Setenta veces siete: la jornada espiritual que no se toma vacaciones
Este jueves 13 de agosto, la liturgia católica ofrece un menú doble: la lectura de Ezequiel (12,1-12) y el Evangelio con la respuesta de Jesús sobre el perdón: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». La cita llega en pleno agosto, cuando la actividad económica se ralentiza, pero la agenda de la fe no descansa. La programación incluye adoración eucarística a las 18.00, rosario a las 19.25, santa misa a las 20.00 y un rosario extra a las 22.00 –el famoso «Sto. Rosario» que da título a la jornada.
La aritmética del perdón
Setenta veces siete no es una cifra para contadores: es una hipérbole que significa, simplemente, «siempre». En un mundo financiero donde todo se mide en ratios de morosidad y provisiones, esta matemática divina resulta más subversiva que muchos panfletos anticapitalistas. El pasaje de Ezequiel, con ese pueblo rebelde que «tiene ojos para ver, y no ve», podría leerse como una crítica a la miopía de unos mercados que no quieren ver la próxima burbuja. La homilía del padre Santiago Martín, de los Franciscanos de María, insiste en no olvidar las acciones del Señor. Un consejo que también vale para los inversores con memoria selectiva.
La espiritualidad, con horario de oficina
La jornada religiosa también tiene sus franjas: la Coronilla de la Divina Misericordia, ideal a las 15.00, «porque es la hora de la misericordia». Luego, la tanda de la tarde. No es trivial la obsesión por los horarios: la rutina como vehículo de contemplación es una herencia de los Padres del Desierto, cuyos apotegmas se recogen en un libro en línea (surco.org). La tradición católica lleva siglos gestionando el tiempo mejor que la mayoría de las empresas.
El cierre, sin consenso: que una agenda espiritual con horas punta y un concepto infinito del perdón se mantengan intactos en un mundo de datos y algoritmos. O quizá por eso mismo sobreviven. La pregunta que nadie responde es si el mercado acabará algún día perdonando «setenta veces siete» a los deudores. No lo parece.