El m2 se triplica en ocho años y la culpa siempre es de otro
¿Cómo se pasa de un precio medio de compra de 2.000 euros el metro cuadrado a 6.000 en apenas ocho años, con el alquiler escalando de 8 a 30 euros por metro, y la respuesta oficial sigue siendo que la culpa es de los fondos de inversión? Ese es el punto de partida del debate que estos días recorre los foros económicos: la izquierda llega al Gobierno en 2018 tras ocho años de la derecha, y ocho años después el acceso a la vivienda se ha convertido en un ejercicio de fe. Cada piso que sale al mercado acumula una cola de candidatos imposible de cuantificar. La pregunta que flota no es económica, es antropológica: ¿por qué el votante sigue comprando el relato?
De 2.000 a 6.000 euros el metro: los números del enfado
El diagnóstico que se repite en el material es demoledor por simple. En 2018, con el Gobierno entrante, el precio medio de compra estaba en
2.000 euros el metro cuadrado y el alquiler medio en
8 euros. Ocho años más tarde, las cifras que maneja la conversación son
6.000 euros de compra y
30 euros de alquiler. La multiplicación no es un matiz: es un cambio de régimen. Y con esos números sobre la mesa, el argumento de que «no ha dado tiempo» suena a broma de mal gusto.
La respuesta del Gobierno, según se describe, es un ejercicio de funambulismo: culpar al Ejecutivo anterior y a unos
fondos buitre que, según los datos oficiales que se citan, controlan menos del
10% del parque inmobiliario. Es decir, se señala a un actor que, por volumen, no puede explicar la escalada. La conclusión que extrae el personal es que la culpa se reparte entre la derecha, los fondos y, por lo visto, el propio votante que puso al Gobierno.
¿Por qué sube el alquiler si los fondos solo tienen el 10%?
Aquí el debate se parte en dos. Por un lado, quienes sostienen que el problema es de oferta: se ha metido una demanda enorme —se habla de millones de demandantes— en un parque que no crece, y el resultado es matemático. Por otro, quienes recuerdan que la competencia de vivienda está transferida a las comunidades,
casi todas en manos del PP, que no habrían aplicado la ley de vivienda, y que el decreto para frenar la escalada lo habrían bloqueado PP, Vox y Junts. La pelea competencial es el nuevo campo de batalla.
Hay un dato que se repite para desmontar el relato de los fondos: el
92% de las viviendas alquiladas en España son de particulares con una o dos viviendas, y solo el 8% corresponde a propietarios con más de dos. Si eso es así, el villano de la película es, en realidad, el vecino del cuarto. Y ahí es donde el debate se vuelve incómodo: mucha de la gente que se queja de los precios tiene, a su vez, un piso alquilado o invertido.
El relato del votante que se queja de sí mismo
La ironía más repetida es la del votante que se echa a la calle a protestar contra el Gobierno que él mismo puso. Se describe como un bucle: la izquierda culpa a la derecha, la derecha culpa a la izquierda, y el ciudadano, mientras tanto, aplaude. Algunos lo atribuyen a un problema educativo de fondo —
la LOGSE y una población entrenada para reaccionar emocionalmente— y otros a un simple cálculo egoísta: mientras el sueldo y la pensión aguanten, la queja es retórica.
El contrapunto lo pone quien recuerda que en Venezuela se decía lo mismo cuando ganó Chávez, y luego llegó Maduro. La comparación no es inocente: apela a la idea de que el relato se sostiene hasta que se rompe. Y el colchón que sostiene el sistema, según se apunta, son las
pensiones de los mayores y el empleo público, esa
nueva cutre burguesía que aún puede pagar el alquiler.
¿Hay techo para la estupidez o para el precio?
La pregunta que da título al asunto no tiene respuesta fácil. Unos creen que el límite es el hambre: cuando los dos colectivos que sostienen el consumo —pensionistas y funcionarios— dejen de cobrar, la cosa se pondrá interesante. Otros apuntan a 2027 como el año en que todo esto explota, y recomiendan sacar el dinero del banco y comprar oro. Y luego están los que, simplemente, han decidido votar a quien les revaloriza el piso, aunque sea por sarcasmo.
Mientras tanto, el precio del metro cuadrado sigue su curso y la culpa, invariablemente, es de otro. Con estos mimbres, lo raro no es que la gente se queje: lo raro es que aún quede alguien dispuesto a creerse el relato.