Eric Finch
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Corrupción: eso es todo
07/10/2026Gabriel Albiac-El Debate
- El parlamento ha sido disuelto porque Pedro Sánchez se sabe a un paso de caer en manos de los jueces. Y necesita una mayoría mucho más amplia para poder neutralizarlos con eficacia. Si la logra, ya sabemos en qué quedará la división de poderes. Esto es: la democracia
Desterrado ahora, el hombre de acción se aburre. Halla blindaje al desánimo en la lectura de los clásicos. Y en la Primera Década de Tito Livio piensa haber dado con la clave del laberinto que es el de su oficio propio. Las repúblicas mutan, desarrollaba el historiador romano; mutan las costumbres, mutan los hombres. ¿En torno a qué constante diamantina?, se pregunta el recluido en Sant’Andrea. Y anota su respuesta. Sí, algo persevera a todas las descomposiciones: la descomposición misma es la esencia del tiempo político, el hilo rojo que permanece intacto a lo largo de sus metamorfosis. Y que hace inane cualquier valoración sarracena de un político u otro, «dada la similitud que, en este campo, se da entre la virtud y el vicio».
Difícilmente, el arrogante florentino hubiera podido dar con un ejemplo más puro de su tesis que este que la trágica España en la que vivimos exhibe hoy ante nuestros ojos.
La corrupción, nadie se engañe, estaba dada desde el texto mismo de la Constitución de 1978. Como constricción material para el tránsito al nuevo régimen. Después de cuatro decenios de prohibición, ¿de dónde iban a sacar los recién nacidos partidos los costosísimos fondos para su financiación estable? Quien quiera responder que de las cuotas pagadas por sus afiliados, merece una hornacina en el altar de los santos inocentes. Todos sabían –porque no había otra opción– que saldría, en primer lugar, de lo que, a cambio recalificar el suelo, se aviniesen a pagar los constructores a las autoridades locales y autonómicas que lo controlaban.
Ése fue el punto de arranque. A partir de él, se hizo necesario tejer el entramado que hiciera invisible el flujo, cada vez más copioso, de dinero [zain]. Y por supuesto que los individuos a cargo de la lavadora debían, en justicia, recibir la parte alícuota a la cual les daba derecho el riesgo del delito monetario que estaban asumiendo. Todos, desde entonces, hemos convenido en mirar hacia otra parte. Pero, de verdad, ¿alguien se cree que el fantástico tren de vida de los, ahora añosos, padres de la patria en activo o jubilados viene de sus comedidos sueldos o pensiones?
El apaño se llevó con discreción: todos ganábamos con ello. Hasta que sucedió aquello que el diplomático florentino vaticinaba inevitable: que la corrupción, llegada a su punto límite, exige un cambio de régimen. Llegar al poder supremo desde la base material de las saunas de Sabiniano Gómez no permitía esperar lo mejor. Y lo peor, naturalmente, se produjo: la corrupción degeneró en necrosis. Sólo la acción judicial ha permitido acotarla. Y forzar el desenlace abrupto al cual nos asomamos.
Por los jueces, sabemos que el número dos del presidente del gobierno es un delincuente. Condenado. Que lo es –también condenado– su hermano. Que camino del banquillo van su esposa y su brazo derecho en el partido. Que un fiscal general torció la ley para complacerlo. Que su enjoyado mentor áulico es sospechoso de los más turbios enjuagues del tráfico venezolano. Que enviados de sus enviados negociaron con narcotraficantes la «eliminación» de una de esos jueces poco comprensivos con la Familia…
Así que nadie venga ahora con elegías de pobres ancianas en desahucio. A los tipos duros de esta clase «humanitaria» de Familia, el desvalimiento o no de una anciana se les da igual. El parlamento ha sido disuelto porque Pedro Sánchez se sabe a un paso de caer en manos de los jueces. Y necesita una mayoría mucho más amplia para poder neutralizarlos con eficacia. Si la logra, ya sabemos en qué quedará la división de poderes. Esto es: la democracia.
