Un forero denuncia que la mayoría prefiere no enterarse del desmoronamiento social
Hay una escena que se repite en conversaciones de sobremesa y en grupos de mensajería: alguien comparte una noticia incómoda y recibe como respuesta un reproche. «No me mandes cosas negativas», le dicen. El fenómeno no es nuevo, pero en los últimos tiempos se ha vuelto más visible: una parte de la población ha decidido que la realidad es demasiado incómoda para mirarla de frente. El planteamiento que abre este análisis es contundente: entre familiares, amigos y conocidos, casi nadie se entera de nada, y los pocos que se enteran prefieren hacer como si no pasara nada. La queja de fondo no es solo la ignorancia ajena, sino la soledad de quien cree ver lo que otros niegan.
La conversación derivó pronto hacia una pregunta incómoda: ¿qué responsabilidad tiene cada uno en el sistema que dice rechazar? La crítica más repetida apunta a una
infantilización de la población que habría convertido la ignorancia en refugio. La educación, el discurso público y el entretenimiento habrían creado un entorno donde cuestionar el relato oficial te convierte en el raro. Y el raro, en una sociedad que premia la conformidad, termina callado.
La anestesia colectiva: de la crisis de 2008 a la pandemia
El diagnóstico más compartido es que la población ha sido anestesiada a base de crisis sucesivas. Se enumeran los sustos que debían acabar con el mundo y no lo hicieron: la crisis de los misiles de Cuba, el agujero en la capa de ozono, la amenaza de una tercera guerra mundial, el derretimiento polar, el terrorismo internacional, los volcanes de Yellowstone, las pandemias que convertirían a la gente en zombis, las bacterias resistentes, los misiles rusos sobre Europa. La acumulación de amenazas habría producido el efecto contrario al buscado: la plebe, dicen, ya no reacciona a nada.
Ese cansancio tiene una consecuencia económica concreta. Si todo es una emergencia, nada es una emergencia. La gente sigue con su vida aunque esté a una nómina de la indigencia, confiando en que el Estado resolverá el problema con alguna paga. Es el mecanismo que describe una de las intervenciones más lúcidas: durante décadas se ha educado a la población en que el Estado solucionará la papeleta cuando vengan mal dadas. El resultado es una sociedad que espera el rescate en lugar de organizarse.
La ética como víctima colateral
Hay un segundo diagnóstico que compite con el anterior y lo complementa. No se trataría solo de anestesia, sino de descomposición moral. Lo que se ha desmoronado es la ética, la moral, la honestidad y todos los valores sin los cuales, sostiene esta corriente, somos bestias. El mal campa a sus anchas, y la población ha normalizado lo que antes habría provocado escándalo.
La educación aparece en el centro del debate. Una parte de los análisis sostiene que la escuela ha dejado de transmitir valores, principios y ética para convertirse en un centro de adoctrinamiento. La crítica se dirige a lo que consideran prioridades impuestas: qué votar, el feminismo, el independentismo, la inclusividad, la tolerancia con toda clase de culturas, no quejarse del sueldo. El ciudadano medio, concluyen, se ha creído todo lo que le han dicho en televisión.
El avestruz como estrategia de supervivencia
La imagen del avestruz que esconde la cabeza recorre toda la discusión. La pregunta es por qué. La respuesta más repetida no es la estupidez, sino el miedo. La gente prefiere la ignorancia como mecanismo de defensa porque su frágil psique no es capaz de imaginar el horror. Es la tesis que resume una de las intervenciones más citadas: los despiertos siempre han sido una minoría, y el resto prefiere no saber.
La literatura aporta el marco. Una cita de Goncharov, en
Oblómov, describe con precisión el fenómeno: «Les produjo un verdadero asombro que se hubiera derrumbado la galería, cuando el día anterior se maravillaban de que aún se mantuviera en pie». La galería se cae y nadie entiende cómo, aunque ayer mismo se preguntaban cómo aguantaba.
Hay quien lleva el análisis más lejos y distingue entre dos distopías simultáneas. Una mayoría que todavía vive en el mundo feliz —funcionarios, jubilados, perceptores de ayudas— y una minoría empobrecida que, al intentar protestar, descubre que está en 1984. La mezcla de ambas, sostienen, explica la parálisis.
La trampa de la responsabilidad individual
El giro más incómodo llega cuando la discusión abandona la crítica al sistema y apunta al individuo. ¿Te vacunaste y fuiste uno más de ellos? La pregunta funciona como examen de coherencia: si participaste del mecanismo que denuncias, no tienes autoridad para dar lecciones. La respuesta de quien se vacunó no tarda: si montaron el circo fue porque necesitaban pincharlo, y no les valía con echarlo en el agua del grifo.
El argumento deriva hacia una sospecha más oscura. Se sostiene que todo el montaje de la pandemia fue una trama de psicosis colectiva destinada a que la gente acudiera voluntariamente a inyectarse una sustancia desconocida. La hipótesis que circula es que se trata de un tipo de droga de sumisión permanente, y que solo así se entiende que la gente se haya vuelto tan apática y que le dé igual todo. Conviene subrayar que esta hipótesis no está respaldada por ninguna evidencia aportada en el debate.
La consecuencia política es la impunidad. Escándalos y corruptelas que en cualquier otro tiempo habrían hecho caer a un gobierno se amontonan unos detrás de otros sin consecuencia alguna.
La decadencia como destino y el renacimiento como excusa
La discusión se divide entre quienes creen que la decadencia no tiene solución y quienes sostienen que sí, pero exige moverse. La respuesta más dura es que si no hay solución, hay que moverse igual para desaparecer con dignidad. El reproche es que aquí no hay ni dignidad ni movimiento.
El diagnóstico más cínico distingue por franjas sociales. Si estás en la cima o cerca de ella, lo que pasa te favorece materialmente. Si estás en el 95% restante, ya sabes que no puedes cambiarlo. En ambos casos, la conclusión es la misma: no importa.
Hay quien propone dejar que todo se desmorone de una vez, o incluso contribuir a ello, porque solo entonces habrá una oportunidad de renacer. Y hay quien responde con el cálculo más frío: la decadencia puede tener solución, pero exige movimiento, y el movimiento no llega.
El cierre más repetido no es una profecía, sino una advertencia sobre quién pagará la factura. La mayoría de votantes de los partidos que sostienen el sistema no verán las consecuencias. Otros y sus descendientes las vivirán. Y cuando les toque, muchos de los que hoy miran hacia otro lado buscarán ayuda. La respuesta que se anticipa es la misma que ellos dieron: hacerse el loco.