Corrupción: eso es todo (Gabriel Albiac en El Debate)

Corrupción: eso es todo (Gabriel Albiac en El Debate)
RESUMEN DEL MENSAJE INICIAL · elaborado con IA

Gabriel Albiac sostiene en El Debate que la corrupción está en el origen mismo de la Constitución de 1978 y que Pedro Sánchez disolvió el parlamento para protegerse de los jueces. El artículo repasa los casos judiciales que rodean al gobierno y concluye que solo la acción judicial ha permitido acotar la corrupción.

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Gabriel Albiac sostiene en El Debate que la corrupción está en el origen mismo de la Constitución de 1978 y que Pedro Sánchez disolvió el parlamento para protegerse de los jueces. El artículo repasa los casos judiciales que rodean al gobierno y concluye que solo la acción judicial ha permitido acotar la corrupción.

El columnista Gabriel Albiac publicó el 7 de octubre de 2026 en El Debate un artículo titulado «Corrupción: eso es todo» en el que sostiene que la corrupción no es un accidente del sistema político español, sino su punto de partida. La tesis central es que el texto constitucional de 1978 contenía ya las condiciones materiales que hicieron inevitable el desvío de fondos hacia la financiación de los partidos recién nacidos.

La financiación de los partidos y el suelo recalificado

Albiac plantea una pregunta incómoda: después de cuatro décadas de prohibición, ¿de dónde iban a sacar los partidos recién legalizados el dinero para financiarse de forma estable? Responde que quien diga que de las cuotas de los afiliados merece, en sus palabras, una hornacina en el altar de los santos inocentes. La respuesta real, sostiene, era otra: los constructores pagaban a las autoridades locales y autonómicas a cambio de recalificar suelo.

Ese fue el arranque. A partir de ahí se tejió un entramado para hacer invisible el flujo de dinero negro. Y quienes gestionaban ese mecanismo, argumenta el columnista, recibían su parte proporcional al riesgo delictivo que asumían. La consecuencia, según su análisis, es que el tren de vida de muchos cargos públicos de la transición y posteriores no puede explicarse con sus sueldos ni con sus pensiones.

El apaño funcionó con discreción durante años porque, en su lectura, todos ganaban con él. Hasta que se produjo lo que el propio Albiac presenta como inevitable: que la corrupción, llegada a su límite, exige un cambio de régimen.

De las saunas de Sabiniano Gómez a la necrosis

El artículo sitúa un punto de inflexión en lo que describe como el salto al poder supremo desde la base material de las saunas de Sabiniano Gómez. A partir de ahí, sostiene, la corrupción degeneró en lo que llama necrosis. Y añade que solo la acción judicial ha permitido acotarla y forzar el desenlace abrupto al que, según él, España se asoma.

Albiac enumera una serie de casos que, afirma, los jueces han ido destapando. Menciona que el número dos del presidente del gobierno fue condenado como delincuente. Que su hermano también lo fue. Que camino del banquillo van su esposa y su brazo derecho en el partido. Que un fiscal general torció la ley para complacerlo. Que su mentor áulico es sospechoso de los enjuagues más turbios del tráfico venezolano. Y que enviados de sus enviados negociaron con narcotraficantes la eliminación de una jueza poco comprensiva con la familia.

El columnista no aporta en el texto números de causa, fechas de sentencia ni referencias judiciales concretas. Se limita a afirmar que los jueces saben todo eso.

El parlamento disuelto y el control de los jueces

La parte final del artículo conecta la corrupción con la decisión de disolver el parlamento. Albiac sostiene que Pedro Sánchez disolvió las cámaras porque se sabe a un paso de caer en manos de los jueces. Y que necesita una mayoría mucho más amplia para poder fumigarlos con eficacia.

Si la logra, escribe, ya sabemos en qué quedará la división de poderes. Esto es, remata: la democracia.

El artículo cierra con una pulla a lo que describe como elegías de pobres ancianas en desahucio. A los tipos duros de esa clase humanitaria de familia, dice, el desvalimiento de una anciana se les da una higa.

El marco maquiavélico

Albiac abre el texto con un largo preámbulo sobre Nicolás Maquiavelo. Relata que en 1513, tras sobrevivir a sesiones de tortura en los calabozos del Bargello bajo cargos de conjura contra los Medici, el canciller florentino se retiró a una campiña a leer a Tito Livio. De esa lectura, dice Albiac, salió la idea de que las repúblicas mutan, mutan las costumbres y mutan los hombres, pero algo persevera: la descomposición misma como esencia del tiempo político.

Ese hilo rojo, argumenta, hace inane cualquier valoración moral de un político u otro, dada la similitud entre virtud y vicio. Y concluye que difícilmente Maquiavelo habría encontrado un ejemplo más puro de su tesis que la España actual.

El artículo es, en conjunto, una columna de opinión. Las afirmaciones sobre condenas, imputaciones y negociaciones con narcotraficantes que aparecen en el texto no van acompañadas de referencias judiciales verificables en el propio artículo. Cualquier lector que quiera formarse un juicio sobre esos casos debería consultar las resoluciones judiciales y las fuentes oficiales.

Datos clave
  • Gabriel Albiac publicó «Corrupción: eso es todo» en El Debate el 7 de octubre de 2026.
  • El artículo sostiene que la corrupción estaba dada desde el texto de la Constitución de 1978.
  • Albiac afirma que Sánchez disolvió el parlamento para protegerse de los jueces.
  • El texto menciona las saunas de Sabiniano Gómez como base material del salto al poder supremo.
  • El preámbulo sitúa a Maquiavelo en 1513 leyendo a Tito Livio tras sobrevivir a torturas en el Bargello.
Resumen generado con inteligencia artificial a partir del primer mensaje del tema.

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Corrupción: eso es todo​

07/10/2026

Gabriel Albiac-El Debate
  • El parlamento ha sido disuelto porque Pedro Sánchez se sabe a un paso de caer en manos de los jueces. Y necesita una mayoría mucho más amplia para poder neutralizarlos con eficacia. Si la logra, ya sabemos en qué quedará la división de poderes. Esto es: la democracia
Arropado en el sosiego arrogante del vencido cuya fuerza no pudo ser quebrada, un desterrado deja correr sus horas de tediosa campiña anotando la edición de Tito Livio que juzga su propiedad más preciosa. Corre el año 1513. Bajo cargos de conjura contra los restaurados Medici, el aún joven canciller ha sobrevivido, en los calabozos del Bargello, a minuciosas sesiones de tortura. No se ha doblegado. Y, al día siguiente de salir de allí, celebra su dureza en apoteósica juerga con los amigos. Es el sello del canciller Niccolò Machiavelli. Lo será siempre.

Desterrado ahora, el hombre de acción se aburre. Halla blindaje al desánimo en la lectura de los clásicos. Y en la Primera Década de Tito Livio piensa haber dado con la clave del laberinto que es el de su oficio propio. Las repúblicas mutan, desarrollaba el historiador romano; mutan las costumbres, mutan los hombres. ¿En torno a qué constante diamantina?, se pregunta el recluido en Sant’Andrea. Y anota su respuesta. Sí, algo persevera a todas las descomposiciones: la descomposición misma es la esencia del tiempo político, el hilo rojo que permanece intacto a lo largo de sus metamorfosis. Y que hace inane cualquier valoración sarracena de un político u otro, «dada la similitud que, en este campo, se da entre la virtud y el vicio».

Difícilmente, el arrogante florentino hubiera podido dar con un ejemplo más puro de su tesis que este que la trágica España en la que vivimos exhibe hoy ante nuestros ojos.

La corrupción, nadie se engañe, estaba dada desde el texto mismo de la Constitución de 1978. Como constricción material para el tránsito al nuevo régimen. Después de cuatro decenios de prohibición, ¿de dónde iban a sacar los recién nacidos partidos los costosísimos fondos para su financiación estable? Quien quiera responder que de las cuotas pagadas por sus afiliados, merece una hornacina en el altar de los santos inocentes. Todos sabían –porque no había otra opción– que saldría, en primer lugar, de lo que, a cambio recalificar el suelo, se aviniesen a pagar los constructores a las autoridades locales y autonómicas que lo controlaban.

Ése fue el punto de arranque. A partir de él, se hizo necesario tejer el entramado que hiciera invisible el flujo, cada vez más copioso, de dinero [zain]. Y por supuesto que los individuos a cargo de la lavadora debían, en justicia, recibir la parte alícuota a la cual les daba derecho el riesgo del delito monetario que estaban asumiendo. Todos, desde entonces, hemos convenido en mirar hacia otra parte. Pero, de verdad, ¿alguien se cree que el fantástico tren de vida de los, ahora añosos, padres de la patria en activo o jubilados viene de sus comedidos sueldos o pensiones?

El apaño se llevó con discreción: todos ganábamos con ello. Hasta que sucedió aquello que el diplomático florentino vaticinaba inevitable: que la corrupción, llegada a su punto límite, exige un cambio de régimen. Llegar al poder supremo desde la base material de las saunas de Sabiniano Gómez no permitía esperar lo mejor. Y lo peor, naturalmente, se produjo: la corrupción degeneró en necrosis. Sólo la acción judicial ha permitido acotarla. Y forzar el desenlace abrupto al cual nos asomamos.

Por los jueces, sabemos que el número dos del presidente del gobierno es un delincuente. Condenado. Que lo es –también condenado– su hermano. Que camino del banquillo van su esposa y su brazo derecho en el partido. Que un fiscal general torció la ley para complacerlo. Que su enjoyado mentor áulico es sospechoso de los más turbios enjuagues del tráfico venezolano. Que enviados de sus enviados negociaron con narcotraficantes la «eliminación» de una de esos jueces poco comprensivos con la Familia…

Así que nadie venga ahora con elegías de pobres ancianas en desahucio. A los tipos duros de esta clase «humanitaria» de Familia, el desvalimiento o no de una anciana se les da igual. El parlamento ha sido disuelto porque Pedro Sánchez se sabe a un paso de caer en manos de los jueces. Y necesita una mayoría mucho más amplia para poder neutralizarlos con eficacia. Si la logra, ya sabemos en qué quedará la división de poderes. Esto es: la democracia.
 

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