Café en vaso y churros: el desayuno que unos idolatran y otros detestan
Un desayuno no debería levantar ampollas. Basta servir el café en un vaso de cristal, añadir unos churros y bollería industrial y colocar todo sobre una barra de mármol negro para que los contertulios se lancen al cuello. La estampa de ese desayuno, con el suelo sembrado de servilletas, reabre una guerra vieja: la del
vaso contra la taza. Y no, no es una discusión menor.
¿Por qué el café en vaso ofende a tanta gente?
Hay quien lo lee como una declaración de intenciones: si te lo sirven en vaso, el bar no te respeta. Es, dicen, la
señal de alarma que llega antes que cualquier otra, y una vez vista ya no se vuelve a mirar la carta igual. Enfrente, otro sector ni recuerda haberlo sufrido así. Hay quien sostiene que el vaso se lava mejor y evita sorpresas en el borde de la taza.
¿Es un asunto geográfico o de calidad?
Cuanto más al sur, más común. En Cádiz, sostiene una corriente, casi ningún bar tiene taza y todo va al vaso de cristal. Otros apuntan que en las cafeterías en las que no se sirve torrefacto suele ponerse en taza grande. Detrás del recipiente asoma lo de siempre: el
torrefacto y el precio, con quienes consideran un abuso pasar de dos euros por esa bandeja.
Para los nostálgicos, el conjunto está incompleto sin un pitillo o un purito de los de toda la vida.
Con semejantes frentes abiertos, queda la duda de fondo: ¿el vaso es tradición o es un aviso? ¿Y cuánto debería costar un desayuno así sin que nadie se sienta estafado?