El voto contra Sánchez se fractura entre el original y la copia
Con las elecciones generales en el horizonte, una parte del electorado de derechas afronta el mismo dilema de siempre: votar al Partido Popular, a VOX o quedarse en casa. Lo que ha cambiado es el tono. Ya no se discute tanto a quién votar como a quién
castigar. Y ahí, la figura de Pedro Sánchez funciona como un imán que lo distorsiona todo. Un votante desde el extranjero con doble pasaporte lo resume sin ambages: su papeleta irá «para PERRO», es decir, para Sánchez, no por convicción sino porque considera que el líder del PP, al que llama «Frijol», y el de VOX, «Pagascal», son peores. La tesis es provocadora: cuanto antes reviente todo, antes se reconstruye.
El argumento del «original» frente a la «copia barata»
El núcleo del planteamiento es que Alberto Núñez Feijóo sería un gestor incapaz de frenar a Sánchez, mientras que Santiago Abascal encabezaría una estructura cerrada y personalista. Frente a ambos, se reivindica a Sánchez como un político con oficio, capaz de aguantar el tipo. La comparación se lleva al terreno personal: se recuerda que Sánchez hizo la mili por infantería y que Abascal se escaqueó, un detalle que en este rincón de internet vale más que cualquier programa electoral.
Hay también una memoria concreta de la pandemia. Se reprocha a Feijóo que, al frente de la Xunta, multara a quienes no se vacunaban, y a Abascal que no multara a los no vacunados. Dos varas de medir que, según esta corriente, desnudan la coherencia de ambos. El episodio de la gestión COVID reaparece como marcador de credibilidad.
¿Por qué una parte del electorado se plantea no votar?
La abstención aparece como postura activa, no como desidia. Un participante lo dice claro: «Como otros años, no iré a votar». Su condición para moverse es concreta: que se expulse a quienes han entrado en los últimos cuatro años. Otro añade que solo votaría si se retiran ayudas a quien no haya nacido aquí ni haya cotizado al menos diez años, una medida que, según su cálculo, afectaría a dos millones de personas.
Ese cálculo, lanzado sin más respaldo que la intuición del que lo escribe, es el tipo de cifra que circula sin verificación. No hay dato oficial que lo sostenga. Y sin embargo, ordena el debate: la política migratoria se ha convertido en el eje sobre el que se decide si se vota o no.
La acusación de traición y el miedo al marco temporal
El tono sube cuando se aborda la abstención. Hay quien sostiene que no votar es allanar el camino a la izquierda, y lo formula sin paños calientes: los abstencionistas deberían ser condenados por traición a la patria. La respuesta no se hace esperar: quien ya no vota responde con un «pues si ya no voto» que desarma cualquier sermón.
Aparece entonces el argumento más duro: si Sánchez vuelve a gobernar, advierte un mensaje, quizá no haya otra oportunidad para votar. La sombra de una deriva autoritaria se lanza como advertencia, no como análisis. Es el recurso clásico del miedo al contrario, y funciona en ambos sentidos.
El factor Alvise y el voto de castigo
Entre las opciones minoritarias asoma Alvise Pérez, descrito como «un purasangre que no me obligaría a pincharme venenos» y como el único que, según esta voz, dio la talla durante la pandemia. El PP, dice, perdió su voto «de POR VIDA». No es un caso aislado: el voto de castigo a los partidos tradicionales encuentra en formaciones nuevas un cauce donde antes había resignación.
La discusión deriva hacia el sistema electoral y las circunscripciones. Se menciona la posibilidad de votar a Bildu desde Lugo «por joder», una boutade que revela hasta qué punto el electorado de derechas está dispuesto a romper la lógica del voto útil. La ironía es el último refugio del votante desencantado.
El pronóstico que nadie se atreve a firmar
La conclusión más repetida es que Sánchez volverá a gobernar. «Lo tiene ganado ya», se afirma, porque la oposición no existe. El PP aparece retratado como un partido sin músculo, y Feijóo, como un candidato que «lo tiene chupaito» pero no transmite. La profecía se cumple sola: si nadie cree en la alternativa, la alternativa no moviliza.
Queda el dato que descoloca. Con este nivel de fragmentación, la derecha no necesita que la izquierda crezca para perder: le basta con restarse. Y mientras tanto, cada votante espera a que el otro mueva ficha primero. Nadie cuadra del todo cómo se rompe ese círculo.