El misil de Przewodów: la tesis rusa que la OTAN enterró
Dos civiles muertos en Przewodów, un pueblo polaco a pocos kilómetros de la frontera ucraniana, y el mundo entero mirando al mismo sitio. La autoría del misil que cayó en territorio de la OTAN se resolvió en horas: según la versión oficial, un proyectil de la defensa antiaérea ucraniana que se desvió. Pero hay una tesis que no se ha dejado enterrar: según un participante, fueron los rusos, y no por error. Quien la sostiene apunta a un motivo concreto: después de la retirada de Jersón, Moscú necesitaba una acción de fuerza que recompusiera su prestigio de matón, y un ataque «insignificante contra civiles» en suelo aliado obligaba a la OTAN a moverse o a humillarse.
El cálculo de la escalada controlada
El razonamiento que circula es frío. Si la OTAN responde, Rusia dirá que fue una falsa bandera y se escudará en una represalia limitada, un bombardeo punitivo sobre Kaliningrado. Si no responde, quedará retratada como débil y el relato del oso acorralado hará el resto. En ambos escenarios, Moscú gana algo: o una excusa o una demostración de que Occidente tiene miedo. La operación no busca ganar la guerra, busca tapar la derrota.
El contexto importa. La retirada de Jersón fue leída como una humillación militar. La propaganda rusa llevaba años construyendo una imagen deshumanizada del ucraniano, y vender una derrota contra Ucrania era impensable. Vender una derrota contra toda la OTAN, en cambio, se digiere mejor.
Por qué la OTAN prefirió la versión del misil ucraniano
La alianza tenía dos caminos y eligió el barato. Si el misil era ruso, el artículo 5 estaba sobre la mesa y la respuesta era obligatoria. Si era ucraniano, todo se quedaba en un accidente trágico y en una reunión de emergencia. La segunda opción no exige mover un solo soldado.
Las diferencias internas hicieron el resto. Francia y Alemania, los dos países europeos con mayor capacidad de respuesta de fuego, no querían escalar. Las repúblicas bálticas pedían responder y no tenían medios para hacerlo solas. Polonia, que sí es de los nuestros, se quedó con la versión que le permitía no arrastrar a toda la alianza a una guerra abierta.
Hay quien sostiene que la OTAN y la UE han sido un fracaso absoluto en este episodio y que el éxito ha sido ucraniano: Kiev consiguió que el misil no se convirtiera en el detonante de la tercera guerra mundial. Otros ven en esa misma gestión una prueba de que la línea roja ya se cruzó hace tiempo y nadie hizo nada.
La crítica que no cesa: los misiles de largo alcance
La acusación más repetida no es contra Moscú, sino contra Occidente. Nueve meses de ataques rusos contra infraestructuras ucranianas con la misma respuesta: ninguna. La tesis es que si no se golpea el origen del fuego, dentro de territorio ruso, los ataques seguirán. No dar a Ucrania misiles de largo alcance fue, según esta lectura, un error de cálculo que se paga caro.
El argumento se remonta más atrás. La agresión a Georgia en 2008 ya cruzó una línea y la culpa se le echó al agredido. Desde entonces, la escalada ha sido constante y la inacción, según esta corriente, ha funcionado como invitación. La falta de respuesta al misil de Przewodów sería un eslabón más de la misma cadena.
Jersón, el Dniéper y la ratonera que nunca llegó
Mientras la autoría del misil se discutía, otra discusión corría en paralelo: la del invierno en el sur. La predicción era que el Dniéper se congelaría y que las fuerzas ucranianas quedarían atrapadas en una ratonera llamada Jersón, sin suministro eléctrico para recibir los trenes con munición y suministros. La «derrota en Jersón» se leía como un paréntesis, no como un final.
Esa lectura no ha envejecido bien. La contraofensiva rusa en la zona no se materializó como se esperaba y el relato de la ratonera quedó en el aire. La discusión sobre quién ganó en Jersón sigue abierta, pero el invierno no resolvió nada por sí solo.
El patrón que se repite: mentir desde Katyn
La desconfianza hacia la versión rusa no es nueva. La masacre de Katyn se cita como el punto de partida de una tradición de negación que llega hasta hoy. Desde esa premisa, cualquier comunicado del Kremlin sobre el misil se lee como una mentira más, y la pregunta no es si Moscú miente, sino para qué.
La conclusión que se impone en esta corriente es incómoda: la OTAN recogió el cable, atribuyó el misil a un error ucraniano y evitó el conflicto. Si fue una decisión sensata o una rendición preventiva es exactamente lo que sigue sin resolverse.