Del visón al McDonald's 24 horas: la Gran Vía que ya no vuelve
La Gran Vía fue una calle de cines de estreno, cafeterías buenas, terrazas caras y gente bien vestida. Quien la recuerda así sostiene que el paisaje se ha degradado hasta ser irreconocible: ropa barata, franquicias clonadas y una sensación de abandono que achaca a la política. La réplica llega con fechas y no discute el cambio, discute el diagnóstico:
la calle estaba mucho peor en los años ochenta. Entre esas dos posiciones se libra el pulso sobre qué ha pasado de verdad en el kilómetro cero comercial de Madrid.
El McDonald's 24 horas: cronología de un cambio
Pocos locales resumen mejor la transformación que el de la hamburguesería abierta
24 horas. Ocupa lo que antes fue una joyería de dos plantas, según el relato de uno de los participantes. Sobre su antigüedad hay discrepancia: unos aseguran que lleva más de 40 años en la misma esquina y otros lo sitúan, al menos, en 30. Quien trabajó en el entorno entre
1987 y 2005 describe una arteria principal con cines señoriales, cafeterías de los cincuenta y hasta ascensorista en la Casa del Libro, rematada con un martini en el Círculo de Bellas Artes. De aquello, dice, quedó lo que resume con una frase de cine: «todo perdido como lágrimas en la lluvia». Los cines cerraron, las tiendas de referencia se marcharon y el hueco lo ocuparon franquicias de ropa, comida rápida y musicales para visitantes.
¿Estaba la Gran Vía peor en los años ochenta?
Sí, sostiene buena parte de quienes vivieron la zona siendo niños. La droga y la prostitución callejera campaban por Barco, Muñoz Torrero y Valverde, el llamado triángulo que asustaba a propios y extraños. «Entonces sí que daba miedo ir por allí», resume uno de esos testimonios. La conclusión de esta corriente es que el centro ha mejorado de forma objetiva y que comparar el nivel de vida actual con la miseria de entonces es hacer trampa, o directamente nostalgia de barrio caro. La otra parte responde que el progreso material no compensa la pérdida de estatus del escaparate urbano, y que una avenida no se mide solo en seguridad.
Turistas, vecinos y quién pasea realmente por el centro
Aquí aparece el factor que reordena el diagnóstico. Quien recorre a diario Gran Vía y Sol asegura que, si uno se fija en el idioma, el porcentaje de
turistas extranjeros es enorme, desproporcionado respecto a los residentes: los madrileños, dice, han dejado de bajar a su propia milla de oro. De madrugada el panorama es otro. Junto al McDonald's que nunca cierra se acumulan personas sin hogar, y en la cercana calle Montera siguen ejerciendo trabajadoras sexuales, varias de ellas las mismas desde hace años, según quienes pasan por allí a diario. No es, insisten, ninguna novedad: en plena Gran Vía también las había una década atrás. Una parte de los mensajes deriva hacia descalificaciones por el origen o la apariencia de los viandantes; es la capa más ruidosa y la que menos aporta al diagnóstico del problema.
Leganitos, Luna y San Bernardo: la otra cara del centro
El deterioro no es homogéneo y ahí el relato se rompe. Hay quien sostiene que calles laterales que hace décadas tenían mala fama —Leganitos, la plaza de los cines Luna, San Bernardo, el entorno de Tirso de Molina— han mejorado, mientras la arteria principal se percibe más sucia; otros sitúan en esas mismas calles el nuevo foco del problema. Lo mismo ocurre al comparar ciudades: hay quien defiende que Barcelona está mucho peor y quien replica que Madrid solo aguanta por su centro monumental. Una intervención saca a relucir que la Fórmula 1 no renueva en Barcelona y aterriza en Madrid, con el gasto que eso deja en una ciudad y no en la otra; otra recuerda que todas las capitales occidentales comparten ya mismas tiendas, mismo perfil de visitante y misma comida. Es el argumento del
globalismo como destino común, gobierne quien gobierne.
El culpable: ¿la política o el capitalismo de franquicia?
La pelea política es la más ruidosa y la menos conclusiva. Una corriente carga el declive contra décadas de gestión socialista en el Gobierno y en el Ayuntamiento, con la tesis de que ese modelo vive del dinero de todos sin ser productivo. Otra responde que la primera gran operación inmobiliaria del centro se hizo bajo gobierno del PP y que la degradación arranca justo de ahí, sin más prueba que la propia convicción, porque el cruce de acusaciones se queda casi siempre en el titular. Y una tercera, más transversal, señala que el problema no es ideológico sino de modelo: la franquicia expulsa al pequeño comercio y convierte la calle en un
parque temático de consumo idéntico en Madrid o en cualquier otra capital occidental. Nada de esto era
Disneyland, recuerdan los veteranos, ni siquiera cuando parecía serlo.
Con esos mimbres, el diagnóstico se atasca justo donde empezó. Los datos que se manejan son testarudos con el pasado reciente —el salto en seguridad y servicios entre los ochenta y hoy es incontestable— pero ninguno mide lo que se discute aquí de verdad: si una avenida puede seguir siendo el salón de una ciudad cuando su público ya no es la ciudad.