El PP abre la puerta a recortar festivos y vacaciones para «defender la democracia»
Hay una forma segura de perder elecciones y es anunciar que vas a quitarle días libres a quien ya trabaja más horas que la media europea. Eso es, en esencia, lo que se atribuye al PP en el arranque de esta discusión: la idea de «sacrificar» festivos y vacaciones apelando a la defensa de la democracia y la libertad. La reacción no se hizo esperar y el consenso fue casi unánime: si el objetivo es eliminar vagos, empieza por los subsidios y los chiringuitos, no por el calendario laboral de quien sostiene el sistema.
Qué se plantea exactamente y por qué se lee como provocación
El punto de partida es una propuesta que se resume en trabajar más días a cambio de nada, presentada como gesto cívico. El argumento oficial sería que la productividad y la sostenibilidad del Estado exigen más esfuerzo de los ciudadanos. El problema es el orden de las prioridades: antes de tocar un festivo, hay quien pide eliminar subsidios, recortar pensiones y sueldos públicos hasta cuadrar cuentas, suprimir chiringuitos y aplicar impuestos a la acaparación de inmuebles y bienes de lujo. Solo después, dicen, se podría hablar de quitar un día de descanso.
La comparación con Macron no es casual. El presidente francés intentó algo parecido con la reforma de las pensiones y el resultado fue un estallido social. Aquí, la propuesta se presenta como «liberal», aunque varios análisis la califican de liberalismo discontinuo: quitar festivos sí, pero sin tocar antes el gasto superfluo ni las estructuras que se consideran parasitarias.
El cálculo que deja en evidencia el relato del esfuerzo
Los números que circulan en la discusión no ayudan al relato oficial. Un docente desglosa el calendario escolar: 13 días lectivos en diciembre, 17 en enero, 13 en abril, cero en julio y cero en agosto. Total: 172 días lectivos al año. La cifra, puesta sobre la mesa, sirve para dos cosas: para recordar que hay sectores con calendarios muy distintos y para avivar la comparación entre funcionarios y trabajadores del sector privado.
El otro cálculo incómodo es el de las horas anuales. España ya está por encima de buena parte de Europa en horas trabajadas al año, según se sostiene en el debate. Si el problema es la productividad y no la presencia, quitar festivos no arregla nada: solo reparte más cansancio entre los mismos. El desglose completo, partida a partida, deja una diferencia que sorprende a quien cree que aquí se trabaja poco.
Quién paga el sacrificio: el debate sobre los privilegios de la clase política
El argumento más repetido es el de la asimetría. Quien propone el sacrificio cobra alrededor de 5.000 euros al mes, no ficha y disfruta de vacaciones que ya querrían muchos. La petición de que prediquen con el ejemplo aparece una y otra vez: que empiecen eliminando festivos, vacaciones y fines de semana para políticos y altos cargos, y que los servidores públicos sean los primeros en dar ejemplo.
A esto se suma la sospecha sobre el origen real de las medidas. Hay quien sostiene que las directivas principales vienen de Bruselas y que los partidos mayoritarios las aplicarán cueste lo que cueste, con el resultado de hacer trabajar más, cobrar más y complicar la vida a los ciudadanos europeos mientras los eurodiputados siguen viviendo en su burbuja.
El trasfondo: productividad, deuda y un país que no arranca
El diagnóstico de fondo es más pesimista. Se argumenta que España tiene la productividad en mínimos, sectores de bajo valor añadido y una masa crítica de ciudadanos que vive de ayudas públicas. Con ese punto de partida, quitar festivos no salva nada: es maquillaje sobre un problema estructural. La deuda, la chatarra comprada al amo gringo y el coste de mantener el chiringuito son los verdaderos agujeros.
La conclusión de muchos es que el sistema ya no da más de sí y que estas medidas solo aceleran su desgaste. Otros, en cambio, defienden que sin más esfuerzo no hay salida posible. El desacuerdo no es sobre los datos, sino sobre quién debe pagar la factura.
¿Y si el problema no fuera cuántos festivos quedan, sino quién decide cuáles se sacrifican y para qué?