocurrió en el crimen de Gata de Gorgos
Los hechos, tal y como se difundieron: un varón de 38 años falleció tras recibir varios golpes con un bate de béisbol. Según la versión que circuló con más fuerza, la víctima habría intervenido para defender a su novia.
Tres hombres fueron detenidos y el caso quedó en manos de la investigación judicial, sin resolución firme conocida.
Es en ese punto, con el sumario abierto, cuando el foco se desplaza del juzgado al plató. Porque la controversia no fue sobre los hechos —pocos los discutían— sino sobre las palabras con las que se describían: «agresores», «detenidos», «no asesinos». Cada uno de esos términos hace un trabajo distinto ante la opinión pública.
«No son asesinos»: de dónde sale la frase y qué se dijo después
La afirmación se emitió en televisión y se atribuye a una criminóloga, Carmen Corazzini. La secuencia que más se replicó es la de una intervención en la que se subrayaba la ausencia de medios profesionales —un bate, no un arma de fuego— como indicio de que los autores no eran sicarios.
«No son asesinos», zanjó. Cuando otro contertulio le recordó que el resultado era una muerte violenta, la respuesta fue un matiz léxico: que no eran
killers.
Hay algo casi cómico en ese salto al inglés, y algo muy serio. Del «no querían hacerlo» al «no tenían una dilatada carrera delictiva» se construye, frase a frase, un relato en el que el resultado —un hombre muerto— queda reducido a daño colateral. Y el paralelismo que se lanzó en el debate fue rápido: si la falta de antecedentes y la ausencia de intención confesada rebajaran la calificación, más de una condena célebre por agresión sexual en grupo se caería sola.
Cómo se contó el caso: imágenes de archivo y nacionalidades ausentes
Parte de la indignación apuntó al tratamiento informativo. Se criticó que
la televisión pública utilizara imágenes de archivo de hace 21 años para ilustrar la noticia, que se hablara de «agresores» y no de presuntos autores de un homicidio, y que la nacionalidad de los detenidos se omitiera mientras se detallaba cualquier otro dato. También circuló la denuncia de que un medio había publicado el suceso en una cabecera asociada en lugar de en su diario principal, escudándose en una
decisión editorial: «no convertir la anécdota en dato».
Estas críticas no son neutras ni casuales. Definen el marco. Si el relato se construye con imágenes viejas, verbos suaves y sujetos sin apellidos, la conclusión a la que llega el espectador ya viene puesta. Si, además, la única voz experta del plató insiste en que la falta de recursos explica el arma, la conversación deja de ser sobre un asesinato y pasa a ser sobre las circunstancias de los presuntos asesinos.
¿Salieron en libertad los detenidos?
Según las versiones que circularon después del suceso, dos de los implicados habrían quedado en libertad, en algún caso sin cargos. No constaba confirmación oficial de esos extremos en la información disponible. La consecuencia práctica es que, mientras el caso sigue su curso judicial, la sensación colectiva es la de un sistema que actúa con una lentitud que se confunde con indulgencia.
Ahí está el núcleo de la irritación. No tanto la frase de un plató como la sospecha de que las palabras y las decisiones van en la misma dirección: suavizar el relato y aligerar las consecuencias. Para una parte de la opinión pública, la excarcelación —si se confirma— sería la prueba de un doble baremo. Otra parte recuerda que la prisión provisional es una medida excepcional y que la instrucción tarda. Ambas cosas pueden ser verdad a la vez, lo que no consuela a nadie.
El crimen entra en la política
El caso saltó al terreno partidista. Los socialistas anunciaron una denuncia por delito de odio contra la consellera de Justicia Elisa Núñez (Vox) por unas declaraciones calificadas de xenófobas sobre este crimen, según la información publicada por la Cadena SER. En paralelo, y por razones distintas, Junts exigió que Cataluña quedara excluida del reparto obligatorio de menores migrantes entre comunidades, con el argumento —atribuido— de que ese flujo «acarrea consecuencias negativas y peligrosas».
Fíjense en la coincidencia. El mismo suceso sirve para acusar de xenofobia al que señala nacionalidades y para construir un discurso de cierre en la frontera.
Un homicidio, dos rentabilidades políticas y ninguna explicación sobre lo que falló antes: quién estaba en el país, en qué situación administrativa y con qué antecedentes, si los había.
Lo que queda del caso
La discusión de fondo no es si un bate de béisbol es o no un arma letal. Lo es, y cualquiera que haya visto la escena lo sabe. El asunto es el lenguaje: con qué palabras se describe a quien golpea a otro hasta matarlo y quién tiene la potestad de elegir esas palabras en horario de máxima audiencia.
El cierre más honesto es el que dejó el propio programa: en el mismo espacio en el que se discutía si tres hombres que apalearon a un hombre hasta la muerte son asesinos,
se acabó discutiendo la traducción de la palabra killer. El cadáver no tenía traducción posible.