Si la OTAN no responde, Putin parecerá invencible
¿Qué ocurre cuando la disuasión se mide por lo que no se hace? La discusión sobre la respuesta de la
OTAN a las provocaciones rusas ha derivado en un lugar común: si la alianza no contesta con contundencia, se instalará la idea de que le tiene miedo a Putin. El planteamiento original sostiene que el líder ruso busca precisamente eso, un golpe medido que le permita mantener su prestigio de matón sin desatar una guerra total. La tesis de fondo es incómoda: Putin quiere que sea la OTAN quien lo derrote, no Ucrania, porque una derrota ante la alianza es tolerable para su opinión pública; una ante Kiev, no.
El problema es que ese cálculo tiene fecha de caducidad. El ejército ruso está siendo despedazado en Ucrania, según el diagnóstico que abre la conversación. Si eso es cierto, la ventana para intimidar a los vecinos bálticos se estrecha cada semana. La apuesta por la división interna de la OTAN —Hungría, Turquía, la fatiga europea— es real, pero no infinita.
El dilema de la respuesta proporcionada
La paradoja es que una respuesta demasiado contundente también juega a favor del relato ruso. Si la OTAN arrasa, Putin consolida la narrativa de que Occidente es el agresor. Si no hace nada, consolida la de que es un cobarde. En medio queda un espacio estrecho: sanciones, suministros, defensa aérea. Es el terreno donde se mueve la realidad, no la propaganda.
Hay quien sostiene que la única salida es la intervención directa. Otros advierten de que eso convertiría el conflicto en una guerra europea a gran escala. La discusión no resuelve nada, pero deja un dato: la ambigüedad estratégica es el único activo que le queda a la OTAN para no alimentar ninguno de los dos relatos.
La disuasión nuclear como telón de fondo
Ninguna conversación sobre este tema se entiende sin el arsenal nuclear. La idea de que Rusia dejaría de existir antes de perder un palmo de terreno es un lugar común, pero también una advertencia. Los submarinos rusos, según se argumenta, son indetectables bajo el agua, y eso cambia cualquier cálculo de escalada. La disuasión no es un juego de suma cero.
El problema es que ese argumento se usa a menudo para justificar la inacción. Si cualquier respuesta puede desatar el apocalipsis, la parálisis se convierte en política. Y ahí es donde el relato de que la OTAN tiene miedo se vuelve indistinguible de la realidad.
Al final, la pregunta no es si la OTAN tiene miedo, sino si puede permitirse no tenerlo. La respuesta, como casi siempre, depende de quién esté dispuesto a pagar el precio.