Grecia, la excepción en los Balcanes que no cayó tras el Telón de Acero
Cuando se traza la línea divisoria de la Guerra Fría, Grecia aparece como un enclave capitalista rodeado de vecinos comunistas: Yugoslavia, Albania, Bulgaria. No fue casualidad. A diferencia de otros países del este, Grecia quedó en la órbita occidental por una combinación de acuerdos entre las grandes potencias, una guerra civil ganada por los anticomunistas y un interés estratégico difícil de ceder.
El primer y quizás más decisivo factor fue el pacto Churchill-Stalin de 1944. En aquel acuerdo de esferas de influencia, Grecia cayó del lado británico a cambio de dejar Rumanía y Bulgaria en manos soviéticas. Stalin, fiel al trato, retiró su apoyo al Partido Comunista griego (KKE) y a los partisanos durante la guerra civil que estalló en 1946. Sin respaldo soviético, los guerrilleros comunistas fueron derrotados por las fuerzas monárquicas con ayuda británica y, más tarde, estadounidense.
El factor geopolítico fue igualmente determinante. El Mediterráneo oriental era demasiado valioso para dejarlo caer en manos soviéticas: controlar Grecia significaba vigilar el Canal de Suez, el Bósforo y las rutas hacia Oriente Próximo. El Reino Unido, y luego Estados Unidos a través de la Doctrina Truman (1947), intervinieron directamente para sostener al gobierno anticomunista. La CIA y los servicios británicos jugaron un papel activo en la guerra civil, que terminó en 1949 con la victoria del bando gubernamental.
Tras la guerra, Grecia se integró en la OTAN en 1952, consolidando su alineamiento occidental. Aunque compartía fe ortodoxa con sus vecinos, la política pesó más que la religión. El país quedó como un bastión capitalista en una región dominada por regímenes comunistas, una anomalía que solo se explica por la intersección de intereses globales y una guerra civil ganada a tiempo.