Portugal cuarta e Indonesia sexta: la lista de Taste Atlas que escuece
Portugal cuarta, Indonesia sexta, Japón segunda, Brasil duodécima y Polonia decimotercera. Ese es parte del reparto que se cita en el hilo sobre el ranking de Taste Atlas y que ha reabierto la guerra eterna sobre qué país come mejor. La primera reacción en el foro fue la sospecha: se atribuye la lista a un criterio anglosajón —«un anglo opinando de cocina», se repite— y muchos la descartan. La segunda, bastante más incómoda, apuntaba a lo que el ranking dice de la propia cocina española.
Y ahí se lió todo. Porque que Portugal quede por encima de España no molestó tanto por injusto como por sospechosamente ajustado a lo que, según algunas críticas del hilo, percibe el resto del mundo.
Qué puestos ocupa cada cocina en el ranking de Taste Atlas
El reparto que se menciona sobre la mesa: Japón segunda, Portugal cuarta, Indonesia sexta, Brasil duodécima y Polonia decimotercera; también se sitúa a Portugal por encima de China y España. Leído del tirón, el orden tiene su lógica y su despropósito a partes iguales. Una parte del público lo atribuye a un criterio anglosajón —«un anglo opinando de cocina», se repite— y descarta el conjunto de un plumazo.
No es solo soberbia patria. Que la cocina indonesia aparezca sexta o que Brasil se quede en el duodécimo puesto con poco más que feijoada y picanha como bandera es, cuando menos, discutible, según los reproches del hilo. Pero conviene separar el enfado por el puesto del análisis de por qué el puesto existe.
Por qué algunos defienden la cocina italiana
El argumento que expone simenthal a favor de
Italia no va de tomate ni de albahaca: va de transformación. Según simenthal, la cocina italiana convierte ingredientes base de poco sabor en platos suculentos, y eso, en una escala global, vale oro. También juega el volumen: pasta, pizza y calzones son tres formatos con la misma base —harina— repetidos hasta el infinito en cualquier ciudad del mundo.
La crítica de Avulense64 llega desde dentro del propio entusiasmo: «el 90% de la comida italiana es pasta». Un país que es una península y que, según ese reproche, no destaca ni por sus pescados ni por sus carnes. Y el detalle que rompe el consenso: los embutidos de elaboración —mortadela, jamón cocido— se defienden como superiores a los españoles, mientras otros los tachan de ultraprocesados hechos con subproductos animales.
Las críticas a la cocina española: sal, digestión y presencia internacional
Aquí está el hueso del asunto. Para una participante, la cocina española es indigesta y muy salada, con un problema de primer bocado: no seduce de entrada, exige acostumbrarse. Es un gusto adquirido. Y como argumento, ella señala la presencia internacional: pocos restaurantes españoles por el mundo comparado con la italiana, la japonesa o la estadounidense.
¿Significa eso que se come peor aquí? No exactamente. Según simenthal, el producto excelente —jamón, carne, pescado— no necesita elaboración, y precisamente por eso no genera una cocina exportable. La virtud se convierte en límite.
¿Por qué triunfan la pizza y el sushi y no la fabada?
Porque el mercado global premia lo replicable. La tesis que sostiene Klaus María es sencilla: se impone cualquier plato industrializable, es decir, hidratos de carbono de base, proteína encima y condimentos varios, fácil de producir con mano de obra poco especializada. Pizza, pasta, hamburguesa y sushi cumplen el patrón. La paella lo ha intentado y el resultado, a juicio de Klaus María, es una versión devaluada del original.
De ahí que el ranking se lea menos como un veredicto gastronómico y más como un mapa de lo que el mundo ha adoptado. En ese mapa, la cocina española queda señalada por su menor presencia internacional, según esas críticas.
Galicia, el cocido y el pulpo: el contraataque local
La defensa española se organiza por territorios. La cocina gallega se reivindica como la mejor sin discusión, y el pulpo a la gallega como prueba: cocerlo bien es un arte, y una buena mano convierte un plato excelente en algo fuera de categoría. El matiz incómodo es que ahí el mérito es del producto, no de la técnica.
El resto de la artillería es casera: caldo gallego, cocido con su sopa de garbanzos, hígado encebollado. Platos que, según chameleon, un jurado gourmet puntuaría con cero y que sostienen la dieta de medio país. También hay quien recuerda que la rareza es relativa: existen cocinas que sirven pulpo troceado y vivo, pescado fermentado durante meses o embutidos que aquí no tocaríamos con un palo.
El hilo discute un ranking de Taste Atlas que cita Portugal cuarta e Indonesia sexta; la cocina gallega se reivindica al margen de esas listas. Y ahí sigue la brecha: para el reproche del hilo, un 90% de pasta; en casa, cocido para el domingo.