La obediencia de Paulus: ¿cobardía o imposibilidad logística?
El general Friedrich Paulus es el chivo expiatorio favorito de la catástrofe de Stalingrado. Pero la acusación de que pudo romper el cerco y no quiso se estrella contra la realidad operativa del invierno de 1942.
Un burócrata en el puesto equivocado
Paulus no era un general prusiano de rancio abolengo, sino un oficial de Estado Mayor, un burócrata meticuloso. Cuando el 22 de noviembre el 6º Ejército quedó cercado, envió mensajes a Hitler pidiendo libertad de acción. Nunca la recibió. Pero aunque la hubiera recibido, la posibilidad de una retirada ordenada se desvanecía con cada día que pasaba.
La imagen más elocuente es la de los 100.000 caballos que Paulus tuvo que enviar a la retaguardia en octubre de 1942 porque no había pienso suficiente para ellos. Sin caballos, sin gasolina y con las líneas ferroviarias rusas como único cordón logístico, la idea de una ruptura hacia el oeste era una fantasía.
El precedente de Cholm-Demiansk y la sombra de Manstein
El éxito de la bolsa de Cholm-Demiansk mantuvo viva la ilusión de que un cerco podía sostenerse por aire. Pero Manstein, el único general con capacidad para rescatar al 6º Ejército, también falló. Y es que si no pudo llegar desde fuera, menos aún podía salir Paulus desde dentro.
No faltó quien, como Seydlitz, escribiera un memorandum defendiendo la retirada. Pero cuando Hitler le dio el mando del sector norte, no hizo nada. La obediencia no era solo una cuestión moral: era la única salida que quedaba.
La historia probablemente no perdonará a Paulus su rendición. Pero el juicio sobre su responsabilidad individual seguirá dividido. Mientras tanto, el destino de Manstein, relevado del mando en marzo de 1944 por desacuerdos estratégicos, demuestra que desobedecer también tenía un alto precio. La guerra no deja héroes limpios.