Prisa se hunde un 99,9% en bolsa y el rescate público vuelve al centro
¿Cuánto vale hoy el grupo editorial que durante décadas marcó la agenda política española? En el año 2000 sus acciones cotizaban a 400 euros. Ahora valen 0,34. La caída acumulada roza el 99,9%, un desplome que convierte a Prisa en el ejemplo más citado de un negocio que, según la tesis dominante, no está para ganar dinero sino para influir. El dato no es nuevo, pero vuelve a circular cada vez que el grupo presenta resultados.
La paradoja es que ese hundimiento bursátil no ha traducido en desaparición. La familia Polanco llegó a estar entre las cinco más ricas de España; hoy no figura ni entre las cincuenta. Y sin embargo el conglomerado sigue ahí, sostenido por una red de bancos, entidades financieras y, en momentos críticos, por dinero público. Ese es el núcleo del asunto: un negocio ruinoso que nadie deja caer.
Por qué un negocio que pierde dinero no cierra
La explicación que más se repite es que Prisa no existe para generar beneficios. Existe para controlar medios. Y mientras sus propietarios estén dispuestos a perder dinero porque esa capacidad de influencia les compensa, el agujero se tapa. Hay quien sostiene que el valor real del grupo no está en el balance sino en la capacidad de orientar la conversación pública; en contra pesa el argumento de que ese modelo solo se sostiene con inyecciones externas.
El historial de rescates es largo. En 2012, con el gobierno de Mariano Rajoy, se articuló un rescate para evitar una quiebra que se daba por segura. Años después, Telefónica entró en el capital con 1.000 millones de euros y, al vender su participación, recuperó apenas unos 30 millones. El negocio redondo, ironías aparte, lo fue para quien salió; el agujero quedó dentro.
El pufo de 866 millones y la pregunta de quién paga
Las cifras que se manejan en el análisis del grupo incluyen un pufo de 866 millones de euros. La cifra se repite como recordatorio de que las pérdidas no son un accidente puntual sino una constante. La sociedad, se argumenta, es en parte instrumental: da igual que acumule números rojos porque su función no es contable sino estratégica. Está regada de dinero cada vez que hace falta.
¿Y de dónde sale ese dinero cuando el mercado no lo pone? De los presupuestos públicos. Es la conclusión que comparten análisis de signos opuestos: si el grupo es sistémico para el ecosistema mediático, no se le deja caer. El coste lo asume el contribuyente vía publicidad institucional, rescates directos o condiciones financieras favorables. La factura no aparece en la portada de ningún medio.
La oferta francesa y el fantasma de Roures
En el capítulo de compradores se ha hablado de todo. Se mencionó a Jaume Roures, un nombre que sobrevoló las quinielas y que quedó en nada. La única oferta que ha tomado forma es la de un grupo francés de derechas, lo que añade un componente de ironía: el medio que durante años ha sido azote de la derecha podría acabar en manos de un comprador ideológicamente opuesto. La operación, a la fecha de esta discusión, no estaba cerrada.
La cuestión de fondo no es quién compra sino qué se compra. Si el valor del grupo es su capacidad de influencia y no sus activos, el comprador no adquiere un negocio: adquiere una herramienta. Y las herramientas, cuando se rompen, se arreglan. No se tiran.
El precedente que nadie quiere repetir en público
El rescate de 2012 dejó una lección: en España los medios de referencia no quiebran. Se rescatan. Da igual el color del gobierno. Esa es, quizá, la conclusión más cínica y más compartida: el grupo sobrevive porque su función va más allá del balance. La caída del 99,9% en bolsa no es una noticia económica; es la constatación de que el mercado y la política juegan partidas distintas.
Mientras tanto, la gráfica sigue bajando. Y cada vez que baja, alguien recuerda que la factura, al final, la pagamos entre todos. Qué oportuno.