El PSOE quiere más mujeres en la construcción: el sector lo recibe con escepticismo
Un tuit de la cuenta de
THE OBJECTIVE anunciaba que el Ejecutivo busca implementar la «incorporación de mujeres» en el sector de la construcción. La reacción en el foro no se hizo esperar: entre la ironía y el análisis, la mayoría de los participantes dudó de que la medida vaya a tener un efecto real más allá del titular. La ministra socialista de Vivienda, Isabel Rodríguez, ha pedido más mujeres en el sector, según recoge otro tuit de
El Aguijón.
El debate se articula en torno a una pregunta sencilla: ¿es la construcción un sector masculinizado por falta de oportunidades o por la dureza física del trabajo? Los datos que se manejan en la discusión apuntan a que la segunda explicación pesa más de lo que el relato oficial sugiere.
Una medida que suena a titular
La propuesta no especifica cómo se piensa ejecutar. Eso deja un vacío que el foro llena con escepticismo. «No sé qué es lo que quiere hacer exactamente. Ya pueden trabajar en la construcción si quieren. Nadie les impide montar un negocio como autónomas», señala un participante. La crítica de fondo es que la medida parece más simbólica que operativa.
El argumento más repetido es que la construcción no necesita un cupo, sino que las condiciones del mercado laboral ya determinan quién entra. «El precio lo marca el mercado, no las mujeres. Además, tampoco va a haber muchas. La mayoría seguirán siendo hombres», apunta otro mensaje. La idea de que la incorporación femenina al sector no depende de una decisión política, sino de la demanda real, recorre buena parte de las respuestas.
Hay quien va más allá y sostiene que la medida podría tener efectos perversos. «Serán las albañiles del cupo, como las policías del cupo o las bomberos del cupo, una nómina improductiva más que soportar», se lee en un mensaje. La crítica apunta a que forzar la paridad en trabajos físicamente exigentes puede acabar generando puestos artificiales.
La realidad física del trabajo a pie de obra
El argumento más repetido en contra de la medida es la dureza del trabajo. «A las mujeres se las hace el chichi gaseosa levantar 8 horas sacos de 30 kilos, agacharse a poner baldosas, subirse a andamios a 50 metros, ser ferrallista, hormigonar», ironiza un participante. La descripción, aunque exagerada, apunta a una realidad que varios mensajes corroboran con experiencia directa.
Un participante que dice llevar 34 años en el sector lo expone sin rodeos: «No hay cosa peor para una obra que una mujer. Problemas con vestuarios y aseos, problemas de producción, problemas de cuadrillas, problemas de seguridad. Lo que suele funcionar muy bien es de señalistas de tráfico, todo lo demás de esfuerzo físico son problemas». Su testimonio, aunque minoritario en el tono, resume la postura de quienes creen que la incorporación femenina choca con la organización misma de las obras.
Otro mensaje incide en el desgaste físico: «La construcción es una máquina de triturar hombres. Pocos trabajadores a pie de obra veréis con 67 años; a partir de los 50 y tantos están todos triturados. Hernias discales, dermatitis, problemas respiratorios, artrosis, lesiones mal curadas de fracturas, amputaciones». La lista de dolencias, aunque dramática, subraya que el problema no es solo de género, sino de condiciones laborales.
Las mujeres que ya trabajan en el sector
No todas las mujeres están ausentes de la construcción. Un mensaje aporta un dato concreto: «Cada vez hay más mujeres albañiles: 160.288 estaban afiliadas al sector al cierre del año pasado, el máximo en la última década», según una noticia de
Infobae. La cifra, aunque no se desglosa por puestos, sugiere que la presencia femenina ya existe, aunque sea en tareas administrativas o técnicas.
De hecho, varios mensajes distinguen entre el trabajo a pie de obra y el trabajo de oficina técnica. «En oficina técnica hace décadas que están llenas de mujeres», señala un participante. La conclusión implícita es que la masculinización del sector se refiere al trabajo físico, no al conjunto de la actividad.
Una experiencia personal refuerza esa idea: «En mi entorno hay varias arquitectas, y como es normal, todas son funcionarias. Sólo una de ellas estuvo haciendo las prácticas como jefa de obra y lo odiaba. No le gustaba el polvo, sol, calor, obreros llenos de mierda hasta las cejas. Fue terminar la carrera y decidir tirar por la enseñanza». El testimonio, aunque anecdótico, apunta a que la elección profesional no es solo cuestión de oportunidades.
El argumento de la demanda y los salarios
La discusión también aborda si la construcción es un sector con salarios atractivos. «La construcción hoy en día es sinónimo de ganar mucha pasta, dado que está muy demandado», señala un participante. Sin embargo, otro mensaje matiza: «Un peón gana más si se lo monta por su cuenta y es competente haciendo el trabajo. Eso sí, también hay que currar como un desgraciado. Sin currar no ganas un duro». La idea de que el sector no es un chollo, sino un trabajo duro con remuneración variable, recorre el debate.
Un electricista aporta cifras concretas: «Yo cobro sobre 10 en bruto la hora de electricista, me han ofrecido unos 12, pero en general no pasa, y eso que suelo hacer mucha instalación trifásica». Su testimonio desmiente la idea de que la construcción sea sinónimo de altos salarios para todos.
La conclusión que se extrae de estos mensajes es que la incorporación de la mujer a la construcción no depende solo de una decisión política, sino de las condiciones reales del mercado laboral. Mientras el trabajo a pie de obra siga siendo físicamente destructivo y los salarios no sean excepcionales, es poco probable que la medida tenga un efecto masivo.
Al final, el dato que descoloca no es cuántas mujeres podrían entrar, sino cuántas se quedarían. La cifra de 160.288 afiliadas al cierre del año pasado, el máximo en una década, ya muestra que el sector no es un desierto. La pregunta es si el plan del Gobierno cambiará algo o solo añadirá una capa de titulares a un problema que se resuelve, si acaso, con mejores condiciones laborales.