Retóricas y glorias (Gabriel Albiac en El Debate)

Retóricas y glorias (Gabriel Albiac en El Debate)
RESUMEN DEL MENSAJE INICIAL · elaborado con IA

La retórica política no describe la realidad, la fabrica. Cuando una anciana muere tras un desahucio en 2026, la culpa se atribuye a quien tenía siete años en 1985, no a quienes diseñaron y mantuvieron la ley. La política no inventa mundos: los impone. Y lo hace con una herramienta tan antigua como la propia palabra que la nombra.

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La retórica política no describe la realidad, la fabrica. Cuando una anciana muere tras un desahucio en 2026, la culpa se atribuye a quien tenía siete años en 1985, no a quienes diseñaron y mantuvieron la ley.

La política no inventa mundos: los impone. Y lo hace con una herramienta tan antigua como la propia palabra que la nombra. Gabriel Albiac lo recordaba en El Debate al hilo de un suceso concreto: una anciana hospitalizada y fallecida en 2026 tras ser desahuciada en aplicación de la ley de arrendamientos urbanos vigente. La pregunta no es quién firmó el desahucio, sino quién diseñó el marco legal que lo hizo posible. Y la respuesta, según el artículo, no apunta a quien muchos señalarían.

Gorgias ya lo advirtió en el siglo IV a. C.

Platón pone en boca de Gorgias una confesión incómoda. El sofista presume ante Sócrates de que su arte, la retórica, puede más que la medicina. Cuenta que acompañaba a su hermano médico a casa de enfermos que rechazaban la operación o la cauterización, y que él los convencía sin más auxilio que la palabra. Añade algo más perturbador: si un médico y un orador debaten en una asamblea sobre quién debe ser elegido médico, no se hará caso al médico. Ganará el orador. La realidad, viene a decir, no es obstáculo para el político avezado.

En la Atenas del siglo IV a. C., el instrumento era la elocuencia oral. Los sofistas cobraban sumas elevadas por enseñarla. El término no tenía entonces la carga peyorativa de hoy. Eran maestros ambulantes de un arte que Platón diseccionó con admiración y recelo a partes iguales.

De la plaza pública a la sociedad del espectáculo

Guy Debord describió en 1967 la «sociedad del espectáculo»: un mundo donde las ficciones narrativas suplen a la realidad y ajustan el deseo de los ciudadanos al deseo de quienes ocupan el poder. Albiac retoma esa idea y la lleva a su terreno. Un siglo de control sobre los medios que moldean el imaginario colectivo ha producido, sostiene, sociedades zombis. No es una metáfora amable. Es un diagnóstico amargo que el autor asume sin adornos: se declara demasiado viejo para soñar con ver otra cosa que la niebla de este mundo idiotizado.

La retórica, en este contexto, no es un adorno del discurso. Es la infraestructura misma de la política. Construye evidencias morales que se imponen como tétricas ficciones. Y cuando la realidad se cuela por alguna grieta, el relato se recompone con rapidez.

El caso que lo ilustra: una ley de 1985 y una muerte en 2026

La ley de arrendamientos urbanos que permitió el desahucio fue elaborada en 1985 por Miguel Boyer, ministro de Felipe González. Fue reforzada en 1994 por José Borrell, ministro de Obras Públicas con el mismo presidente. El modelo se presentó como arquetipo de modernidad socialista frente al proteccionismo franquista. Pedro Sánchez lo aplicó durante ocho años.

Cuando en 2026 una anciana muere tras ese desahucio, la cadena de responsabilidades que traza Albiac es deliberadamente incómoda. No son Boyer, fallecido, ni Borrell. Tampoco Felipe González, que presidía el gobierno en 1985. Ni Sánchez, que mantuvo el marco. Ni el PSOE, cuyo frente ocuparon todos ellos. La responsabilidad recae, según este razonamiento, en Isabel Díaz Ayuso, que en 1985 tenía siete años. O en el alcalde Almeida, que fue quien negoció para detener el desahucio.

El caso es límite. No es el único, pero sí el más sombrío. La retórica ha invertido la realidad hasta tal punto que la culpa se desplaza de quien legisla a quien no había nacido cuando se legisló. Eso es la política hoy, concluye Albiac. En nuestra sociedad del puro espectáculo.

Datos clave
  • Gabriel Albiac publica «Retóricas y muertes» en El Debate el 09/10/2026
  • La ley de arrendamientos urbanos que permitió el desahucio se elaboró en 1985 por Miguel Boyer
  • José Borrell reforzó esa ley en 1994 como ministro de Obras Públicas
  • Pedro Sánchez aplicó el modelo durante ocho años
  • Isabel Díaz Ayuso tenía siete años en 1985, cuando se aprobó la ley
Resumen generado con inteligencia artificial a partir del primer mensaje del tema.

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Retóricas y gloria​

09/10/2026

Gabriel Albiac-El Debate
  • Cuando en 2026, tras la aplicación de esa ley socialista de desahucio, una anciana acaba hospitalizada y muere, no son ni Boyer (a título póstumo) ni Borrell los responsables. Tampoco Felipe González que los presidía. Ni Sánchez que perseveró en ella. Lo es Isabel Díaz Ayuso. Que entonces tenía siete años
En política, la retórica crea realidad. A la medida. Es algo tan viejo como la palabra «política». Los que alardean modernidad vomitando sin ton ni son el sustantivo «relato» (traducido al griego clásico, «mito») como innovador abracadabra de nuestro presente, se evitarían unas cuantas arrobas de ridículo con el sólo esfuerzo de echar una ojeadilla a los diálogos –tan polémicos cuanto admirativos– que Platón dedica a los dos más grandes expositores del arte de imponer convicción inquebrantable a través de la mentira bien artesanada: Gorgias y Protágoras.

Tomemos la más didáctica de esas páginas. El momento (Gorgias, 456b), en el que da Platón voz al sofista que ha venido a ofrecer su magisterio oratorio en Atenas. «¿Cuál es» –le inquiere Sócrates– «el verdadero poder de la retórica?». Y Gorgias despliega ante al ateniense la grandeza del arte casi mágico de poner a su servicio la potencia de todas las demás artes: «Voy a darte una prueba convincente de ello. Me ha sucedido muchas veces que, acompañando a mi hermano y a otros médicos a casa de uno de esos enfermos que no quieren tomar la medicina o confiarse al médico para una operación o cauterización, cuando el médico no podía convencerle, yo lo conseguí sin otro auxilio que la retórica. Si un médico y un orador van a cualquier ciudad y se entabla un debate en la asamblea sobre cuál de los dos ha de ser elegido como médico, yo te aseguro que no se hará ningún caso al médico; y que, si él así lo quiere, será elegido siempre el orador». Del mismo modo, en cualquier oficio. La realidad no es nunca obstáculo para el avezado político.

En la Atenas del siglo IVº a.c., la imposición política de lo real contaba apenas con un instrumento eficiente: la elocuencia oral. De ahí, el prestigio y los altos salarios que eran atribuidos a los maestros ambulantes de retórica, que recibían el nombre –entonces elogioso– de sofistas. En este universo nuestro de absorción escénica, que Guy Debord diseccionó como «sociedad del espectáculo», todo el dispositivo de las ficciones narrativas asume la tarea de construir universos paralelos que suplen a la realidad y ajustan el deseo de los ciudadanos al deseo de quienes, desde el vértice del poder, imponen como evidencias sarracena sus más tétricas ficciones. Un siglo ya de control total sobre los medios que cincelan el imaginario humano, ha dado en configurar sociedades zombis. Soy demasiado viejo para soñar que veré ya otra cosa que no sea la niebla de este mundo idiotizado.

Una pobre anciana muere después de haber sido desahuciada en aplicación de la vigente ley de alquileres. Ésa ley fue elaborada, en el año 1985, por Miguel Boyer, ministro de Felipe González, reinventor del PSOE. Reforzada, en 1994 y también bajo Felipe González, por José Borrell, ministro de Obras Públicas. El modelo Boyer-Borrell fue ofrecido como arquetipo de modernidad socialista en el ámbito del arrendamiento urbano, frente al arcaico proteccionismo franquista. Y como tal lo aplicó Sánchez durante ocho años.

Era 1985. Cuando en 2026, tras la aplicación de esa ley socialista de desahucio, una anciana acaba hospitalizada y muere, no son ni Boyer (a título póstumo) ni Borrell los responsables. Tampoco Felipe González que los presidía. Ni Sánchez que perseveró en ella. Ni mucho menos el partido socialista, a cuyo frente todos ellos oficiaron. Lo es Isabel Díaz Ayuso. Que entonces tenía 7 años. O el alcalde Almeida, que fue el único que, al cabo, negoció para parar ese desahucio.

Es un caso límite en el vuelco de la realidad por la escenografía. Más triste, más sombrío. Pero eso es la política. Hoy. En nuestra sociedad del puro espectáculo.
 

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